viernes, 24 de enero de 2014

El cartucho, reflexiones psicosociales de inspiración psicoanalítica, a propósito de la cinta “Infierno o paraíso”, de Germán Piffano

Jesús María Dapena Botero (Desde Galicia, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Advierto que nunca vi a El Cartucho, al no ser capitalino sino un pacífico burgués de la vereda antioqueña, como el caracolito de Federico García Lorca.

Nací, me crié y viví en Medellín, la urbe de la montaña antioqueña, con intereses intelectuales muy variados, entre ellos, el psicoanálisis, que practico, el marxismo, la filosofía, el cine, la literatura, la antropología y la sociología; pero cuando iba a Santafé de Bogotá, esa ciudad esquizofrénica, perfectamente escindida en dos, el rico norte y el pobre sur, me movía más por la primera parte que por la segunda, en la medida que satisfacía intereses artísticos y gastronómicos, casi poseído por el discreto encanto del aburguesamiento, sin dar lugar a la entrada a ese mundo de la otredad, al decir del psicoanalista argentino Rodolfo Moguillansky, tema que trataré después en otra ocasión.

Así, quizás perdiéndome la intensa experiencia que sí vivieron con gran vigor, mi colega José Antonio Garciandía Imaz y el antropólogo Germán Piffano, el director del documental Infierno o Paraíso, quien me acercaría con su cámara, a esa ruda realidad del antiguo barrio Santa Inés, un poco a la manera del Dziga Vertov del cine-ojo ruso, en esa admirable y paradigmática secuencia de documental etnológico, que debería quedar guardado en alguna importante cinemateca del mundo, como un interesantísimo documento, no sólo artístico sino antropológico, sociológico, psicológico e histórico, para describirnos ese no lugar, concepto aportado por Zygmunt Bauman, como espacio ostensiblemente público, pero al que habría que poner el énfasis en lo no civil, en la medida que desalienta cualquier ideal de permanencia, lo que imposibilita su colonización o domesticación, al ser un lugar concedido, de una forma casi inconsciente, por una sociedad supuestamente bien pensante, la cual, de una manera ideológica, para usar el concepto de Louis Althusser, segrega a esos otros, que sienten que son distintos a ellos, a esos otros distintos a nosotros mismos, para condenarlos a esos lugares de lo negativo, de lo deleznable, de lo desechable, al espacio destinado a esas “vidas infames”, para usar las palabras de Michel Foucault, a los que atacan, sin piedad, muchos de aquellos, que se dedican a una exterminadora cacería humana de esos otros, que afean la ciudad, desde una estética burguesa y practican el mal, al atentar contra la moral y las buenas costumbres, para engrosar, con un capítulo más, la historia universal de la infamia y pasan a ser vidas desperdiciadas, como “residuos humanos”, que van cuesta abajo en la rodada, como parias que el destino se empeñara en deshacer, como consecuencia inevitable de la modernización y del supuesto progreso, como una especie de “población superflua”, con todas las consecuencias que este estado de cosas provoca. Lo que nos plantea la imperiosa necesidad de buscar soluciones, ante seres humanos, que se encuentran privados de medios adecuados de subsistencia, sin lugares donde ubicarlos, como bien lo plantea en otra de sus obras Zygmunt Bauman.

Mucho agradezco a un psiquiatra, que conocí, en un viaje a la capital, en mi juventud primera, que al darse cuenta de mi doble interés por la psiquiatría y el cine, me expresara:

Querido muchacho, si piensas ser psiquiatra, como yo, me parece muy importante tu afición al cine, porque así podrás vivir experiencias, que no vale la pena vivir uno mismo, pero que te darán una gran visión de lo que es la condición humana, cosa tan necesaria para nuestra profesión. – consejo que agradezco a ese viejo colega, a quién conocí en una reunión social, cuando yo era casi un adolescente imberbe.

Por ello, basado en los trabajos de José Antonio Garciandía Imaz, mi introductor en el tema de El Cartucho y de Germán Piffano, quien me invitase a participar en la interlocución sobre su filme y de Ingrid Morris, me siento autorizado, pese a no haber conocido, la realidad material de esa barriada, a participar en el estudio de ese fenómeno social, que fuera un hito histórico en la capital colombiana, puesto que la cinta de Piffano, pudo encarnar, lo que ya había estudiado con disciplina y paciencia en el artículo de Garciandía Imaz, con quien comparto sus conclusiones sobre su experiencia en El Cartucho, paradigma de ese no lugar, asignado a la otredad, que no debería ser dejado de lado, como fenómeno que participa de la universalidad de lo local.

Puesto que el mundo de la marginalidad requiere ser permanentemente reflexionado, más allá de la negatividad, que se le adjudica, cuando el observador se centra más en el aspecto deficitario de las personalidades que lo habitan, con juicios de valor o de atribución, que los ubica como seres lesionados en su interior, ya sea por el “vicio” o la enfermedad mental, para ser atendidos, por quienes se dedican al deporte de la caridad, bajo el aspecto de ONG’s, instituciones estatales, organizaciones religiosas y universidades, entre otras.

Ya que más allá de la benemérita función, que puedan ejercer o no, debemos mirar el fenómeno como un producto del sistema económico que nos domina, dispuesto a controlar el efecto desestabilizador de la desigualdad, tan bien denunciada por Joseph Stiglitz, la cual afecta el narcisismo de la “buena gente”, que acude, sin combatir la inequidad, a lanzar fuera de su yo del placer absoluto, aquello que resulta malo y feo, ya sea a través de obras de caridad o directamente al dar el violento paso al acto del exterminio racionalizado de aquellos seres, que utilizan su supuesta bondad, para justificar los asesinatos de los grupos de “limpieza social”, con tal de mantener el orden y la decencia, sin atender a las verdaderas causas políticas, sociales o psicológicas de un fenómeno que no pueden comprender, dada su complejidad, en el sentido que usara este concepto Edgar Morin, por que, bien lo sabemos, la cosa no es simple ni lineal.

Y, de ahí, la dificultad epistemológica y práctica de acercarnos a ese mundo, donde resulta tan engorrosa cualquier tarea de real rehabilitación, como forma de prevención terciaria, en términos de la salud pública; pues, como asegura Garciandía: La mayoría de estos personajes, que habitan el mundo de la otredad, jamás logran salir ni traspasar esa frontera invisible, que los mantiene en la sociedad débil de la marginalidad.

Y de ahí, la crítica del psiquiatra, radicado en Santafé de Bogotá, al moderno concepto de resiliencia, que oculta una verdad de a bulto, en la medida en que el sistema necesita la presencia de estas vidas infames, como parte fundamental de su estructura y organización, aseveración para la cual el estudioso se basa en su pensar sistémico.

Y es que. la sociedad contemporánea requiere a estos sujetos, reducidos a una condición de organismos, de consumidores de desechos, evacuados al lugar de lo negativo, de la pobreza, de las drogas psicoactivas y de la delincuencia, supuestamente bajo el lema del libre desarrollo de la personalidad, como seres imprescindibles para mantener un equilibrio en la producción económica, en la medida en que estos “desechos humanos” no tienen, ni tendrán nunca, la posibilidad de acceder al lugar social de los “fuertes”, que es desde donde se organiza y estructura, lo que conocemos como nuestra sociedad, la cual no tiene lugar para todos, porque la biosfera resulta insuficiente, para seres incompetentes para un sistema, basado en una darwiniana selección natural de las especies, donde el pez grande se devora al chico, sin escrúpulos de ninguna naturaleza, de tal modo, que a la manera del mundo feliz de Aldous Huxley o en la Oceanía de 1984 de George Orwell, hay ciudadanos de primera, de segunda y yo diría que de tercera, cuarta y quinta categoría, de tal forma que si no estás “bien dotado”, como los ciudadano α, pasarás a ser uno β, γ, δ, o ε como ocurría en ese New Brave World huxleyano.

