jueves, 16 de enero de 2014

El rey Batata

Antonio Prada Fortoul (Desde Cartagena de Indias, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El poblado de San Basilio de Palenque, fue fundado por Benkos Biohó, un invicto guerrero africano de la etnia bissago, rey de los cimarrones y líder de un movimiento emancipador que marcó un hito en las luchas libertarias de América en el período histórico de 1599 a 1621 en la provincia de Cartagena de Indias.



San Basilio de Palenque por su inmensa riqueza cultural, fue declarado Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidadpor la Unesco. En ese pueblo del Caribe nació en un lejano Julio de 1.802, Luis Carlos Salgado, descendiente de tamboreros conocidos con el apodo de “Batata”.

Pertenecía este genio de la percusión a un grupo clanil del cual decían los ancianos del pueblo, que los varones, eran escogidos por los Orishas como tamboreros jurados y ungidos por Changó, dueño de los tambores. ¡Kabiosile!

Un ancestro de esa familia acompañó al rey Benkos y su ejército de cimarrones en sus luchas libertarias inflamando con la magia de su tambor, el corazón de los africanos de nación dispuestos a pelear hasta la muerte en defensa de su libertad.

Decían que cada “Batata” moría cuando uno de sus descendientes, dominara los elementos y se comunicara con los Orishas haciéndolos “bajar” a este plano con el mágico sonido de la percusión, en ese momento se aseguraba la sucesión. Cuando falleció su padre, Luis Carlos asumió las funciones de tamborero de San Basilio de Palenque; toda celebración era amenizada con el mágico toque de “Batata” cuya fama rebasaba el ámbito de la región. Como miembro de ese linaje, aprendió a comunicarse a través del mántrico sonido de sus tambores, con los entes, llamados Eggún (desencarnados) por sus abuelos africanos.

En Pasacaballos, población cercana a Cartagena, un tamborero llamado Mamerto Ahumedo en el frenesí de una monumental parranda en la gallera, retó a “Batata” para un “pique” percusivo anunciando que el perdedor pagaba la parranda.

Batata que en esos momentos estaba en su natal Palenque con varios amigos tomando ron de trapiches criollos, tuvo una premonición, usual entre los hijos de Changó el dueño de los tambores y dijo: “Alguien quiere meterse conmigo”.

Al día siguiente cuando llegaron al pueblo los galleros palenqueros que pelearon sus aves en el citado poblado, informaron a “Batata” el reto lanzado por Mamerto. Respondiendo el desafío, mandó a avisar que dispusieran todo para el domingo siguiente en la mañana. Conocía al retador y sabía que era un buen tamborero, pero dudaba que este pudiera vencerlo en un pique.

Hubo mucha expectación por el desafío. El domingo siguiente cuando clareaba en Palenque salió Batata para Pasacaballos, lo acompañaba un grupo de familiares y amigos dispuestos a parrandear hasta el día siguiente. Iban orondos en sus burros, Batata tenía el tambor entre sus piernas y le hablaba con su voz serena y arronada, acariciándolo delicadamente. Tenía los ojos cerrados y entonaba una extraña teoglosia, una oración en lenguas que utilizaba para estimular al tambor.

Ese secreto lo había aprendido de su padre y Batata se lo había enseñado a su pequeño hijo de diez años el cual interpretaba el tambor a la perfección.

Era un secreto que se transmitía de generación en generación.

Decía Batata a sus acompañantes, que nunca el tamborero ejecuta la percusión, “Es el Tambor que se apodera del ejecutante y lo hace tocar”.

Los africanos que llegaron a Palenque con Benkos Biohó, decían que Changó llamado por los congos Siete rayos o Tata Nfumbe es el dueño de los tambores, en Africa. Batata afirmaba que existen unos tambores llamados Batá, son elementos utilizados ceremonialmente para llamar a los Orishas, pensaba que del nombre de esos tambores, venía el apodo que lo identificaba.

Para efectos rituales solo se tocan de día, porque de noche “no hablan”.

“Esos tres batá cuyos nombres son Iyá, Okóncolo e Itotelé, conocido también como Omelé u Omelenko, son sagrados; existen en ese continente, los tambores Djembí, y otros de uso ceremonial. Hay otro tipo que se utilizan en ceremoniales secretos, los que no puedo decir el nombre, porque ustedes no son tamboreros”.

En Gambote esperaban tres embarcaciones con palenqueros residentes en ese palafítico pueblo que iban a unirse a la delegación del percusionista ungido por Changó. Batata y sus acompañantes se embarcaron en las pangas rumbo a pasacaballos donde era muy apreciado; llegaron a las nueve de la mañana. Mamerto esperaba en el embarcadero donde se abrazaron amistosamente.

