martes, 7 de enero de 2014

Los delfines sagrados de Bocachica

Antonio Prada Fortoul (Desde Cartagena de Indias, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Bocachica es un típico poblado caribeño ubicado en la isla Carex, está rodeada de una exuberante vegetación coloreada de un verde sereno, sonriente y relajador.

En esa isla que tiene kilómetros de playas doradas y paradisíacos paisajes cautivantes, fue donde se tallaron las coralinas y megalíticas rocas para edificar fortalezas, castillos y murallas de Cartagena de Indias.



Bocachica ocupa un destacado lugar en la historia, en ese sitio se desarrollaron cruentas batallas defendiendo con sus castillos megalíticos, el ingreso a la bahía de Cartagena de los galeones de piratas británicos, franceses y holandeses, pero también célebre porque en ese asentamiento de etnias arará, yoruba, bambara gangá y bantú, un militar español llamado Sancho Jimeno Horozco, masacró a más de trescientos inermes cimarrones africanos incluyendo niños y ancianos a los que decapitó ahumando sus cabezas y genitales, para cobrar la recompensa ofrecida por el Gobernador de la provincia de Cartagena de Indias donde fue recibido como héroe por realizar esa infame matazón. Este asesino ibérico fue honrado por obsecuentes autoridades cartageneras, bautizando una calle del centro de la ciudad con su nombre bellaco, a pesar de la indignación que todavía produce.

La isla desde ese holocausto vil, se sumió en un Karma similar al de Cartagena el cual solo podrá purgarse, cuando Babalaos y Mamos de la Sierra Nevada, exorcicen esos lugares con sonido de tambores sagrados como los batá, Djembí, el pechiche palenquero, y el fuego Sagrado de la Sierra Nevada.

Todavía se perciben en esa isla las vibraciones de dolor de nuestros ancestros africanos al ser matados por los peninsulares al mando de Sancho Jimeno Horozco.

Las mujeres de Bocachica tienen un especial encanto, similar al de las doncellas de San Basilio de Palenque, que se caracterizan por su belleza, estilo y charmé.

La economía isleña gira alrededor de la pesca y la agricultura, el ganado es escaso y abunda la cría de chivos y carneros.

En la salida del pueblo vivía una mujer llamada Carmela, al morir sus padres, asumió el control de la casa y la crianza de sus hermanos. Cuando estos se fueron del amparo clanil a conformar sus familias, quedó sola en la casa paterna.

Diariamente salía a pescar en su bote y no demoraba mucho la faena porque tan pronto lanzaba el anzuelo, capturaba un gran pez suficiente para resolver los problemas de supervivencia.

Un sábado lluvioso salió con dos amigas a capturar langostas en el arrecife.

Al culminar la faena, tenían en el plan del bote ocho grandes crustáceos de anaranjada coloración, algunos de esos decápodos luchaban por salir de la nasa y seis caracoles de nacarada concha, teñida con destellos blancuzcos y rosados.

Caracol de pala era el nombre que los nativos de ese hermoso rosario de islas, le daban a este molusco de apreciada carne, cuya concha irisada y multicolor era utilizada para sostener las puertas y evitar que la fuerte brisa de barlovento en los meses de verano, las azotara contra las paredes y marcos.

Esos caracoles fueron utilizados por los caribes, para convocar ceremonialmente a los anacoretas en las cuevas de lo profundo de la manigua. Con otro sonido, llamaban a los cazadores internados en la espesura o a los pescadores que sacaban perlas de los fondos arrecifales, para elaborar collares ceremoniales y/o arponeando pargos de lomos profundamente rojos que merodeaban los corales.

Los africanos que llevaron esclavizados a la isla, lo usaban en sus ceremoniales para llamar a Elegguá que abre y cierra los caminos, Yemayá la dueña de los mares, Ochún dueña de la miel, Obatalá, Changó y el resto de Orishas que desde el corazón de África vinieron a acompañar a sus hijos esclavizados vilmente por los españoles.

