miércoles, 26 de febrero de 2014

Charles Bukowski. Poeta, y narrador de una espiritualidad nihilista

Erasmo Magoulas (Desde Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Bukowski, o como lo llamaban sus amigos -y los no tanto- del bar, las trabajadoras sexuales de las esquinas del Noreste de Los Ángeles, y también sus proxenetas, sus amantes y esposas, -Hank o Buk-, fue un escritor eminentemente traspasado por el factor humano. Sus continuas experiencias de vitalidad extrema, en la reducida geografía del barrio obrero de la ciudad -su laboratorio, su gabinete de estudios, él y sus vecinos como principales sujetos del gran experimento de vivir -, en las situaciones más desesperantes, en la corrosiva soledad metafísica, y también existencial, lo llevaron en más de una oportunidad a pensar en el suicidio, como vía de escape. Una infancia y adolescencia sufridas con dolor, físico y espiritual; en el castigo corporal, en el rechazo, en no ser aceptado y querido, lo llevaron a encontrarse con su tabla de salvación, la literatura, aunque él diría “con el tipeo de las teclas de una máquina de escribir”. Bukowski es uno de esos escritores que buscó la literatura, y no viceversa. No existía ninguna condición propicia en su familia y en su medio que diera en pensar de él, su destino final, como escritor de calidad, y finalmente reconocido. Buk ha dicho, sarcásticamente, que fue el cinto de su padre, y su padre en si mismo, con sus continuos castigos, desde los seis a los once años de edad, sus grandes maestros literarios; en definitiva, el dolor, el sufrimiento, la impotencia como constructores y artífices de su arte. El alcohol -dice el autor- fue su otra vía de escape, ante los recuerdos amenazantes de su infancia, del largo período de su vida de adulto, saltando de trabajos alienantes a otros miserables, y un futuro -en el más optimista de los escenarios -incierto, que lo ayudó una y otra vez a sortear el deseo de acabar con su vida. Las mujeres, la experiencia sexual, que llegó tarde, fue el universo cuasi religioso, que lo llevó a seguir descubriendo las miserias y grandezas de la condición humana. En ese universo, Buk, navegó como un viajero intergaláctico, visitando miles de planetas, soles, y estrellas. Viaje de dolor, odio, rencor, pero también de infinita felicidad, que lo ayudó enormemente a escribir, a producir una obra importantísima en volumen y calidad, a crear un mundo, tanto en su prosa como en su verso, transido por una poesía desgarradora, desesperanzada -a primera vista y bajo una ligera lectura de sus trabajos-, pero ontológicamente humana, vital, y solidaria -aunque el diría todo lo contrario-, y de leer ésta reseña se burlaría de mí, y me mandaría a la remismísima mierda, “piece of shit, mother fucker”(1). Leí por primera vez a Bukowski, a mediados de los 90, en España, gracias a la publicación de gran parte de su obra por la Editorial Anagrama, y el excelente trabajo de traducción al Castellano de Ángela Pérez, Jorge Berlanga, José María Álvarez Flórez, Cecilia Ceriani, entre otros. Pocos años después, en Cuba, participando deun taller de escritura creativa, el instructor nos pasó uno de sus cuentos, para su análisis y discusión. Era una obra brillante, por la densidad de las situaciones humanas, por la tensión sostenida y por su clímax, por la atmósfera poética del cuento y por su remate. Nunca volví a encontrarme con esa obra, ni me recuerdo del título, pero era sobre una antropóloga famosa, que luego de uno de sus viajes de estudio en África, había vuelto a Los Ángeles con uno de sus trabajos de experimentación, convertido en marido. Las relaciones humanas y muy especialmente las relaciones intergenéricas, tema bukowskiano, si los hay. En mi país de residencia me encuentro con frecuencia con su obra poética, y no por pura coincidencia, la busco. Es de ese tipo de material que te impulsa a escribir, que te pega un empujón cuando estás aterrorizado frente a la página en blanco,que te invita a participar de esa maquinaria agotadora, frustrante, demoledora, aplastante, triturante, -donde el que escribe es la carne a moler-;pero tan narcotizante como la creación literaria -perdón Buk, quise decir: tipear en la computadora-. El próximo 9 de marzo se cumplirán los primeros 20 años de la desaparición física de Bukowski. Yo ya compré mi botella de Valpolicella -a Buk le gustaba el vino rojo de Italia- para celebrar como a él le hubiera querido.


