jueves, 16 de enero de 2014

Ya no quiero ser ministro

Rafael Plaza (Desde Madrid, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Yo, cuando era pequeño, soñaba, como el ex Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, con ser ministro. Era, como la de él, mi aspiración máxima en la vida. No quería ser bombero, ni policía, ni futbolista, ni actor de cine, como cualquier hijo de vecino. Yo lo que quería era ser ministro. ¡Anda que no iba a tener chicles, caramelos, cromos, coches, muñecas (de verdad), casas de campo y todo eso! Era, como el de Enrique, el sueño, la ambición de mi vida.



Pero no, ya no quiero ser ministro. Al ministro de Obras Públicas se le caen las casas; al de Comunicaciones, los trenes; al de Sanidad se le caen muertos los enfermos que se hacen un escáner y se le mueren los jubilados obligados al co-pago; al del Interior le fallan todos los días sus servicios secretos y sus polis obedientes se ven impelidos a pegar un día sí y otro también a los ciudadanos que protestan en la calle; al de Defensa le engañan los americanos o le descubren negocios de armamento los medios de comunicación; al de Agricultura se le rebelan los olvidados campesinos; al de Justicia se le enfrentan los jueces que valoran los derechos humanos y las mujeres que valoran su propia dignidad, o se le corrompen los que leen el Derecho del revés, y cuando sale uno bueno va y le obligan a exiliarse; al de Educación le leen la cartilla para que acabe con las últimas lecciones aprendidas en una democracia de Catón; al de Economía le compran los banqueros; al de Asuntos Sociales le imploran los pobres del país a los que ignoran diciéndoles que Dios les ampare; al de Cultura le obligan a dejar de ser intelectual; al de Trabajo le invitan a cenar los empresarios para que no hable con los sindicatos y, de paso, legisle contratos de seis meses con un sueldo supermínimo; el de Asuntos Exteriores hace patria con los patriotas, y la portavoz del gobierno tiene que ponerse mechas o teñirse el pelo para que le miremos el nuevo look mientras farfulla tonterías…

¡Que no, que ya no quiero ser ministro! Porque, ¿cómo conseguiría renovar la esperanza de los ciudadanos prometiéndoles bajar la gasolina, si ya se han dado cuenta de que a los 15 días subiría el doble? ¿Cómo iniciar obras de nuevas autopistas, si cada día hay más accidentes de tráfico? ¿Cómo iban los soldados a querer ir a la guerra de Irak, Siria, el Congo o Afganistán si cada mes caen heridos o muertos unos cuantos? ¿Cómo hablarles de los proyectos del tren de alta velocidad si siguen descarrilando los de la baja? ¿Cómo comprar nueva tecnología médica si quienes van a lucrarse con ella van a ser los laboratorios médicos y los desvergonzados negociantes que están jugando, a un precio altísimo, con nuestra salud?

No, no quiero ser ministro, para lo que un paso casi necesario es ser diputado, y muchos de los votos precisos para conseguir que salga adelante una moción de censura hay que comprarlos con dinero. ¿De dónde saco yo los cien millones de Durán, el oro y el moro de Naseiro, el despacho de Juanito, el piano de Narciso, las divisas de Bárcenas…?

No, no quiero ser ministro, porque luego querría ser presidente y fíjate: a Gorbachov le tiraron, a Papandreu le juzgaron, a Menem quisieron procesarle, a Hassan derrocarle y a Sadam le mataron… Y ahora mismo, a Felipe y José María les echan en cara vivir de sus Consejos de Administración… y a Mariano quieren ponerle de espaldas a la pared hasta sus propios correligionarios por cobarde, por mentiroso o por meapilas…

No, no quiero ser ministro ni jefe de Estado, pues si te descubren un fallo, una trampa, una mentira, un robo, una corrupción, una traición, un negocio sucio… y si encuentran los papeles te procesan, te juzgan, te condenan, te derrocan o te matan…

Y luego está dejar de serlo. Ser ministro es malo, pero ¿ser ex? Eso sí que ya es el colmo. Ser ex es lo último que se puede ser en la vida. Ex entrenador, ex marido, ex cura, ex quinqui, ex director, ex campeón, ex alcalde, ex presidente, ex ministro. ¡Sobre todo ex ministro! Porque ser entrenador de fútbol, como Luis Enrique o Mourinho, y que te cesen al día siguiente es casi normal, previa golosa indemnización; ser marido famoso y poner 6.000 euros al firmar el divorcio, como hizo un premio Nobel, ¡santas pascuas!; ser ex preso legendario, como El Lute, que se pasó de pronto a la jet-set, ¡hace feliz a los lectores de las revistas del corazón!; y si eres director de Radio Nacional y te echan, te reciben con los brazos abiertos en Antena 3; y si eso te pasa en una revista de derechas te llaman de inmediato a otra de izquierdas...

Quienes peor lo tienen son los ex alcaldes, o los ex presidentes del Gobierno, porque cuando dejan de ser lo que fueron se les acaban las ideas. Pero, ¿ex ministro? ¡Eso sí que es un trauma! Sí: porque te llaman de consejero delegado de grandes empresas para ganar subastas y, tarde o temprano, se descubre que la cabra tira al monte, aunque no al de piedad; porque abres un negocio y te hacen una auditoría personal donde se desvela que tu patrimonio al jurar ante el Rey era mínimo; porque si tuviste la desgracia de ser ministro del Interior y encima ponías cara de «queda usted detenido», lo vas a pasar muy mal a la intemperie, cuando el Estado tenga más escrúpulos para ponerte hoy, escoltas, que los que tuvo ayer para pagarte servicios de los fondos reservados, pues bajar a las alcantarillas es caro y a nadie le importa un pimiento qué espray usas para limpiarlas.

¡Ser ex ministro es un trauma! Y además, para ser ministro hay que aceptar ser ex ministro, salvo que tengas el tic facial preciso para hacer creer que cuando dices no estás diciendo sí, y viceversa, y así no hay modo de que te envíen al retiro.

Y lo peor de ser ex ministro es que te pueden volver a llamar… ¡y eso sí que es malo, oiga! Porque, ¿cómo volver a aceptar una cartera donde dejaste los donuts, y van y te la devuelven y ya no están los donuts? ¡Hombre, uno puede, en último grado, ser ministro, pero no gilipollas!

Así que ya digo. No quiero ser ministro. Porque, además, lo hago bien y lo mismo me nombran presidente.

¡Y eso sí que no, oiga!

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