Más que competidores eran amigos y se respetaban mutuamente. En el sitio del ágape asaban una res y tres grandes ollas hervían con costillas, ubre, carne salada y mondongo, que esparcían su olor por el entorno.

No había dinero de por medio en la competencia percusiva, solo el prestigio que le esperaba al ganador era el aliciente para los entusiastas contendientes.

En el centro de la plaza hicieron un círculo de cal de diez metros de diámetro en el que se ubicaron los competidores y los miembros del jurado conformado por reconocidos tamboreros.

Los contendores estaban frente a frente mirándose en silencio.

Tiraron una moneda y le tocó primero a Mamerto ejecutar su toque de tambor.

Acarició su instrumento con sapiencia, se sentó en el centro del redondel, tocó con sus nudillos los lados de su tambor, probó su temple y colocándoselo en las piernas inició su toque que empezó con una nota monocorde que fue variando y enriqueciendo en la medida en que el ritmo se hacía más frenético y armonioso.

Fue una interpretación magistral, los jurados ante la brillantez de esa ejecución lo dieron como vencedor; pensaron que iba a ser difícil para el percusionista palenquero igualar esa brillante ejecución.

Cuando le tocó el turno a Batata, se sentó en el centro del redondel, colocó el tambor en el suelo y lo hizo rotar con fuerza hacia la derecha, cuando cesó su giro vertiginoso se ubicó en el sitio que apuntaba el parche, parsimoniosamente lo colocó entre sus piernas murmurando en silencio una teoglosia usual entre los congoleses, acarició sus costados, le habló en africano, colocó las manos en su pecho, frente y después las puso en el parche de cuero con mucha suavidad y elevando la mirada al infinito, empezó su toque.

Duró cuarenta minutos su interpretación.

En ese lapso, las aves que surcaban el cielo detuvieron su vuelo y se posaron en los techos de las casas cautivadas por la mágica melodía que salía de ese tambor. Los presentes sin proponérselo, bailaron frenéticamente al compás del sonido mágico del tambor interpretado por Batata. Hasta los jurados se sumaron al frenesí vertiginoso que despertó la trama mélica de esa mágica percusión.

En uno de sus seráficos y ceremoniales ensimismamientos gritó con fuerza el famoso tamborero: ¡Llueve!..Enseguida un menudo sereno empapó a los presentes que bailaban sin parar; cuando Batata gritó: ¡Escampa! cesó la llovizna. Cambiando la entonación del toque, hizo que los perros del pueblo en una extraña jauría, empezaran a aullar desde las bocacalles de la plaza en un sobrecogedor coro canino, con otro toque los aplacó e hizo cantar a los gallos en los corrales en una sinfonía que hizo despertar al más reacio durmiente.

Al ejecutar otro tipo de toque callaron los gallos y una fuerte brisa empezó a soplar desde sotavento la cual cesó cuando tocó tres veces una misma nota haciendo resbalar uno de sus dedos por los cueros del tambor.

El pueblo estaba maravillado, era algo irreal, fantástico, más de lo que podían esperar de un percusionista, aplaudieron hasta el frenesí, saludando el triunfo del gran Batata que, había ratificado su condición de tamborero sagrado.

Los espontáneos lo cargaron en hombros y lo llevaron al sitio de la celebración, donde empezaron a sonar los bullerengues y se destaparon las botellas de ron.

Las mujeres presentes en la frenética y sandunguera batahola, alborozadas y alegres empezaron a bailar, animando la parranda con su centelleante menequeo de caderas.

Mamerto reconoció a Batata como vencedor y alabó su maestría como tamborero.

La monumental fiesta duró hasta el dia siguiente por la tarde cuando Batata y los palenqueros iniciaron su regreso a San Basilio de Palenque. La noticia se regó en Cartagena y en el archipiélago de islas que la circundan, sabían que batata había derrotado a Mamerto en una competencia tamboril. Tanta era la sapiencia del tamborero sagrado, que con su toque encantado, espantaba los espíritus malos que llegaban a perturbar a los habitantes del pueblo. Su toque encantado hacía despuntar las espigas del millo y atraía entidades divinas que bendecían los lugares donde la suerte y fortuna eran adversas y hacía caer los gusanos renuentes de las laceraciones de las reses en los pastizales palenqueros. Los tamboreros más famosos de África y el Caribe, reconocían en Batata al más destacado entre los percusionistas hijos de Changó.

Cuando murió Batata, un tambor solitario giraba en el patio de su vivienda, ejecutando un magistral toque que reunió a todos los difuntos en el viejo árbol de totumo donde esperaban a Batata el rey de los tambores.

Un coro de ultratumba repetía: Batata…que Ibaé Iban Tonú.

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