Y los ε quedan condenados al ostracismo social, al destierro y al desplazamiento interno, sin ninguna piedad, para convertirse en presas de caza de los encargados de la limpieza social o de las damas de beneficencia, si es que acaso, no se destruyen entres sí mismos, como seres que habitan el mundo de la marginalidad, absolutamente necesario para el sistema, como bien, señalaba una señora medellinense que decía, sin más, que, dentro de los planes divinos estaba el que hubiera ricos y pobres, lo que no sabía yo era si ese Dios era el uno y trino del catolicismo o el Baal del capitalismo, que devora seres humanos, que se le ofrecen en sacrificio, como verdaderos chivos expiatorios, en un mundo en el que se valoran los triunfadores y se abominan los perdedores, de acuerdo con una salvaje ideología, más cercana a la ley de la selva, que a cualquier humanismo, sin mirar profundamente el problema, ni prestar una atención en salud, de una manera más singular, porque sería de altos costos para el Estado, sin tener en cuenta que estamos ante un auténtico problema de salud pública, porque más allá de las adicciones, hay todo un conjunto de patologías, a las que no se las mira en su más amplia dimensión, para ser atendidas de una forma cabal, por encima de las falacias que arrojan las estadísticas de número de pacientes atendidos, sin calidad alguna.

Al decir de Gilles Deleuze y Felix Guattari si no se es un ciudadano α, para ese Mundo Feliz de Aldous Huxley organizado, no se pasará de ser un organismo, más que un sujeto, que una persona, que no puede articular su cuerpo y pasa al orden de los depravados y vagabundos.

De ahí que, como psiquiatra y psicoanalista, me aúne a la reflexión de José Antonio Garciandía, cuando expresa que lo biológico del ADN, de los genes, de los cromosomas, de las neurociencias no son elementos aislados de un entorno psicosocial.

Para el economista y administrador, formado en la Universidad de Duke, Enrique Peñalosa Londoño, la calle de El Cartucho, en el viejo barrio de Santa Inés, se convertía en un problema concreto, que había que descuajar de plano mediante la demolición, para dar paso al Parque Tercer Milenio. De tal forma que esto:



Se convirtiera en esto, en la utopía de un mundo más feliz:



Para, lo cual, era preciso el desalojo de los habitantes, de esos seres deleznables para la gran y pequeña burguesía bogotana; por ello, se llegó con las autoridades y las máquinas destructoras, sin contar con la reacción de la gente del barrio, que también tenía su cuerpo élite para enfrentarse con el gubernamental, capaz de despertar toda la violencia que se quisiera.

Era un momento coyuntural preciso; pero, como bien lo señalara Michel Foucault, el pensador actual responde con su trabajo de pensamiento, de acuerdo con circunstancias externas, en distintas coyunturas, que así fue como hiciera su trabajo, que, para él, no tiene un hilo conductor ni es un pensamiento sistemático, pero sí una labor que intenta responder a la pregunta de ¿quiénes somos en la actualidad?, desde un punto de intersección entre la fenomenología, con su estudio de las experiencias vividas y las percepciones y el marco histórico del marxismo y de la historia de las ciencias, en la línea de Gaston Bachelard y Georges Canguilhem, lo que permite tratar de explicar la experiencia no sólo interior de cada sujeto singular sino la experiencia interior de un colectivo social, como lo hiciera el propio Foucault con su Historia de la locura en la época clásica, que también lo condujo a reflexionar sobre los seres llamados anómalos u hombres de vidas infames, en el borde de experiencias muy límites, ya que las historias foucaultianas hablan desde la actualidad del autor, con sus problemas concretos, no como una historia especulativa de moda, sino como una apuesta por intentar detectar cosas de las que no se ha hablado en un momento dado, que tienen límites muy difusos dentro de nuestro sistema de pensamiento, para nuestras reflexiones y para nuestras prácticas sociales.

De ahí, que el hecho concreto de la demolición y el desalojo de El Cartucho pueda convertirse entonces en un fenómeno que estimule el pensamiento en las ciencias sociales pues, si bien, en el caso de José Antonio Iglesias se abrió un camino de redención, para salir del espacio de la otredad, otros muchos se sienten engañados y el fenómeno se extiende como una especie de rizoma deleuziano, que echa raíces en otros lados, de la ciudad, en pequeños focos, que operan como cartuchitos.

De ahí, que me resulte tan importante el artículo de Germán Piffano, el director de Infierno o Paraíso, de su vivencia, como antropólogo de El Cartucho, en el momento coyuntural de su demolición por la burguesía santafereña, porque podría ser un puntal para un estudio, en la línea foucaultiana, de una historia de las vidas consideradas infames, que hacen parte de un fenómeno más universal, en la medida que las grandes ciudades albergan no lugares, en el sentido de Zygmunt Bauman, destinados a los seres condenados a habitar el espacio de la otredad, pues no sólo Santafé de Bogotá es una ciudad evanescente sino que la son todas las de este mundo postindustrial y postmoderno, que reflejan las complejas realidades de los países, en las que están inscritas, con todos los conflictos que genera la desigualdad y los desplazamientos forzados, algo que ya nos había mostrado Luis Buñuel, en 1950, en esa obra maestra que es su película Los olvidados.

Esas urbes tienen nichos urbanos, en los que la lógica social de la modernidad se desvanece, para hacer emergencia ciertas territorialidades, con otra ética, con otras normas de convivencia, con otros comportamientos, en zonas habitadas por grandes masas indiscriminadas, que más serían del orden de las series humanas, que de los grupos organizados, dados sus escasos acuerdos, donde ocurren micro-acontecimientos sin significados aparentes, como si fueran del orden de lo real, con algunos imaginarios, pero con pocas referencias a lo simbólico, de tal suerte que el etnólogo tiene que acercarse con una especie de atención flotante, para aproximarse a un mundo que funciona con una suerte de lógica alógica, con toda la ambigüedad de los universos sincréticos, con aconteceres que, tal vez, sea preciso registrar a través del cine-ojo, como nos enseñara Dziga Vertov, para lograr una mayor objetividad, captar imágenes sin preparación, con la seguridad de que la cámara ve más que el ojo humano, sin guión, sin puestas en escena, sin decorados, ni actores profesionales, en el que el montaje es el encargado de unificar esos fragmentos sacados de la realidad material misma, mediante un cine sin artificios, con el fin de lograr una objetividad integral, como propuesta filosófica, más que técnica en sí misma, de tal modo que podamos asistir a la existencia de esos no lugares, donde lo público y lo privado se desdibujan, para ser habitados por la delincuencia, como parte de la vida cotidiana, vinculada con la droga y la violencia, en urbes, en las que la modernización se hizo a marchas forzadas, con grandes transformaciones del espacio urbano y nuevas significaciones para el uso del suelo y el territorio, de acuerdo con las necesidades más apremiantes, como bien lo señala Germán Piffano.

Dicho autor nos habla de la transformación de un aristocrático barrio capitalino, habitado por “cachacos” bogotanos, a un universo en el que se mueven los seres humanos, como partículas en un movimiento browniano, en un pasaje del barrio reglado a un mundo donde pareciera reinar el principio del caos, sin trayectorias bien definidas, sino más bien errabundas, en un magma de incertidumbres, que modelos neoliberales o neoconservadores -¡vaya usted a saber!- se empeñan en erradicar para pretender dar un nuevo equilibrio, con un parque que pareciera tener la paz de los cementerios, al menos en imágenes como ésta:



Lugares aparentemente sin alma, como fruto del exorcismo de una población satanizada, más que reconocida como parte de la humanidad a la que pertenecemos, de ahí que no me sorprenda que José Antonio Garciandía Imaz inicie su artículo para la Revista Colombiana de Psiquiatría, con la cita del exergo de John Donne, con el que Ernest Hemingway introduce su novela ¿Por quién doblan las campanas?:

La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo formo parte de la humanidad; por tanto, nunca preguntes a nadie ¿por quién doblan las campanas? Están doblando por ti.

Puesto que, de entrada, la primera tentativa de desplazamiento de la población de Enrique Peñalosa fue en pié de guerra, lo que haría que la población respondiera con violencia, como si hicieran propia, la cita de Albar Malkor, utilizada por Garciandía Imaz:

Todo aquel que ha sido desplazado de su hogar, sea por la razón que sea, es víctima de una guerra.

