martes, 7 de enero de 2014

Rigoletto, el duende de mi casa

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Tengo un duende en casa. Lo imagino jorobado y con una cara muy vieja. Antes de que me pasara lo que me ha pasado, no creía en duendes en el sentido de realidad, cualquier cosa que ésta sea. Me gustaban, de niño, en la literatura, en las leyendas populares, y sobre todo, en las historias que nos contaba mamá a mis hermanos y a mí. Algunas estaban relacionadas con gnomos bondadosos y juguetones, y otras, con duendecillos maléficos o, más bien, maldadosos. El duende, de por sí, no es una criatura perversa. Es solo un burlador, alguien o algo que nos quiere jugar malas pasadas, asustarnos sin provocar taquicardia o gozarnos con sus intervenciones bromistas. Los duendes son, en general, simpáticos y se ríen de nosotros con una risilla de picardía y benevolencia.



Pues bien. En casa, como dije, tengo uno. No sé cuándo llegó, pero mi mujer, que fue la primera en presentirlo, me dijo una noche, cuando llegué: “hoy subieron el volumen del equipo de sonido misteriosamente”. “¿Cómo que misteriosamente?”, le pregunté. “Sí, no me acuerdo qué estaba soñando y de pronto sentí que iba subiendo y subiendo hasta el máximo”. Por esos días, vivíamos en un caserón del barrio Buenos Aires, de Medellín, de seis piezas, dos patios, dos salas y claro, cocina y comedor. No era pequeño en todo caso. “Debe de ser que le falta mantenimiento”, le dije. Ella se quedó mirándome con sus ojos enormes y le noté una mueca de fastidio. No se habló más del asunto por ese día.

El caso es que las faenas del presunto duende se repitieron. Siempre subiendo el volumen. Pero a mí no me había tocado estar en esos momentos en los que ella, la Moni (así la llamo, por su melena rubia) era la víctima de aquella presencia inexplicable e invisible. Un día de semana santa, puse la Novena Sinfonía de Beethoven y mientras sonaba, leía un libro de William Faulkner. Creo que era Desciende, Moisés. De pronto, sentí un crescendo insólito en momentos en que sonaba el cuarto movimiento. El coro ascendía y ascendía. Tiré el libro y fui hasta el aparato. En efecto, había llegado hasta el tope. “Qué vaina es esta, parece que hay que mandar a arreglarlo”. Le conté, y ella sonrió, y rio a carcajadas y me miró como si dijera “viste que sí es verdad. Aquí hay un duende”. Llamé al señor Abdón, que desde hace años es el que le hace mantenimiento a mis reproductores de sonido (no crean que tengo muchos). Al otro día, después de la gestión del técnico, se repitió el incidente. Era la Quinta Sinfonía de Tchaikovski. La Moni y yo estábamos presentes. “Por lo menos, le gusta la buena música”, le dije. Otra vez, mientras sonaba una emisora comercial, el volumen comenzó a bajar. Era, me parece, una canción de Vicente Fernández. “Qué descanso”, me dije. Y entonces comprendí que al duende, o lo que ello fuese, le gustaba la clásica. Después supe que también el jazz (subió varias veces a Duke Ellington y a Charlie Parker), y también el tango, sobre todo en las interpretaciones del Polaco Roberto Goyeneche.

Pasó el tiempo y de nuestra casa se enamoró una empresa de constructores. La vendimos y nos mudamos para el barrio Prado. La Moni creyó, entre otras cosas, que el duende había quedado atrapado en la casa vacía y después en sus ruinas (la tumbaron y ahora avanza la construcción de una torre de apartamentos). Pero no. Seguro se subió en el camión de trasteos. O averiguó la dirección. ¿Quién puede saberlo? El cuento es que otro día ella volvió con la historia del volumen y, además, de que le habían desconectado la grabadora. Hace unos meses, puse un disco de Brahms (Tres sonatas para violín, con Daniel Barenboim, al piano, e Itzhak Perlman, al violín), y la película se repitió. Lo mismo con uno de Gardel y con otro del inefable Polaco. En cambio, lo bajó al mínimo cuando en una emisora sonó una cancioncita de despecho de no sé quién diablos.

Pero la máxima expresión de su “mamagallismo”, aconteció cuando en casa estaba de visita Daniel Botero, un amigo, comunicador social y docente. Vio en mi estudio-biblioteca una guitarra, que hace tiempos no toco. La comenzó a afinar. Y no le daba. Pensé que no tenía idea de afinar el instrumento. Y entonces me puse en la misma tarea. Parecía estar lista. Los intervalos eran los correctos. Se la pasé y cuando él dio un acorde, sonó espantoso. Volvió al proceso de afinación. Y nada. Insistió. Seguía lo mismo. Y entonces me acordé del duende, le conté la historia, y cuando tornó a rasguearla, estaba perfectamente afinada. “Es increíble”, dijo.

En momentos en que escribo esta narración, está sonando el Concierto para Piano y Orquesta en la menor Op. 54, de Robert Schumann. El volumen sube y sube. Sonrío con resignación y voy a ponerlo en una escala discreta. Seguro el duende debe de estar haciendo morisquetas y contorsiones. Hoy he decidido bautizarlo como Rigoletto. Y no me pregunten por qué.

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