jueves, 16 de enero de 2014

Serenata para Glenn Miller (El capitán puso a danzar al mundo en plena guerra mundial)

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Tal vez no haya música más precisa para relacionar o describir la nostalgia que Serenata a la luz de la luna (Moonlight Serenade), de Glenn Miller. O también para sentir una ausencia, como la suya, perdido tal vez en el Canal de la Mancha, como es lo más probable, o muerto de un infarto en un burdel parisino en brazos de una prostituta, o apuñalado por una meretriz en un prostíbulo alemán, que son versiones más ligeras. Y si la suerte de los desaparecidos es, en general, estremecedora, hay ciertos personajes que crean más zozobra en el alma al no saberse de su paradero final. Sucedió, por ejemplo, con Ambrose Bierce, perdido para siempre en los tumultos de la revolución mexicana; con Antoine de Saint-Exupery, estrellado en su avión cuando volaba por el Sur, y, bueno, ahora que se cumplen 110 años de su nacimiento, con Alton Glenn Miller.

Con Miller, astro de la Era del Swing, pasa que algunos del jazz lo vapulean, porque consideran que no hace parte del género, o que se trata de un jazz bastardo y hasta califican su música de “aburrida”. Sin embargo, una big band como la suya no es de las que han abundado en la historia. Hay un asunto clave en el arte. Y es llegar a tener voz propia. O estilo, en otras palabras. Esa condición que el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos consideraba como una cárcel. Y el sonido de Miller fue una revolución en los treinta y los cuarenta, luego de la Gran Depresión del capitalismo y en medio de las bombas de la Segunda Guerra Mundial. Con él puso a bailar a estadounidenses y europeos, con melodías cantadas por clarinetes y armonizadas por una fila de saxos.

Nacido el primero de marzo de 1904, en Clarinda, Iowa, se encontró con la música cuando su padre le regaló una mandolina. Después, la cambió por un corno y luego por un trombón. Era un mal estudiante de otras materias, pero no de la música. Su arqueología está ligada a pequeñas bandas, a audiciones de afán, a buscar oportunidades en orquestas, y en esas andaba cuando viajó a Los Ángeles y se encontró de pronto integrando la banda de Ben Pollack, en la cual también oficiaba un músico (entonces nada conocido), que luego sería otro grande del Swing: Benny Goodman. Y fue en aquella orquesta en la que Miller se inició como arreglista, una de las faenas que mejor supo hacer.

Los caminos de un artista siempre son culebreros, tortuosos. En 1928, viajó a Nueva York, ya se había casado con su compañera de colegio, Helen Burger, y se encontró nuevos sonidos, interpretó y realizó arreglos con los hermanos Tommy y Jimmy Dorsey, en cuya orquesta cantaba entonces un tipo que todavía no gozaba de fama alguna: Bing Crosby, y había otros monstruos, como el músico y baterista Gene Kruppa. Y ahí estaba Miller, unas veces en la radio, otras tocando el trombón en un rascacielos, y, más tarde, dirigiendo la banda de Dorsey. Tenía 32 años. Aún el éxito (palabra tan gringa y capitalista) no se le aparecía en ninguna esquina. Ni siquiera en 1935, cuando por primera vez con su propio nombre grabó para la ColumbiaMoonlight on the Ganges y A Blues Serenade. Entre tanto, luchaba consigo mismo para lograr un sonido que lo distinguiera. Y es en Nueva York donde lo perfecciona, para después irse al otro lado del país a fascinar con su orquesta y sus arreglos. Todos bailaban al ritmo de la Miller Orchestra. Y a lo mejor, fumaban cigarrillos Chesterfield, que auspiciaba las giras y presentaciones.

Y cuando ya la guerra iba adelante con sus fragores de muerte, grabó, en febrero de 1940, su Tuxedo Junction y luego In The Mood (quizá la pieza de Swing más conocida). Ya no había nada que hacer. Ese sonido que hoy uno identifica con la nostalgia, o con extraños momentos románticos, antes de la bomba atómica, era una sensación desbocada, y el movimiento del Swing se constituía como el fenómeno musical comercial más vendedor de la historia. En 1941, Miller ya era una estrella, que el cine hizo brillar más. Por ejemplo, la película Sun Valley Serenade puso de moda a Chatanooga Choo Choo, que se une al delirio provocado por Pennsylvania 6-5000. Pero es la guerra, precisamente, la que le hace desbaratar su orquesta, lo mete en las filas militares y lo conduce a la creación de la Glenn Miller Army Aire Force Band. Miller estaba convencido de que con la música prestaba un servicio a su patria y, además, les ayudaba a los soldados a elevar su moral. Recibió el rango de capitán, y con sus 50 músicos se fue a Londres, en donde, en menos de un año, se presentó 800 veces, incluidos sus conciertos en la BBC. La gente pedía, además de las nombradas, a American Patrol y aTengo una chica en Kalamazoo. Su música aliviaba un poco las tensiones y miserias de la conflagración mundial.

La resistencia parisina y los Aliados ya habían demolido a los invasores nazis y entonces una de las misiones de Miller era ir allá, para celebrar tal victoria. Ya tenía la pinta del héroe que, en vez de fusil, cargaba un trombón y muchas partituras, y esa combinación de uniforme militar y música le hacía crecer su fama, en especial en su país. Claro que a algunos críticos poco les atraía el sonido Miller, y uno de ellos, John Hammond, escribió una nota en la que ponía en duda su solidez musical. “¿Por qué juzgarme como músico, John? Mi única intención es ganar dinero”, le contestó Miller con ironía.

El 15 de diciembre de 1944, Glenn Miller partió de Londres hacia París, en un avión Noorduyn Norseman UC-64, y desde ese día jamás se le volvió a ver. Se dice que fuego alemán lo derribó en el Canal de la Mancha. También se especula que su pequeña nave se cruzó con unos bombarderos ingleses que retornaban a sus bases sin haber podido descargar las bombas. La escuadra tuvo que tirarlas al canal para poder aterrizar, y una de ellas le habría acertado al avión del músico, que volaba en dirección opuesta y a más baja altura. Un aparente testigo del hecho, el navegante Fred Shaw, relató años después que había visto el UC-64 cuando fue destruido por una flotilla de bombarderos Lancaster, ingleses, que retornaba de una misión fallida. Y así, con un tejido de leyendas, el músico se convirtió en mito. Porque también circuló la especie de que había caído preso de los alemanes, que lo torturaron y mataron en una prisión, además de las historias truculentas de los burdeles.

Como hubiera acontecido, el cadáver jamás se halló, y el capitán Glenn Miller fue el único de la banda que no sobrevivió a la guerra. Y los bailadores de entonces guardaron luto por la muerte de un hombre que intentó ser libre entre clarinetes y saxofones. A 110 años de su natalicio y casi a setenta años de su desaparición, el aire murmura esta canción: “I stand at your gate. / And the song that I sing is of moonlight. / I stand and I wait / For a touch of your hand in a June night…”. La serenata a la luz de la luna, sigue siendo una pintura musical de la nostalgia.

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