Y, quien no quiere convertirse en víctima, responde con violencia si le es necesario; bien sabemos por Esquilo que la violencia acostumbra engendrar violencia.

Buena lección, la que aprendiera el economista Peñalosa, puesto que tendría que pasar a la aplicación de la habermasiana teoría de la acción comunicativa e implementar que las ciencias sociales se acercasen para lograr una razón dialogada, en la que participarían psiquiatras y antropólogos como José Antonio Garciandía y Germán Piffano, entre otros profesionales.

De un momento a otro llegaban, con su maquinaria infernal, los aparatos represivos del Estado, a un no lugar de la capital, donde éste, había denotado el vacío de su presencia, en un universo donde había otros grandes vacíos, el vacío de comunidad civil, el vacío ético y el vacío económico, que el padre Francisco de Roux, S.J., ya había denunciado previamente.

Pero ¿cómo aquel barrio señorial había devenido en “sumidero”, al que acudirían en busca de cobijo gentes tan dispares, de tan distintas procedencias, en todo caso, un espacio con un “nivel inferior del ordenamiento económico dominante”, para constituir una masa de seres pauperizados, miserables, desarraigados, donde sus habitantes se jugaban la vida a cada instante, como en un infierno urbano, en un antro de obscuridad, entre el humo del bazuco, la música de cantina y alegrías fugaces que hacen a un verdadero carnaval de la miseria?

Santa Inés se fue deteriorando en un lapso de unos treinta años, a pesar de su larga historia, que se remonta aún a los tiempos de la Colonia, cuando el barrio ya aparecía registrado, como crecido en torno a la Iglesia de la mártir romana, en un arrabal suburbano, bordeado por los ríos San Agustín y San Francisco, para llegar a convertirse en un elegante barrio residencial, con casas de tapia alta, de estilo republicano, más o menos entre 1860 y 1890, cuando la capital colombiana sufría un proceso de expansión demográfica notable, con un crecimiento de la población de alrededor de un 30%, con edificaciones como éstas, en las que vivían prestantes familias como la del afamado pintor Ricardo Acevedo y Bernal, quien fundaría allí, el primer Instituto de Bellas Artes del país:





Y, también, estaba allí, la Plaza Mayor del Mercado, las Galerías y el Hotel Nacional, que pasaría a convertirse en la Unidad de Atención en Salud al Indigente y el Hotel Granada, que albergaban huéspedes notables de las élites colombianas.
Pero la afluencia de visitantes, el tránsito de pasajeros del tranvía, la cercanía de la plaza de mercado, fueron haciendo que esa gente notable, se fuera aburriendo y, poco a poco, se fuera marchando hasta convertir el barrio de Santa Inés en parte de la mitología bogotana, para pasar al archivo de los recuerdos de gente de alta alcurnia, en la medida que el tejido social, al compás de la modernización, iba cambiando.

Afectado por los ensanches en la ciudad, el barrio Santa Inés se fue aislando hasta convertirse en un sitio con posibilidades de circulación muy restringidas, ocupado por sujetos dedicados al comercio informal, al reciclaje y al expendio de drogas, a pesar de lo céntrico que era, cercano al Capitolio Nacional y al Palacio de Nariño, gracias al olvido y la indolencia de la ciudad frente a esa zona, en la que la tierra había perdido rentabilidad, por lo que no resultaba sitio de interés para los negociantes de la gran urbe, todo lo cual era el efecto de un crecimiento y un desarrollo no suficientemente bien planeados, que trajo consigo consecuencias indeseables, en lo social y lo ecológico, pues de la antigua elegancia, la zona pasaría a ser el reino de la mala higiene, del desaseo, del hacinamiento, foco de enfermedades contagiosas, mientras los nuevos habitantes invadían el espacio público y obstruían, aún más, el tráfico vehicular, fuera del control y la vigilancia de la policía, con un vacío de Estado, que servía de caldo de cultivo para la pobreza, la marginalidad y la delincuencia, en detrimento del espacio público, que era lo que pretendía rescatar Enrique Peñalosa, desde una perspectiva neoliberal.

La antigua plaza de mercado ya no alcanzaba a cubrir las necesidades de provisión alimenticia de los ciudadanos, dado el vertiginoso crecimiento de la urbe y ese gusto rural, que iba adquiriendo, ofendía el narcisismo y el buen gusto de la gente supuestamente bien y afrentaba el esnobismo de los famosos cachacos capitalinos. Era un lugar indigno para estos tiempos modernos, con demasiado sabor a indio, con toda esa caterva de buhoneros, que traía el reciclaje, donde gentes y cosas se convertían en verdaderos desechos, al ritmo de esos pregones, que ya no se oyen:

¡Boteeellaaas! ¡Papeeeles!…

La elegancia capitalina había sido substituida por gente humilde, de extracción campesina; de tal forma que para dar lugar a la aplicación de las teorías de Le Corbusier, hacia 1947, se intentó hacer una reversión del proceso de deterioro urbano y se quiso demoler el barrio, para hacer edificios de gran altura, con soluciones de vivienda densificada para la clase asalariada y así imponer el orden, la higiene y el control perdidos, pero el proyecto lecorbuseriano de La ciudadela del empleado nunca se llevaría a cabo; simplemente, el viejo mercado se trasladó a lo que hoy es la Plaza España.

Y el 9 de abril de 1948, con todos los efectos del “bogotazo”, como reacción al asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, le daría el puntillazo a esos barrios del centro de la ciudad, que eran La Candelaria y Santa Inés, porque la gente de “bien” empezó a pensar que el antiguo centro capitalino se había empezado a dañar, por lo que se debía emigrar al Norte de la ciudad y dejar el Bogotá más antiguo a la chusma, que se había enloquecido con la muerte del líder liberal.

Pero la violencia política que se desencadenaría en el campo, convertiría esa zona de la capital en albergues de prófugos del azadón, que arrendaban las viejas casonas, montaban ventas y, poco a poco, iba siendo Troya.

Fue, entonces, cuando en Santa Inés, se instaló la empresa de transporte, empezaron a aflorar bares y cantinas, casas de lenocinio, restaurantes, con toda una vida nocturna para los rebuscadores, con el auge del latrocinio, en negocios de “mala muerte”, algo similar a lo que ocurriera en el barrio de Guayaquil, en Medellín, según nos cuenta Constanza Toro Botero en el anteproyecto de su trabajo Guayaquil 1930-1960, Territorio de migrantes y la nueva centralidad de la ciudad de Medellín, cuando cita a Jorge Mario Betancur Gómez

Pero, fue precisamente a partir de 1960, que se dio la última transformación del barrio de Santa Inés en Santafé de Bogotá, para pasar a ser centro de venta de artículos robados, con el subsecuente aumento de la delincuencia, la consolidación de bodegas de reciclaje y suministro de drogas psicoactivas, para ir llevando a un mayor deterioro a esa zona.

Fue, entonces, cuando apareció el ñero, el habitante de la calle, que había tenido como precursores a los adictos indigentes, a los marihuaneros, que llamaban degenerados, a los alcohólicos, a los consumidores de pipo, errantes por toda la capital, para después dar lugar a los vendedores de otras drogas como las benzodiacepinas, el LSD, la cocaína y el bazuco y, con el traslado de las empresas de transporte a la Terminal de Bogotá, el sitio se convertiría en un no lugar baumaniano, como sector invisible de la ciudad, con lo cual se quedarían sin clientes las residencias, los inquilinatos, los cafés y los restaurantes, para dar sitio a las compraventas de objetos robados en joyerías, todo un mercado negro, al que se sumaban, como agentes, los apartamenteros, con los productos que traían de sus robos a domicilio; todo un buen negocio, porque al ladrón se le compra barato, lo que el intermediario puede vender más caro.

Entonces, se iban conformando verdaderas bandas delincuenciales, que se convirtieron en habitantes de las antiguas casonas, transformadas, ahora, en casas de inquilinato y residencias, en viejos inmuebles, a los que no se les hacía casi ningún tipo de mantenimiento, de donde el barrio se trasmutaba en un sitio barato para vivir, con un universo social de altísima movilidad y falta de arraigo, sin ninguna pertenencia al territorio.