Después de la fructífera jornada izaron la potala, agarraron los canaletes de la tablada del bote y al disponerse a remar a la playa para iniciar su viaje de regreso, vieron por sotavento una balsa construida con tres gruesos trocos atados entre sí, la cual impulsaba la suave brisa mañanera que levantaba ondulantes y pequeños rizos espumosos, de un impoluto blanco en la superficie del agua.

En la rudimentaria armazón yacía una persona que parecía estar muerta o desmayada. Remaron hasta la balsa y vieron a un hombre joven acostado sobre ella, con dificultad subieron al náufrago en el bote y lo llevaron a la casa de Carmela que era la más cerca del arrecife.

Cuando amarraron el bote en el manglar de la orilla, corrieron a pedir auxilio a los vecinos para llevar al náufrago al interior de la casa y atenderlo.

Escanciaron agua de coco en su boca, hirvieron hojas de matarratón y caraña para que respirara ese vapor y recuperara la conciencia, al enfriarse la toma, la endulzaron con miel, macerándole diversas hojas y le dieron a beber el extracto vegetal que llamaban Omiero. Después de darle coco tierno y ostras vivas, lo acostaron reclinando su cabeza sobre varios almohadones.

Durmió dos días seguidos. Durante ese lapso fue atendido por Carmela y varias amigas del pueblo que introducían en su boca caracol rayado y almejas.

Despertó una tarde lanzando desgarradores alaridos que alarmaron a los vecinos, la casa se llenó de curiosos que acudieron para indagar que sucedía. Aunque muy pocos se percataron, en la pequeña rada un grupo de delfines empezó a hacer cabriolas cerca de la orilla, algo inusual en ese sitio de muchos bajos.

Carmela sacó al náufrago hasta la puerta para que la brisa lo tonificara, bañaron su cuerpo con hierbas cocidas, le dieron orégano con miel y una vecina puso a hervir en el fogón, un sábalo en agua de mar con verduras y leche de coco.

El náufrago los miraba desconcertado.

Un anciano al percatarse de su angustia le preguntó: ¿Cómo te llamas?

El extraño respondió: ¡No sé quién soy ni como llegué aquí!

Con los cuidados de Carmela empezó a recuperarse. Los vecinos se percataron de su descomunal fuerza y de la habilidad para construir cosas, le bella isleña fascinada con el extraño, esperaba que recobrara la memoria y dijera su nombre.

Los ancianos de la isla le recomendaron que después de hacerlo ingerir ostras vivas, le diera camarón y almejas hervidos en leche de coco.

Diariamente madrugaba y nadaba grandes distancias, al regresar traía una sarta de mojarras, pargos o jureles, que entregaba a Carmela para que los preparara.

En las tardes se sumía en un profundo ensimismamiento mirando el mar con nostalgia y añoranza. Carmela notaba que en esos momentos de contemplación intensa, el náufrago lloraba. Desde ese día decidió acompañarlo en sus ratos de abstracción seráfica porque sabía que a pesar de los cuidados que le prodigaba, este hombre estaba solo en el mundo.


Una mañana al despertar el náufrago, miró a Carmela regresando del mar, parecía una nereida emergiendo preciosa de las profundidades, semejaba una ondina de las aguas del Zambeze; las ropas mojadas de la preciosa hembra, dibujaban la escultura de su cuerpo que parecía cincelado por talladores de Benín o del Peloponeso.

Era tan hermosa la visión del momento que tanta belleza le parecía irreal al asombrado náufrago. Era impresionante la hermosura de esa isleña era Ochún, Astarté o Afrodita convertidas en una mujer mortal.

Impulsados por una irresistible atracción se fundieron en un pasional y amoroso abrazo que eclosionó con fuerza demoledora en ese manglárico y paradisíaco entorno que sirvió de marco al desfogue de dos amantes a quienes los Orishas propiciaron el momento en el cual reinaron Ochún y Changó.

