jueves, 16 de enero de 2014

Una mujer que necesitaba un hombre

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Era hija única. Quería estar en lugares elegantes. En el Club de Gimnasia y Esgrima se tiraba a la pileta desde el trampolín más alto. Una rubia linda vista por todos.

Los fines de semana iba a caballo por el bosque de Palermo. Quería tener una vida elegante.

Era también la prima de Arturo, que siempre la deseó y tuvo fantasías sexuales con ella.

Arturo vivía solo, pero de mujer en mujer.

Un día ella lo llamó desde la calle para que le abra la puerta. Arturo, que estaba con una mina, le dijo que no podía recibirla porque estaba con una gente haciendo un trabajo. Entonces quedaron en encontrarse al día siguiente en un café.

Arturo se sentó, y ella, después de un momento de silencio le dijo: -“Necesito un hombre”.

El la miró. El tiempo había pasado. Estaba muy cambiada. De rubia linda que era se transformó en una viejita fea. La piel enrojecida, el cuello arrugado por años de sol.

Entonces, como si no le hubiese dicho que lo quería a él, Arturo le preguntó por su teléfono y le dijo que hablaría con algún amigo para que la llame. Después miró el reloj, le dijo que tenía que encontrarse con alguien en otro café y se despidió. Ella siempre callada.

Pasaron unos meses y lo volvió a llamar desde la calle. Al entrar se sentó en una silla de lona. Arturo, callado, esperando que ella hable, que diga lo que ahora quería.

Y así los dos estuvieron en silencio casi veinte minutos. De pronto ella se levantó y sin decir nada, se fue.

En el lugar de la silla de lona en que estuvo sentada, donde estaba su concha quedó una redonda mancha de humedad.

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