También habitaba allí el ropavejero, que vendía trapos y zapatos viejos, el vendedor de platos combinados de arroz, huevo, frisoles y lentejas, entre un mundo de chatarreros, sin el apoyo de redes sociales y familiares, de tal modo que los adictos incrementaban su consumo, sustentados por el reciclaje.

A partir de 1980, con la producción de cocaína, aparecería el bazuco, la base de coca, el subproducto de la purificación de la coca, que podían convertir a un dandy, a un caballero, a verdaderos gentlemen en francos ñeros, fenómeno que no ocurría con la marihuana pues con el bazuco, la gente podía devenir en verdaderos guiñapos humanos, andrajosos, envilecidos, degradados, abatidos física y moralmente, débiles y enfermos, como le sucedería al protagonista de Infierno o Paraíso.

Los mismos recicladores comenzaron a consumir droga, movidos por la presión social y por las extenuantes jornadas de trabajo, ya que ésta se convertía en un verdadero paliativo del sufrimiento, a través de un goce mortífero.

El bazuco los enloquecía, los deterioraba, no sólo en el ámbito individual sino también en el colectivo, en el que se daban luchas de bandas por el control del territorio, con altos índices de criminalidad y de homicidios.

Así, la muerte, el desplazamiento forzado, el destierro y el ostracismo fueron haciendo parte de la violencia social, que se vivía en la cotidianidad, en la que se daba un cambio, casi absoluto, de valores éticos y morales, con el imperio del crimen, con el que se mantenía una enorme familiaridad, de tal forma que lo unheimlich, lo no familiar, lo ominoso y lo siniestro, devenía en lo heimlich, lo familiar, con una total reversión de la perspectiva del contrato social, para caer en una suerte de estado de naturaleza, en oposición al estado de civilización, en una especie de horda primitiva, como si apenas se estructurara un discurso del conjunto, que diera razón de ser al grupo social, mediante un contrato narcisista entre el sujeto y la sociedad, de tal forma que se de permanencia al conjunto, con el que se comparte un discurso de ideales, que carguen de libido el futuro, en un mundo en el que operan otras lógicas, como bien lo expresa el chiquillo, que en la cinta de Piffano, de una manera bastante romántica, canta a la Libertad, dentro de un sistema excluyente, donde los excluidos tienen que vivir en un sitio atalayado para intentar sobrevivir, absolutamente dependientes del goce mortífero, que les proporciona la droga.

Cuando, en realidad, como lo plantea Ingrid Morris, estos sujetos aparecen ante la población general, como verdaderos N.N’s, en el anonimato de los individuos en la multitud, sin el reconocimiento de Derechos Sociales, ya que todo pareciera serles negado, al vivir como animales, en medio de problemas de salud física y mental, que no son atendidos.

Habría que recordar como los porteros de la Universidad Libre de Barranquilla, los mataban para venderlos, para que los estudiantes de medicina estudiaran anatomía, en la medida que se los juzga muy duro por su consumo, que hacen de frente y sin tapujos, tratados de ñeros, mientras los narcotraficantes, de quienes son víctimas, son tratados como dones y van a cárceles de alta seguridad, con todas las comodidades, lo que no se le brinda al habitante de la calle, que si va a la cárcel ha de vivirla en condiciones de absoluto hacinamiento.

El bazuco les ayuda a soportar el hambre, la depresión y la angustia de la vida callejera, como una suerte de defensa maníaca, para huir de la tristeza, que puede ocasionar esa amarga realidad, que engendra la desigualdad, en la “olla” más grande que había en América Latina, que una vez destruida, reaparecería como por extensión rizómica, en otros sitios de la ciudad, como la Ele y el Bronx; la primera considerada, en la actualidad, el mayor foco de tráfico de substancias del Distrito, con una lucha constante por el territorio y la clientela, donde se dan ajustes de cuentas, que se pagan con la vida, y además funcionan compraventas de armas, ropa, móviles o celulares, cámaras, bicicletas, tennis usados, como botines de los ladrones, un lugar donde la vida no vale nada, en medio de frecuentes balaceras, donde los propios indigentes se atacan con cuchillo para conseguir mil pesos de “bicha”, un poco de bazuco.

Ambos sitios son sectores deprimidos en el ámbito urbano y el segundo, también otrora fue un paraíso para familias de abolengo, con viejas casonas de amplios espacios y jardines para la aristocracia, para terminar siendo epicentro de toda clase de delitos, tráfico de armas, venta y consumo de drogas, que dan cuenta de la decadencia de la capital, al ser zonas donde viven seres desarraigados, huérfanos de afecto, que extraviaron su rumbo, sin importar el estrato al que pertenecían, ni su condición social, ni su origen, como callejones sin salida, con buen número de casas de inquilinato y negocios de mala muerte, donde durante la alcaldía de Petro, operaba el CAMAD, el Centro de Atención Médica para Drogodependientes, que pretendía suministrar drogas ilegales pero de una manera controlada, para lograr una reducción del daño, mediante un consumo responsable, con supervisión médica, además de ofrecer baños, comedores y dormitorios, que llenen necesidades básicas, con el fin de promover la recuperación de la dignidad humana, con la conservación de labores en bodegas de reciclaje, centros artesanales y espacios recreativos, labor que esperamos que el golpe del Procurador, no tire al traste, por lo que me uno al deseo de la editorial de El Tiempo, para que no se abandone el empeño iniciado y no se dejen a medias los planes trazados y pase a ser una alcaldada más; lo que requiere la presencia versus el vacío de Estado, una de las fuentes de nuestra violencia social, ante lo cual no habría por qué detenerse.

Sin lugar a dudas, la objetividad del deterioro de ciertos sectores de las ciudades es determinado por el abandono del Estado, como bien señalara la antropóloga María Teresa Salcedo, al fin y al cabo, la calle es el refugio de quienes sufren en un país con tantos conflictos como el colombiano, es la casa de los pedazos de un tejido social roto, con millares de desfavorecidos, como espejo de la ciudad, de la ausencia de Estado y la normalización, como lo expresan Robledo y Rodríguez, en la medida que, como señala la ONU, en su informe para los asentamientos humanos, las ciudades han pasado de ser centros de comercio y prosperidad a vertederos de poblaciones excedentes.

Puesto que esos mundos hacen parte de aquello que no se quiere ver, de lo que no se quiere tener consciencia, para apartarlos al no lugar de una realidad social forcluida, donde se proyectan las partes más deleznables del propio self subjetivo, individual o colectivo, como espacio de la otredad, sitios que, para Ingrid Morris, son efecto de la pérdida de mercados internacionales de la droga, de una baja exportación de cocaína y otros estupefacientes, problema que trata de resolverse con el microtráfico y el consumo interno, mediante todo tipo de estrategias, que permean a todas las capas sociales.

De seguro que El Cartucho se hubiera podido integrar perfectamente a la recuperación del barrio La Candelaria, como asegura el ex alcalde de la localidad de ese sector santafereño, puesto que lo que debería hacerse según la ONU, en cuanto a planificación urbana, es la búsqueda de formas de promoción de la integración y la cohesión social, del abordaje de la cuestión de la desigualdad, a través de políticas redistributivas, que den prioridad a grupos de bajos ingresos, sobre todo si somos conscientes que los habitantes de la calle son el producto de un desarrollismo económico, que desconoce los principios de la equidad, del fortalecimiento de las capacidades humanas, mediante el fomento de la solidaridad, que es la que permite el desarrollo humano, la creación de lazos sociales, que vayan en contra de los efectos deletéreos de la exclusión, de la deprivación socioafectiva y económica, ante los que no deberíamos ser indiferentes espectadores pasivos; puesto que, lo que se requiere es la interacción de los ciudadanos con su ciudad, para resignificar el espacio público, las gentes que lo habitan, para tener incidencia en las relaciones sociales, en las políticas públicas, en la medida en que seamos más conscientes de la historia de los procesos sociales, en su diacronía y en su sincronía, en un mundo constituido por múltiples realidades.

Y esa actitud forclusiva, desconocedora de los Derechos Humanos, y de que los drogadictos, también son personas, así padezcan de una patología dual, ocasiona todo tipo de abusos e injusticias, como lo mostrara el brutal desplazamiento de 2.248 personas cuando se destruyó El Cartucho, para construir ese “campo de paz” que es el Parque Tercer Milenio.