Charles Bukowski (Hank o Buk), con una de sus novicias

Bukowski tiene publicadas seis novelas, desde Post office, de 1971 (Cartero) por Anagrama, hasta Pulp, de 1994, la que finalizó pocos meses antes de su muerte. Casi 50 libros de poesía, once antologías de cuentos y relatos, ocho obras de no-ficción, un guión para película; y sobre su vida y su obra (¿cómo separarlas?) se han filmado decenas de documentales y unas cuantos largometrajes de ficción, así como se han escrito, muchísimos ensayos.



De una de sus últimas colecciones de poesía, Slouching toward Nirvana, Haraganeando hacia el Nirvana, traduje -sorry Buk, sí ya sé, soy lo que me dijiste en (1) “un sorete, hijo de puta”-, dos de sus poemas.

Un 4 de Julio de la década del 30

no había mucho para celebrar,
desde luego,
nuestros padres no tenían trabajo
y toda la comida envasada de la Asistencia Pública
tenía el mismo desagradable
sabor rancio.
nada ocurría en ningún lugar y
había una triste resignación
en el ambiente
pero fue una mañana alrededor
de las 6 del 4 de Julio
de 1932 o 33 o34, no recuerdo exactamente cual
cuando oí fuertes detonaciones
que venían desde la calle
¡ENSORDECEDORES FUEGOS DE ARTIFICIO!
Me levanté de la cama, me vestí
rápido, corrí hacia la calle
y allá
venía andando por la Avenida Longwood
por el medio de la calle
mi compinche Gene
caminando él solito y arrojando
enormes petardos
al aire.
La niebla de la mañana
recién comenzaba a disiparse
y el primer sol estaba apareciendo
y allá estaba Gene
caminando
solo
y haciendo que el aire
¡explotara!
Corrí hacia él
“¡mierda! ¿qué conseguiste?”
“petardos, y un montón,
muchos”
él también tenía
lo que llamábamos un “punk”
una barra de metal recubierta que
que al encenderla
se tornaba como una brasa
de un rojo resplandeciente.

Gene prendió la mecha del punk
observaba como se iba quemando,
entonces arrojó la bomba
por el aire
y explotó
exactamente en el pico más
alto de su recorrido.
un hombre, en pijamas,
apareció
en el porch de su casa.
“¡EH, USTEDES, TERMINEN CON ESA
MIERDA! ¡QUIERO DORMIR!”
“Ven aquí y dinos lo mismo” le dijo Gene
(Gene era grande para su edad)
“¡SE LO VOY A DECIR A TU PADRE!”
Gene se rió, encendió un petardo
y lo arrojó en dirección
al hombre. el petardo cayó
justo en el reborde de una gran
ventana de vidrio.
“¡¡BAANNGG!!”
por suerte la ventana
no se rompió.
el hombre se metió corriendo
a su casa.
Gene me pasó un punk
y una bomba
“inténtalo con uno…”
encendí la mecha y esperé
tanto como me atreví,
entonces lancé la bomba.
alcanzó como tres metros sobre mi cabeza.
“eso estuvo bien” dijo Gene.
caminamos por Longwood
hacia la calle 21, doblamos a la izquierda y luego
subimos la pendiente.