En una pausa amatoria dijo Carmela a su amante: Te llamaré Adonilso, decía mi abuelo que es nombre isleño y para mí siempre serás el hombre que trajo el mar.

A partir de ese día, Adonilso y Carmela vivieron como pareja.

En momentos de recogimiento y pausas amorosas le decía a su amada que si ponía el oído en su corazón iba a escuchar las canciones y sonidos del mar.

Reconstruyó la casa, cambió la tablonada, los horcones, el techo de palma de la cocina, pintó la casa con los expresivos colores del caribe y construyó un corral en el patio para criar ganado vacuno.

Trabajaba sin descanso. Salía a pescar y regresaba rebosante de peces, el sobrante lo vendían hasta que reunieron el capital para comprar la primera res.

Una noche en la que miraba extasiado la inmensidad marina, Carmela sintió que le empezaban los dolores de parto.

El vientre se le escurría y no había tiempo de llamar a la partera, un líquido espeso y transparente corría por las piernas de la bella mujer. “Parirás en el mar”, le dijo Adonilso entusiasmado a Carmela.

La cargó con cuidado y la llevó hasta donde el agua le daba a las rodillas, le abrió las piernas con pericia mientras el primero de los hijos terminaba el recorrido por su vientre, lo recibieron amorosamente cortando su cordón umbilical, el recién nacido nadó vigorosamente alrededor de la madre sumergiéndose con pericia en las cálidas aguas de la cala, luego vino el segundo y el tercero, nadaban con una inexplicable e inusitada agilidad.

Entregó los niños a la feliz madre, que los recibió amorosa en su regazo mientras Adonilso cargaba a su mujer e hijos hasta la vivienda donde terminó de asearla.

Sus amigas la ayudaban en la cotidianidad de sus quehaceres.

Antes de salir a pescar, llevaba a su amada y sus hijos a la orilla donde nadaban y retozaban por las aguas cristalinas, nunca preguntó a su amado las razones por las cuales sus hijos tenían esa destreza para nadar a pesar de contar con pocos meses de haber nacido.

Adonilso se presentó un día con una pareja de vacas preñadas.

Buscaron a una persona muy cercana a Carmela y la encargaron de cuidar su precario ganado. La hermosa isleña se sentía feliz y completamente realizada.

Esa tarde un grupo de delfines retozaba en el acantilado realizando cabriolas que entretenían a la familia que observaba el espectáculo, nadaban en círculos, luego se elevaban en acrobáticos saltos formando figuras fugaces de rosas del fondo marino, rendían tributo a la dueña de los mares y corales, a Yemayá.

Una mañana Adonilso habló largamente con Carmela y al día siguiente la bella isleña regaló todas sus pertenencias.

Dos días después, la familia se acercó al acantilado mientras familiares y vecinos observaban intrigados desde la orilla. Había muchos delfines en ese lugar.

Saltaban a gran altura y caían al agua produciendo un sonido rumoroso y armoniosos chillidos, nunca se había visto tanta belleza en ese lugar, los curiosos estaban embebidos en la armonía de ese hermoso espectáculo.

Al mirar al acantilado, se percataron que Carmela se transformaba en delfín lanzándose a las cálidas aguas, luego lo hicieron sus tres hijos y por último, Adonilso saludando a las personas que estaban en la orilla, se elevó por los aires y desde las alturas su cuerpo adquiría la coloración blanca y azulosa de los delfines; al caer al agua en un salto perfecto, se le unieron tres pequeños delfines y una hembra robusta que se acercó a la orilla sosteniéndose de su azulada cola emitiendo un saludo y despidiéndose para siempre de los familiares que se quedarían esperando por toda la eternidad, mientras los hermosos delfines se perdían la amarillada lejanía de un horizonte en el que el sol anaranjado del caribe cartagenero se fundía en un mágico abrazo.

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