Para conocer la dinámica de esta patología social, considero con José Antonio Garciandía Imaz que se precisa conocer muy a fondo este mundo de la subcultura de la marginalidad, por incómoda que nos resulte su verdad, si queremos llevar a cabo un trabajo en el campo de la Salud Mental, para aspirar a un proceso de inclusión social. Sólo así podríamos lograr una mirada coherente, respetuosa de los valores y las creencias de esos, a quienes consideramos tan distintos de nosotros mismos. De ahí, que me entusiasme tanto este trabajo del psiquiatra vasco, radicado en Santa Fe de Bogotá, con quien departiera ampliamente una tarde en el Congreso Colombiano de Psiquiatría, que tuvo lugar en Barranquilla, por allá, en 1995.

Porque la marginalidad se construye desde el colectivo social más amplio pero tiene unas características muy propias, particulares y más aún singulares. De ahí que aprecie más su metodología cualitativa y descriptiva más que positivista y estadística.

Un enfoque de esta naturaleza es el que puede permitirnos contribuir a:

1. Una reinserción a la condición de ciudadanos, al facilitarles y acompañarlos en procesos de consecución de una existencia legal.Bien, vemos en la película Infierno o Paraíso, como la burocracia estatal le niega la posibilidad de volver a Colombia al protagonista, quién ya había tenido un proceso de curación del síntoma de adicción al bazuco pero le echan en cara haber permanecido en el universo de la marginalidad en los años de vida en El Cartucho; un detalle que habría podido tener en cuenta la Comunidad Terapéutica, que le posibilitó su curación, a nivel de prevención secundaria, sin mucha conciencia de la importancia de avanzar hacia la prevención terciaria, la de la rehabilitación psicosocial después de la cura sintomática.
2. Posibilitación al acceso a los servicios del Estado, cosa que no falló en el caso de José Antonio Iglesias.
3. Regularización de la vida familiar, cosa que sí logró nuestro protagonista al recontactar con su familia venezolana y constituir una nueva familia.
4. Atención a la drogadicción, que no sólo implica la prevención secundaria, la cura sintomática sino un largo trabajo de prevención terciaria, con el fin de lograr al máximo posible el beneficio de la rehabilitación psicosocial.
5. Orientación para la consecución de trabajo y vivienda dignos.

Puesto que hemos de tener en cuenta que los seres humanos, que han llegado a la marginalidad, son sujetos muy golpeados, que tienen factores etiológicos previos a la aparición de la condición de marginales y drogadictos, ya sea por exceso, como en el caso de la hostelera y del propio José Antonio o por defecto, lo que los lleva a no tener un espacio interior propio, de tal forma que pueden llegar a vivir de cualquier modo, en cualquier parte.

En todos los casos, Garciandía encontraría una clara y contundente ruptura de estos sujetos con su pasado, hasta el punto de tener poca, insuficiente e incompleta información sobre sus padres, de los que, apenas, tenían un vago recuerdo, como si se diera una ruptura de los vínculos transgeneracionales y, por ende de lo transcultural, para hacer parte de lo que Oscar Lewis llamaría una antropología de la pobreza.

En el estudio de Garciandía Imaz, todos provenían de familias donde el maltrato y el abuso hacían parte de la cotidianidad, lo cual los había obligado a huir de sus hogares para buscar refugio en la calle y muchos de los padres de las familias estudiadas por él habían sido, ya de hecho, niños de la calle. Sus familias habían resultado expulsoras y los chicos se habían largado de sus casas entre los cinco y los quince años de edad, hacia un lugar a donde nadie se atreviera a ir a buscarlos, por los peligros que acarrearía llegar a allí.

Y en El Cartucho, todos terminarían en un breve lapso de tiempo, convertidos en consumidores de bazuco, movidos por intensas ansiedades paranoides, que se convertían, a su vez, en un puntal para un consumo consuetudinario, que los llevaba muchas veces al agotamiento.

José Antonio Iglesias, en una comunicación personal, me contaba como muchas veces, después de haber andado horas y horas, por la ciudad, caía de repente en el suelo, con la conciencia perdida, hasta volverse a recuperar espontáneamente, inmerso en un tiempo sin tiempo, vivencia de la temporalidad, que para el gran psiquiatra Eugène Minkowski tendría como fondo una profunda perturbación psicopatológica, en la medida en que los fenómenos temporales se deforman hasta perder su dinamismo y fisonomía, dada una desestructuración de la personalidad, de ahí que el tiempo vivido no se presente como una continuidad, ya que el pasado no propulsa hacia el futuro y los acontecimientos se presentan deshilvanados entre sí, como si todos tuvieran un mismo valor, lo cual determina una actitud de vida general, en relación con el futuro; así, el tiempo vivido se desintegra en elementos aislados, que en condiciones de salud integramos para orientarnos hacia el porvenir, de donde se pierde la noción de progresión y se instala el sujeto en una especie de muerte, como si se convirtiera en un auténtico zombie.

Para José Antonio Garciandía, los habitantes de El Cartucho son gente que no tiene una clara concepción del tiempo lineal, ninguno usa reloj, no se rigen por el tiempo oficial, no saben con exactitud su historia ni el momento en el que llegaron al sitio que habitaban, ni cuando abandonaron a sus familias de origen; sus datos eran, apenas, aproximativos, tampoco sabían su edad ni las de sus familiares, no sabían las fechas de nacimiento, ni otras fechas socialmente significativas, como si vivieran al margen de las categorías temporales, que sirven, a Kant, para organizar el caos externo.

Sus recuerdos era fragmentarios, como las piezas de un puzzle, de ahí su gran dificultad para hacer un relato coherente de su pasado, lo que implica una falla en la reconstrucción histórica de su vida; por ello, los recuerdos entran a hacer parte de ese magma caótico de la realidad exterior, descrito por el filósofo de Königsberg, sin un antes y un después, de tal modo que el tiempo no aparece representado en la mente de estos personas como una secuencia, sino que aparece como un montón de pedazos entrecortados, en una temporalidad escindida, cercana a la de la psicosis, a la manera que nos lo demostrara Eugène Minkowski, en la medida que se da una desestructuración de la conciencia de la experiencia temporal inmediata.

A ello, se suma que varios días de consumo dejan vacíos en la secuencia temporal, que no pueden ser llenados sino por contenidos fantásticos, similares a las confabulaciones de los alcohólicos, en el contexto de un tiempo sin tiempo, sin un eje que aúne pasado, presente y futuro, los cuales se confunden de una manera ambigua.

De esa vivencia del tiempo, se desprende que las vidas de estos sujetos no respondan a horarios y, si son llevados a instituciones, los horarios son transgredidos constantemente y es necesario que se les recuerden ritmos de vida como las horas de comida, las citas, etc., ya que vienen acostumbrados a una vida sin límites, en la medida que casi han perdido todo lazo social, movidos por la perentoriedad de sus necesidades, señaladas por estados de tensión, cuando la excitación aumenta, que se traduce en fuertes estados de ansiedad. Así las cosas, si tienen hambre, comen y si no, no. Si tienen dinero, no trabajan y si no, lo hacen, se lo rebuscan de cualquier manera, incluso mediante el recurso del robo.

La ansiedad, que los invade, de una manera continua, impone la necesidad de calmarla mediante el consumo o los pasajes al acto, si no caen en una pasividad total, en la que parecieran ser seres congelados, en una suerte de estado de hibernación, en un tiempo indiferenciado, sin futuro, sin pasado, sin años, ni días, sin sucesión.

Sus historias fundacionales están llenas de dolor y sufrimiento, como si hubiesen encontrado en El Cartucho, un refugio para su angustia.

