jueves, 30 de enero de 2014

Cuando Yemayá dejó de parir

Antonio Prada Fortul (Desde Cartagena de Indias, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Durante sus visitas a los asentamientos tribales africanos, los Griot reúnen a los habitantes de las aldeas bajo un inmenso Iroko, (Ceiba) para narrarles con sus cantos sagrados hermosas historias sobre el nacimiento del universo.

Cuentan que cuando el mundo era una infinita masa de agua, se reunieron Olofi, Olodumare y Olorun para poblar el universo con personas diseñadas a su imagen y semejanza a los que los Orishas llamaron humanos.

Olofi mandó varias gallinas a escarbar las profundidades del océano para formar islas y tierra firme con el lodo del lecho marino. Consumado esto y habiéndose secado la tierra, las aves llenaron de semillas los campos, los inmensos eriales se llenaron de bosques y los verdes pastizales de espiga.

La trilogía sagrada del Olimpo yoruba escogió a Yemayá para que fuera la gestora del mundo y madre de la humanidad.

Sembraron en su vientre los primeros diez y seis humanos que dispersaron en los cuatro vientos para poblar la tierra. Yemayá debía elegir entre los varones de esos puntos cardinales a los guerreros más destacados por su nobleza, hidalguía, fuerza, valor y destreza, para que los hijos gestados en esa unión, habitaran el universo multiplicando la especie.

De cada parto de la diosa nacían siete hijos e hijas perfectos, tenían esa condición especial que los iniciados yoruba llaman Iwá Pelé. Eran personas espirituales valientes, sabios y fuertes, cuya piel teñía desde el perfecto ebanáceo y el más puro negro núbico, a la mulatez broncínea y la caucásica melanina.

La dueña de los mares y corales después de cada parto, reemplazaba al elegido por otro hombre perfecto para continuar la cópula divina y multiplicar la especie humana.

Cuando dos guerreros aspiraban al amor de la diosa y tenían las mismas condiciones de varonía, debían competir entre sí para que la dueña del infinito azul y el impoluto blanco del oleaje, escogiera al que superara las pruebas a las que eran sometidos, el ganador se quedaba con la dueña de los corales hasta que esta pariera sus siete hijos y el perdedor esperaba su oportunidad en el momento en que la diosa desembarazara.

Yemayá tenía su morada en la cueva mayor del acantilado, donde el azul del mar y el blanco de las olas al romper contra las rocosas paredes arrullaban su sueño. Diariamente se sumergía en el infinito azul turquesa del mar, para que las olas y corrientes marinas asearan y acariciaran su cuerpo con su ondulante menequeo. Su lecho era una gigantesca almeja cuya irisada y cóncava techumbre de nácar, iluminaba permanente el espacio de la cueva, la inmensa valva se abría y cerraba refrescándola en los momentos en que la canícula del mediodía se hacía más inclemente o abrigándola cuando la intensidad del frío invernal la hacía tiritar.

Una mañana cuando tomaba su baño en la pequeña rada protegida de las corrientes de las aguas continentales y los vientos ciclónicos, fue descubierta por un pescador que arponeaba peces en el lugar; admirando la perfección de ese magnífico cuerpo color ónix, la belleza de ese rostro y la armonía de esa figura, se abalanzó para poseerla desesperado por el incontenible acceso de pasión que provocaba la hermosura y donaire de la reina de los mares y corales.

Trató de someter a la reina de las olas en ese solitario paraje ubicado en la orilla de los acantilados y ante la imposibilidad de consensuar una cópula, le dio un fuerte golpe de macana en la frente y la diosa de las aguas quedó exánime en la cálida arena.

El pescador que había cometido esta vejación, quería poseer a Yemayá, no sabía que las Orishas tienen una reacción orgánica que repele cualquier agresión sexual cuando están vulnerables, son defensas otorgadas por Olofi.