“mira esto,”
dijo Gene
había un tacho de basura al lado
de una cerca.
Gene levantó la tapa,
dejó caer una bomba encendida y
volvió a poner la tapa.
“¡¡BAANNGG!!”
la explosión hizo que la tapa volara
un metro por el aire.
“carajo, estas cosas son poderosas”
“sí” dijo Gene.
seguimos subiendo la cuesta
un poco más.
había un coche estacionado
con la ventanilla del conductor algo baja.
“presta atención” dijo Gene
encendió un petardo y lo dejó caer dentro
a través de la ventanilla.
“¡¡BAAANNNGG!!”
el coche se sacudió, y
luego se llenó de un humo denso y azul
“¡eso estuvo grandioso!” dije
a Gene aún le quedaban 3 o 4 bombas.
dimos la vuelta
y comenzamos a caminar
colina abajo.
Gene encendió las últimas,
una después de la otra y las iba arrojando al aire
lo más alto posible
donde explotaban.

nos quedamos parados frente a su casa
eran alrededor de las 6:30

“bueno, eso es todo” dijo
“se terminó”

“gracias Gene”
“de nada, nos vemos”
él entró a su casa.
caminé hacia la mía
abrí la puerta principal,
entré, recorrí el pasillo.
mi padre me oyó desde su dormitorio.
“¿dónde carajo estuviste?”
“afuera, celebrando…”
“¡te felicito, hijo!
¡vivimos en un gran país!”
volví a mi habitación,
me desvestí, y me metí
en la cama.
él no entendió nada, como de costumbre,
pensé,
yo únicamente me estuve divirtiendo.

Changueando

hace un tiempo
en este jodido trabajo
le pregunté al que trabajaba a mi lado,
“¿cómo es que estamos seguros
que no hemos muerto
y nos fuimos al
infierno?”

él no contestó.
pensó que yo estaba
chiflado por imaginar
que podríamos
estar en el infierno.

el hecho
era:
que él no estaba
en el infierno,
yo sí.

miré
a los otros trabajadores.
ellos tampoco creían
estar en
el infierno.

el capataz
se paró
detrás mío.

“Chinaski,
¿qué estás mirando
alrededor
tuyo?”

“quiero ver
dónde estoy”

“estás aquí
en la fábrica de lámparas
Resplandor.”

“gracias.”

“y no hables
en el
trabajo”

¿qué?

“te vi
hablando
con Meyers”

“de acuerdo”

“concéntrate en tu trabajo,
Chinaski”

el capataz
desapareció.

“Meyers,” dije
“¡creo que estoy
en el infierno!”

esta vez tampoco
respondió.

miré
el reloj de pared:
faltan 25 minutos
para el almuerzo,
tenemos media hora
para comer,
y luego 5 horas más
de trabajo
más2 horas extras,
una hora manejando
para llegar
a casa,
diez minutos
en la bañera,
30 minutos
para comer,
20 minutos
para leer
el periódico
y en la
próxima hora
estarás
durmiendo,
para levantarte
por la mañana,
vestirte
beber un café
a las disparadas,
entonces
una hora manejando
para llegar
al trabajo,
más la media jornada
delos sábados
y otra vez volver
el lunes.

en eso,
oí a Meyers
murmurar:

“¡hijo
de puta, si
no te
gusta el trabajo,
renuncia!”

“Meyers,
estoy orgulloso
de ti,
me hablaste”

el capataz
otra vez
detrás mío.

“Chinaski,
¿qué te he dicho
Acerca de que hables
aquí?”

“usted me dijo
que no lo hiciera”

“¿entonces?”

“¡pero es usted quien
me está haciendo hablar
ahora!”

“no te pases de
vivo”

el capataz
desapareció.

“carajo, Meyers,
casi me despiden”

el muy cretino
ni siquiera
me miró.

“y otra cosa Meyers,
¡la próxima vez
que me llames
hijo de puta,
te voy a patear el culo!”

ahora
era su
turno
de mirar
el reloj y
cuestionarse.

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