Pero el precio de esa ruptura transgeneracional tiene un gran costo, que afecta al aprendizaje social de las costumbres, de la cultura, de los valores éticos y morales, que se transmiten, usualmente, de padres a hijos. Y ese pasado, con el que se ha roto, se distorsiona al compás de proyecciones, propias de la posición esquizo-paranoide, descrita por la gran psicoanalista Melanie Klein, lo que hace que devenga sumamente persecutorio, plagado de fantasmas y confusiones amenazantes. De ahí, que cuando el entrevistador intente indagar por el pasado se encuentre con grandes resistencias, con bastante rechazo a hablar de ello, por las molestias que ocasiona, resistencias que si se insiste pueden tornarse incoercibles, en la medida que la consigna subjetiva es olvidar a cualquier precio, como parte del olvido de sí mismo como sujeto histórico, en medio de una búsqueda absoluta de goce, desde el yo del placer absoluto, que hace a estos sujetos, desde el punto de vista económico de la metapsicología freudiana, seres movilizados por la pulsión, por la necesidad o el deseo bruto, que brota desde un Real lacaniano; de ahí que sus pasiones estén a flor de piel, sin mediaciones, sin contención, sin espacios simbólicos, que den lugar a la reflexión, como bien lo vemos en el personaje del Zarco, en el filme de Víctor Gaviria, La vendedora de rosas, casi como por obra de arcos reflejos, que van del estímulo y su percepción a la descarga, sin que medien huellas mnémicas, como en el esquema normal del peine de Sigmund Freud:



el cual en estos casos pareciera ser así, sin que medien huellas de representación y pensamiento:



Así se pasa de la percepción al acto, sin mediación del pensamiento, de ahí que las pulsiones sexuales y sádicas puedan desbordarse y la Ley del Talión opere en toda su crueldad de cobrar el ojo con el ojo y el diente con el diente, de donde se convierten como el pelaíto que no duró nada de Víctor Gaviria, en seres humanos con una vida de una brevedad inusitada, con una historia, que pareciera comenzar a partir de la ruptura de esa suerte de contrato narcisista individuo-sociedad, que los condena a la marginalidad en islas esculpidas en el corazón de la ciudad, al decir de José Antonio Garciandía Imaz, un poco a la manera del proletariado, que describe George Orwell en su magnífica novela 1984, para estos sujetos pasar a convertirse en una especie de carga social, por fuera del juego societario, en el espacio de la otredad, de la marginalidad, expulsados de los circuitos sociales, encerrados en una suerte de prisión de régimen abierto, sin muros físicos, pero tan contundentes, como lo es el veneno que se meten en sus cuerpos, condenados al ostracismo interior, propio de los exiliados urbanos, en medio de lo que Émile Durkheim llamaría una sociedad anómica, con islas dentro de ella, que funcionan como verdaderos estercoleros humanos, donde se ejercen juegos sociales de relaciones y roles, en un mundo que pareciera tener el límite de la anormalidad, en un mundo encerrado habitado por los anormales, que llamara Foucault, en un Gran Encierro, sin las tapias del manicomio, ni los barrotes de las prisiones, que seguramente es el que hace que Garciandía Imaz titule su artículo: Detrás del muro:…, como si fuesen letrinas donde ciertos grupos sociales, al ubicar en ese espacio a la anormalidad, pueden sentirse bien, al proyectar allí sus aspectos más locos, en un reducto, que también atraviesan algunos fanáticos para hacer una labor de exterminio, que se racionaliza con el eufemismo de “limpieza social” de estos expulsados de la “Sociedad de Bienestar”.

Pero ese espacio, tiene su polo atractivo, el de la sociedad más anómica, más anárqica, sin leyes, sin límites, que invita a un goce mortífero, pero goce al fin, donde la oralidad puede “disfrutarse” sin medida con la ingestión de substancias, lo que crea la ilusión de retornar al pecho, a esa Cosa maravillosa de la primera vivencia de satisfacción, con seducciones tan primitivas, como el propio olor y sabor de las substancias que consumen y conducen a más allá del Principio del Placer, con estados oceánicos de fusión, en ollas, huecos, que pueden funcionar como úteros, en los que estos seres se meten a consumir durante largas horas, muchas veces al precio de una muerte por sobredosis, para poder acceder a una suerte de Paraíso perdido, sin mayor funcionamiento del pensamiento ni de la palabra, puesto que hablar, en sí mismo, es un riesgo letal, además de ser movidos por impulsos, acompasados con el ritmo de Tánatos y la compulsión a la repetición.

Porque allí, sí que hay leyes como la Ley del silencio, que ordena el sacrificio de los chivos y de los sapos, que transmiten mensajes denunciantes.

Y se crean mitos para garantizar dichas leyes como el del destripador de El Cartucho, que no existe en la realidad material (wirlichheit) pero sí en el imaginario colectivo, como una leyenda que puede tener base en la existencia real de grupos de limpieza social, que se dedican a matar gente, que consideran sucia, viciosa, pecadora, desde una visión moralista de lo que, los profesionales de las ciencias Ψ podríamos ver como claros ejemplos de patologías duales.

Muchos de estos seres anómalos, para la supuesta sociedad normalizada, que se ponen más allá de las desviaciones estándares de la curva de Gauss, no sólo son asesinados sino también desmembrados y descuartizados sus cadáveres, para meterlos en bolsas, que recogerá la basura más tarde, ominosa realidad, que aterroriza a los habitantes de El Cartucho.

Y allí, como en toda colectividad humana se crean otros imaginarios, otras mitologías, que devienen elementos de su subcultura, en la que no hay honras fúnebres, donde se pierde el respeto al cadáver, que pasa a ocupar el lugar del desecho, de la basura, en un aglomerado urbano, en el que la vida no vale nada, como tampoco los cuerpos, devaluación que amerita la inexistencia de muchos rituales, como los funerarios, para empezar.

Esa colectividad, condenada al espacio de la otredad, descrito por Rodolfo Moguillansky, habita en la realidad material de El Cartucho, un espacio émico significativo, para los sujetos que lo habitan, por el que acostumbran transitar su existencia, como si fuesen seres extraños, casi sin mayores contactos físicos, diálogos e intercambios sociales, que den cuenta de un verdadero vínculo comunitario y se amontonan toda una serie de seres humanos.

Así se conforma una especie de ghetto urbano, mediante una separación espacial en un territorio de varias cuadras.

Allí se entra en un ritual de consumo de drogas, que siguen hasta alcanzar la saciedad y la saturación, en esa suerte de capillas, que llaman “ollas”, significante, que se asocia irremediablemente con aspectos orales del sujeto, con el hogar, como espacios donde pueden permanecer horas y días, casi en una modalidad de orgía perpetua, roto el lazo social del sujeto y el vínculo con el mundo circundante, como si estuviesen en algún tipo de estado autista, en una loca carrera hacia la aniquilación subjetiva, dentro de un espacio despojado de expresiones simbólicas de identidad, de relaciones y de historia, como señala Garciandía Imaz al citar a Zygmunt Bauman, en ese ghetto, donde quizás lo más común a todos, sea la herida abierta por un mundo expulsor.

El espacio físico de los habitantes de El Cartucho es pericorporal, según expresa Garciandía, donde el cuerpo, el organismo, es lo que emigra a cualquier parte, como los esquizos, de los que Deleuze y Guattari nos dicen que saben partir, para apropiarse de los lugares de los otros, del espacio público y así colonizar todos los lugares disponibles de la ciudad, porque más allá de los límites fisiológicos de su organismo, no hay otros referentes válidos, en una suerte de retorno a un narcisismo primario, al que regresan movidos por el goce producido por la droga, que les permite “sollarse” la marginalidad, como orilleros de un arrabal amargo, sin noción de derecho ni deber, convertidos en lo que, los grupos de limpieza social llaman los “desechables”, como siniestra palabreja, evocadora de la crueldad de un Max Ernst:



Así, sin referencias a una Ley, que prohíba la muerte del semejante, ni por parte de los unos ni de los otros, sin referencias simbólicas, en un discurso en el que el “desechable” deviene cosa, objeto no reconocido como ser humano, con una identidad perdida, planillado en una subcategoría que lo define como trasto, como retazo, absolutamente despreciable, ni siquiera merecedor del respeto a su vida, como ser al que no se le reconoce, en la medida que ha devenido en transgresor de la normas imperantes en la cultura, en un ser al que no se le otorga ningún Derecho Humano, de donde se convierte en una suerte de chivo emisario, que ha de sacrificarse para mantener el equilibrio de un sistema, el cual ni siquiera se cuestiona si es perverso o no, sino que pone toda la perversidad en esos otros, que parecen haberse salido de él, de tal forma, que, de un modo no del todo consciente y bastante ideológico, se trata de borrar la existencia de los marginados, sin procurar integrarlos de una manera genuina a una red relacional, al reconocerlos como sujetos de Derecho, como si se desconociera el espíritu del filósofo, ensayista y pedagogo español, José Antonio Marina Torres, quien en su libro El vuelo de la inteligencia, nos dice que la noción de Derecho sólo puede venir de parte de un reconocimiento activo de una comunidad, no consagrada al egoísmo, sino a la solidaridad.