Cuando arranca con brusquedad las blanco azulosas y delicadas gasas tejidas con hilos lunares que cubrían el cuerpo de la diosa, en el órgano reproductivo de la bella Orisha aparecen como por ensalmo, dos hileras de serrados dientes que al sembrarse en ese lugar, arrancan de cuajo el órgano del africano que murió desangrado en cuestión de segundos.

Olofi al percatarse del evento desarrollado en esa orilla, envió un suave sereno que despertó a Yemayá libre de toda mácula ultrajante y sin ninguna huella de la agresión. Los cangrejos arrastraron en cuerpo del yacente agresor hacia el agua donde fue devorado por los tiburones.

Cuando la diosa marina se percató de su cambio orgánico, se sumió en un estado de dolor y tristeza. Muchos guerreros desafiaban el peligro de la filosa dentadura en la región reproductora de Yemayá y se acercaban al lecho marino donde reposaba la diosa pero al tratar de poseerla, así fuera de manera consensuada, los aserrados y cortantes dientes de esos labios, emasculaban a los valientes que luego eran arrastrados al mar por los crustáceos y devorados por los escualos.

Al no poder embarazarse y procrear, decrecieron los humanos. Los mas valientes varones de la tierra fallecían cuando desafiaban el peligro de copular con la dueña de los mares, las mujeres no parían porque la mente universal que germinaba en sus vientres la semilla fecunda, estaba sumida en una melancolía profunda; la gente moría y la población carente de relevos, se reducía ostensiblemente.

Olokun, un poderoso Orisha que vive en las profundidades del mar, preocupado por la situación de Yemayá y dispuesto a hacer lo que fuere para repoblar tierra y los humanos rindieran tributo a los Orishas, consultó a Orula a través de la tabla de Ifá para que anunciara como despojar a la diosa de los dientes sembrados en su zona reproductora y hacerla feliz.

Después de hacer un ebbó a Elegguá para que abriera todos los caminos del mar y toda encrucijada, le dieron el secreto para liberarla del obstáculo que impedía crecer la población del mundo. Como esta tenía siete caminos debía sacarle un diente cada siete días a partir de la primera extracción hasta completar 112 días del día que desaparecieran todos. Yemayá se marchitaba, los apretados rizos de su cabellera de un profundo turquí, perdían su luminosidad, el brillo enceguecedor de sus ojos se opacaba, la rotundez de su silueta se desdibujaba y sus lagrimas azulosas hacían subir las mareas inundando los litorales, la risa de la dueña de los corales había desaparecido y la tersura ebanácea de su piel se ajaba.
Olokun tomó la forma de pez de los bajos y cuando Yemayá salía a tomar su baño diario, raudo como una saeta mandinga, nadó hacia la zona reproductiva de la afligida reina de los mares y aprisionó uno de los dientes sembrados en ese sitio arrancándolo de cuajo.

Cada siete días Olokun convertido en pez, arrancaba con sus colmillos un diente de la zona gestora de la diosa, está en la medida que Olokun los extraía, recuperaba su forma habitual, retornó el brillo a sus rizados cabellos, la luminosidad de sus ojos alcanzó su esplendor, su cuerpo perfecto recobró su brío, volvió la sonrisa que hacía saltar de alegría los peces en sus cerrados cardúmenes y a las aves detener su vuelo, su piel nubia y ebanácea volvió a su tersura.

Siete días después de haberle sido extraído el último diente de la zona gestora y reproductiva de la diosa por parte del Orisha Olokun, se presentó este ante la reina del mar que lo recibió en un amoroso y agradecido abrazo diciéndole: Estaremos juntos hasta que se produzca el parto.

Yemayá vivió con Olokun nueve meses y al momento de su desembarazo tuvo diez y seis hijos, ocho de los cuales nacieron normales y los ocho restantes tenían cola de pez y cuerpo humano, era el nacimiento de la raza de los sirénidos que andan dispersos por los mares del mundo especialmente en el rosario de islas de Cartagena de Indias donde tienen muchas moradas y en las noches de luna llena emiten sus canciones de mar que ensalman de amor a los pescadores furtivos de los bajos arrecifales.

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