Pero los desechados por la sociedad “bienpensante” han aprendido a vivir en un universo con una lógica binaria de 1 o 0, de inclusión o de exclusión, según sea el caso de que el sistema social les reconozca o no, puesto que, si son excluidos, son víctimas de la indiferencia, la desconsideración y el rechazo, como si entre ellos y el resto del mundo se estableciera una suerte de frontera invisible, como bien lo señala el sociólogo alemán Niklas Luhman en su libro La religión de la sociedad, de donde, lo logrado es una integración negativa, en la medida que el sistema social se cierra.

Y adentro de esa frontera invisible, si se dan vínculos, casi que están dados por el azar, cuando, en realidad, es la soledad la que los une, como a los extraños en la noche de la canción popularizada por Frank Sinatra, en 1966, en el caso de la gente de El Cartucho, con relaciones mediatizadas por la droga, de tal forma, que los vínculos se dan una manera coyuntural, sin que aparezca el deseo ni de conocerse, ni de construir nada, más allá de brindarse un poco de compañía y solidaridad en el consumo, quizás con el ánimo de encontrar una suerte de amparador, lo cual se da en el zócalo inconsciente de muchas de estas parejas, que se unen como Las mariposas de la noche, del filme de Barbet Schroeder, de 1987, un aspecto que no vemos desarrollado en la cinta de Germán Piffano, puesto que José Antonio se nos aparece como un solitario, que anhela el amor, sin que lo encuentre en la calle de El Cartucho.

Y así, hemos de tener en cuenta las conclusiones de Garciandía Imaz, quien, al estudiar las familias de esa zona de Santa Fe de Bogotá, encontraría que los vínculos de alianza no se dan como el final de un proceso de mutuo acuerdo, sino que emergen como producto de las confusiones, generadas por el consumo, en estados de obnubilación de la conciencia, movidos por la necesidad de alguna seguridad básica, en un vínculo, en el que se interjuegan los roles de desamparados y amparadores versus un mundo altamente hostil, al que fueran condenados por una especie de destino maldito.

De ahí que el amor, no tenga el enamoramiento como valor esencial del encuentro, que se da más desde el orden de la necesidad que del deseo propiamente dicho.

Y si se deshacen los vínculos, para evitar el dolor, que las rupturas ocasionan, esos abandonos no son elaborados, sino substituidos por un mayor consumo de substancias; pues, el amor pareciera ser desconocido por estos seres condenados a vivir en una suerte de inframundo y, cuando se abandona el consumo, en estas parejas aparecen un sinnúmero de conflictos, por la falta de ese elemento exógeno que los unía de una manera fusional, indiscriminada y enfermiza, donde no había conciencia ni de sí mismo, ni del otro, en un vínculo más psicótico, que perverso, aspecto en el que discrepo un poco de la concepción de Garciandía Imaz, ya que la simbiosis y la ambigüedad en la relación con el otro, que dicho autor reconoce, me parece que tiene que ver más con los aspectos más psicóticos de la personalidad, con una búsqueda de un goce narcisista más primario, que en la perversión, en la cual el partanaire perverso sabe muy bien del deseo y del goce del otro, los cuales se convierten en una suerte de talón de Aquiles, a través del cual el perverso ejerce su pulsión de dominio.

Con la droga parecieran desaparecer los conflictos, las diferencias y las tensiones, son substancias alienantes, que crean vínculos alienados, como una suerte de destino del placer, en el sentido que lo planteara Piera Aulagnier, en su libro sobre el placer y sus destinos, aunque pienso, desde mi experiencia terapéutica con parejas de adictos, que son vínculos, no necesariamente excluyentes del conflicto, en los momentos en los que sin droga comienzan a emerger las diferencias o cuando se consume alcohol; la discriminación desenajena y propicia una visión más clara del otro. De ahí, que en los procesos de curación y rehabilitación, muchas veces la convivencia se torne insoportable, cargada de desconfianza, en la medida que se rompe el encantamiento inicial y se reencuentran con sus propias soledades y su dificultad para establecer vínculos con el otro.

En muchos de estos casos, la cura implica la búsqueda de nuevas parejas, en busca de una relación no tan arcaica, fusional y regresiva, en la medida que el otro se convierte en pantalla de proyecciones, mediante la cual se vierten aspectos intrasubjetivos disociados o escindidos de lo negativo, cuando empiezan a cobrar relevancia todas las cuentas pendientes del pasado, que habían permanecido calladas y, es ahí, cuando una relación a-dialéctica entra en la dialéctica de la vida, cuando se vislumbra el cambio en la ecología de la mente, de la barriada, que precisa de adictos, como material de recambio para llenar el hueco, que dejan los muertos, como bien lo expresa José Antonio Iglesias en la cinta, cuando visita con su hijito, el Parque Tercer Milenio y habla de cuánta gente hay enterrada allí, porque fueron muchos los muertos, en esa lucha denodada por la propia existencia, en un medio donde una labor cotidiana era preservar la vida, aún a costa de la de los otros, hasta llegar a cosificarse.

Y volvemos al contexto más amplio, en el que se inscriben sujetos, parejas y familias, el cual se constituye en un verdadero caos, sin códigos éticos ni morales, al margen de la sociedad, en no lugares, al decir de Bauman, en que personas, que al no ser reconocidas como ciudadanos, pasan a vivir en un ghetto orillero.

Para José Antonio Garciandía Imaz, muchos de estos sujetos padecen trastornos graves de personalidad borderline, por lo que andan como en el filo de la navaja, entre la psicosis y la realidad, con perseguidores imaginarios y reales, como los descuartizadores, en medio de una maldita angustia, que los lleva al establecimiento de mitos individuales y colectivos, como un intento de emergencia de lo simbólico, en un sistema social como en el que habitan, con una mitología cargada de relatos, en un intento de establecer un mínimo lazo social.

Así aparecen los fantasmas del Carnicero, del Destripador, del Descuartizador, como seres masculinos imaginarios, con historias macabras y siniestras, que, en Colombia, pueden ser cuento o una realidad pura y dura, en un país con una historia de infamias, donde la moto-sierra se blande como si fuera una espada.

Estos personajes, que pueden cabalgar entre la fantasía y la realidad, generan terror, al convertirse en una amenaza permanente; por eso, los habitantes de El Cartucho declaraban a Garciandía:

Todos sabemos que existe [el descuartizador] pero nadie habla de él; porque es peligroso y es mejor no decir nada. – como si se tratara de una verdadera figura totémica en la horda primitiva, como una suerte de precursor de un superyó, el cual opera de una forma sádica, como Leviatán hobbesiano, que pretendiera convertirse en monarca absoluto, para mantener la paz, con el monopolio de la violencia, en una sociedad, en la que pareciera cumplirse la sentencia de Plauto, de que el hombre es lobo para el hombre y devenir en una especie de aniquilador Páter Tenebrosus, que impone la Ley del silencio, para que no se repita lo que se ve, lo que se oye o lo que se sepa. Así se establece una Ley rígida e inflexible, para la que cualquier transgresión resulta irreparable, sin que exista el perdón y cuya pena máxima es la muerte.

Ese mítico Descuartizador, más allá de sus encarnaciones reales, funciona como una suerte de deidad, con una presencia nebulosa, que intenta ejercer todo un control social, adscrito a quienes detentan el Poder en el sector, jíbaros, policías corruptos y traficantes de drogas, quienes actúan como verdaderos perversos, que saben de los deseos y necesidades de los condenados a la otredad, a quienes manipulan con la inducción del miedo, propuesta por una legalidad perversa, más que legítima.

Porque la gente tiene miedo de morir, ser asesinada y terminar en un container de basura, como un auténtico “desechable”, como si el descuartizador fuera un émulo de Cronos, devorador de sus propios hijos, que se invita a los banquetes canibalísticos de una supuesta sociedad “bien pensante”, que intenta lavar el mundo de miserables, a quienes consideran como los deshechos de la civilización, que hemos construido, ya que denotan nuestro propio fracaso, porque El Cartucho sería la anti-civilización.

Pero, como contraparte de ese Páter tenebrosus, como el Padre de la horda primitiva, como imago persecutoria de la posición esquizo-paranoide de Melanie Klein, también aparece la figura idealizada del Padre, encarnada en un hombre, quien es respetado como una especie de santón, en un antioqueño, desplazado a Bogotá, quien en ese cruel contexto, se declara como agente de la no violencia, por lo que deviene para el colectivo como una figura emblemática, que trata de mantener a los hijos descontaminados del sistema, al darles él mismo la salud y la educación, con una actitud contracultural, en la medida que observa las falencias del sistema social, un ser que recurre a un self grandioso, identificado con fantasía omnipotentes y omniscientes, que intenta suplir los grandes vacíos, quizás un psicótico, que trata en su delirio de restituir una realidad para escapar del displacer.

Este personaje, lo que pretendía, era la lucha contra el mal, dedicado al estudio diario del Código Penal colombiano, de un lado, y la Biblia, del otro, hasta convertirse en la encarnación de un principio de autoridad bondadoso, capaz de perdonar, sin la idea de hacer el mal a cualquier precio, como contrapeso de la maléfica imagen del Descuartizador; era como si el paisa, el antioqueño, representara a los impulsos reparadores del yo grupal y el destripador, la transgresión.

La imagen del paisa devuelve y hace mantener la esperanza, que practica en su familia como espacio único, dentro de El Cartucho, donde se experimenta la bondad, la protección y la seguridad, en contraposición con el mal exterior, como si se tratara de un núcleo familiar, que defiende como si fuera un león que protege la camada, para resguardarla del mal real e imaginario puesto en el mundo externo, en un intento de sobrevivir dentro de la marginalidad, quizás como una actitud paranoide adaptativa, que no se acomoda pasivamente al medio, siempre en riesgo de sucumbir, sino que de una manera activa entra en una relación con el entorno, en un irse yendo, que nos recuerda la dialéctica piagetiana entre la adaptación y la acomodación, entre la actividad y la pasividad, en relación con el entorno.

Para la psiquiatría oficial será un loco más un paranoico crónico, para la colectividad marginada será un representante de la bondad, en medio de la maldad, para su familia es el puente, que media entre ella y el mundo, en relación con su experiencia y conocimiento. Para el psicoanalista está claro que más que recurrir a la represión, lo que hace es una forclusión, que le permite sobrevivir ayudado por sus funcionamientos psicóticos, al exhibirse como un enviado, como un elegido, para enfrentar una sociedad peligrosa, de la que ha de protegerse y amparar a su familia, siempre a la espera, como el coronel Aureliano Buendía, de que la Administración se acuerde de él, no para pagarle una pensión sino para devolverle su antiguo puesto, lo que vendría a ser una reparación del daño infligido a él.

El mal, como significante, le genera pánico, con toda una pléyade de reacciones psicofisiológicas de angustia; por ello, vive en un estado de terror constante, ante un mundo frente al que prefiere callar en su aislamiento, que le permite cierta discriminación, cierta autonomía y cierta independencia del resto de los habitantes de El Cartucho, donde impera otro mito, que es el de la maldición, que los vulnera para llevarlos irremediablemente a la muerte.

De ahí esa otra imagen del Diablo, del que Germán Piffano, en una comunicación personal, me explicara que no había uno sino varios diablos y, para muchos, El Cartucho era el mismo demonio, el mal y la amenaza constante, tal vez el polo infernal de la disyuntiva, que plantea el título del filme del antropólogo y director de cine.

Alguno de los habitantes declara a Garciandía Imaz, una verdad amarga:

Somos un mal necesario, doctor; para nosotros la sociedad no existe.

El Cartucho, para otros, será una condena, en un espacio en el que son poseídos por un espíritu maligno, en un momento en el que son abandonados por Dios mismo, quien quizás ni siquiera pueda servirles de consuelo, como le pasaría a Barba Jacob en su Canción de la vida profunda, en la medida que se sienten tan vulnerables como una llama al viento, a la que puede apagar cualquier cosa, en la medida que se sienten desamparados, solos, rechazados, como si fueran animales o pura basura social, en un entorno, en el que se comete toda una gama de delitos, del robo al asesinato; todo ello, en torno al consumo de la droga y la incontenible ansiedad, que les producen los estados de abstinencia o con los pánicos, que producen ciertas substancias psicoactivas, capaces de generar toda suerte de ansiedades persecutorias, que compulsan a la repetición, por causa del goce – en el sentido lacaniano – que produce la adicción, que se mezcla con un goce masoquista.

Y, es así que una de las pocas leyes vigentes, en medio de la anomia social de El Cartucho, es la Ley de la ansiedad, que opera como una especie de maldición, que obliga a morir con las botas puestas, sin que se pueda escapar a ella, sin poder pensar, en nada más que en suplir las necesidades más elementales, como comer y consumir, en un mundo signado por lo más primitivo, por las sensaciones olfativas y una regresión a los estadios orales pasivos, de succión, de autoerotismo anobjetal, como etapas del desarrollo de la libido, para acudir a los conceptos de Karl Abraham y, a nivel neurofisiológico, del cerebro como si sólo se usara el sistema límbico y el núcleo accumbens, en medio de la suciedad, del deterioro, como seres inmundos, como si fueran pura y simple basura humana.

De esa manera, las “ollas”, como sitios de consumo, se convierten en su casa, en la que la droga es más importante que el afecto, en medio del craving, de la ansiedad y el desespero por consumir, lo que tras el primer “pitazo” trae placer, relajación, una desconexión de todo, que luego es sucedida por el miedo, el terror, la psicosis y la paranoia, como declaraba un sujeto de El cartucho a José Antonio Garciandía, en medio de un entorno también caótico, con toda una regresión a un narcisismo primario, en la que el goce priva de todo lazo social.

Nos encontramos con un contexto transgresor, en el que la condición de malditos, viene a satisfacer una necesidad de castigo, aun al precio de la extinción, en seres movidos por un sentimiento de culpa inconsciente, aspecto, que vemos muy claro en la película de Germán Piffano, cuando la mujer, que había estudiado hotelería y turismo, que pertenecía a una familia aristocrática, concebía el origen de su patología, como consecuencia de un exceso de mimos en la infancia, hasta pagar con su vida su descarrío, según me informara de viva voz, José Antonio Iglesias.

Los habitantes de El Cartucho, se convertían así en parias, expulsados por sus familias y por la sociedad, cuyo bienestar está dado por el sacrificio de algunos de sus miembros, quienes cargados de pesimismo y momentos ilusorios de libertad y satisfacción, van en una línea continua de miseria y sufrimiento, que quizás se transmita transgeneracionalmente.

Así quedan separados de la comunidad, del lazo y del vínculo social, que son tan fundamentales para el ser humano, como si se rompiera el contrato narcisista individuo-sociedad, hasta el punto de quedar limitados para acceder y ser parte de la comunitas de la que nos habla Esposito, al referirse a un conjunto de personas a las que une, no sólo la propiedad, sino también el deber y la deuda, que nos obliga a trascendernos a nosotros mismos, con un sacrificio de nuestra propia subjetividad, como parte del freudiano malestar en la cultura, en la medida en que ésta lleva dentro de sí una cuota que ha de pagarse a Tánatos, al reclamarnos una renuncia a nuestro propio narcisismo, para pasar del ensimismamiento a ser uno con los otros, de una manera más transcendente, si queremos utilizar una terminología sartreana, lo que constituye todo un reto para su rehabilitación.

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