viernes, 7 de febrero de 2014

El decreto del anciano

Antonio Prada Fortul (Desde Cartagena de Indias, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Romualdo Martínez nació en el barrio de Bruselas de la ciudad de Cartagena de Indias, siempre fue un joven agresivo, no por desadaptado, sino que su esencia, era de peleador, lo había hecho con todos sus vecinos, siempre tenía una excusa para iniciar una riña con cualquier pretexto por baladí que este fuera.



En el barrio vivía un anciano llamado Julio Santoya, de cabello cano, pasurín, y usaba cola de caballo atípica para la época. Era sanador, capador de puercos, componía huesos, rezaba niños con altos estados febriles, curaba mordeduras de culebra, hablaba con muertos y “cogía a las brujas” nocturnas que perturbaban la vecindad. Era hombre amable, servicial, muy respetado por la gente del barrio. Algunos vecinos le temían debido a sus relaciones con los seres del más allá.

En cierta ocasión un grupo de jóvenes del barrio, jugábamos beisbol en una de las esquinas del parque con una pelota de trapo apretada con hilo de crochet.

En el fragor del juego tropezó Romualdo al señor Julio y este perdió el equilibrio golpeándose la cabeza con el pavimento, el anciano adolorido reclama al zagal su brusquedad y el hecho de no disculparse por el incidente.

Romualdo al escuchar al anciano que le increpa, trata de agredirlo utilizando un vocabulario cerril, entre todos lo contuvimos, pero a pesar de tenerlo sujeto, lanzó un patadón que alcanzó al señor Julio en un costado y le lastimó sus costillas.

Dolido por el alevoso ataque, el señor Julio agarró su bastón y dijo amenazante: “Te aseguro que jamás patearás otra persona en tu vida.”

Adolorido se retiró a su casa sobando su costado. Después del incidente nos retiramos a nuestros respectivos hogares dando por terminado el juego.

Por indicación de nuestros familiares, fuimos a la casa del anciano a disculparnos. Dijo que no guardaba rencor contra Romualdo a pesar de haberlo lesionado y que este no había tenido la decencia de ir a su casa a brindarle alguna explicación.

Un domingo se organiza una pesca en “Las cuatro calles”, sitio donde confluían peligrosas corrientes oceánicas y cantidad de tiburones cuyas oscuras aletas rozaban la amura de los botes hasta casi voltearlos, era una aventura riesgosa y obviamente, en nuestras casas se nos negó el permiso para ir a pescar.

Ese domingo en la madrugada salió Romualdo y tres vecinos más para la faena.

El sitio del Caribe escogido para pescar es especialmente bello, la naturaleza se ha cebado en ese lugar para mostrar su hermosura, el azul sonriente de Yemayá en el mar, tenía variaciones en sus tonos de un turquí profundo y al clarear la superficie se apreciaban diferentes verdes como los laureles dedicados a Osain desde las profundidades de la oceánica manigua. Había un sol calcinante, la superficie del Caribe estaba coronada por olas que morían mansamente en el espejo marino que ofrecía una acuarela viva a quienes pescaban en ese lugar.

Yemayá la reina de los mares y corales, mostraba airosa todo su esplendor en el azul y blanco del océano y cielo que ese día eran más ostensibles.

Los pescadores lanzaron sus cordeles al fondo del bajo donde habían anclado y de inmediato se prendieron en los curvos anzuelos, tres enormes chinos que dieron una gran pelea pero al final terminaron en el plan del bote convulsionando en busca del agua. Siguieron sacando peces del cardumen hasta terminar la carnada; satisfechos se dispusieron a regresar para mostrar los cuarenta peces a los reacios vecinos que se perdieron de esa maravillosa faena.

Romualdo descamó y limpió los peces mientras los dos tripulantes restantes, recogían el ancla artesanal y remaban vigorosamente a la playa. Las tripas de los peces, eran lanzadas por la borda y cada pescado era lavado en las aguas listos para ser consumidos y dejando un rastro sangriento en las aguas. Romualdo lavó sus manos y se acostó en la bancada del bote a disfrutar la fresca brisa que desde el nordeste soplaba hacia la ciudad amurallada.

Sumergió sus pies en la tibieza cálida de esas aguas ensoñadoras.

Lo durmió el arrullo de las olas y el acompasado golpe de canalete de los bogantes al penetrar en el agua, soñaba el pescador con las mujeres del barrio ante quienes iba a pavonearse de su habilidad como pescador.

Se quedó profundamente dormido, relajado y descansado.

Hacía días que no se sentía tan bien, estaba soñando con una fiesta en la cual bailaba con Sarita, una vecina con la que tenía una relación de varios meses, en su sueño, bailaba con ella al ritmo de un danzón llamado “Almendra”. En medio del baile se le aparece la imagen de Julio Santoya pidiéndole un barato.(1)

Interrumpió su sueño un fuerte tirón en una de sus piernas que lanzó su cuerpo violentamente al agua, arrastrándolo por la superficie sin poder impedirlo. Sintió que algo se desprendía de su pierna, experimentó una liviandad inusual, un vacío inexplicable, una sensación de desamparo, desolación, y angustia, se sentía vaporoso y leve, solo entonces pudo apreciar la aleta negruzca de un escualo alejándose mar adentro después de haberlo mordido a la altura de la rodilla.

Un impresionante surco sangriento tiñó la superficie marina y solo hasta entonces fue que sintió una quemazón en su pierna izquierda.

Trató de nadar hacia el bote que se le acercaba raudo para ayudarlo y no pudo desplazarse en el agua porque no le respondían sus piernas. Sintió una debilidad terrible y lentamente empezó a hundirse en las profundidades marinas. El brazo solidario de un compañero de faena lo agarró de la camisa y lo subió al bote, su cuerpo desgajado y pálido cayó exánime en el plan de la embarcación, su mirada carente de brillo, impresionaba por el desamparo de su expresión.

Lo que había sido la pierna de un joven deportista vigoroso y sano, se había convertido en un desgarrado muñón sangrante, palpitante, del cual brotaba la sangre a borbotones.

Le amarraron un torniquete en la pierna con una camisa apretándolo fuertemente, los bogantes canaletearon con vigor dirigiéndose al hospital más cercano.

Cuando vararon el bote en la orilla de la playa cercana al hospital, un grupo de voluntarios llevó el desmadejado cuerpo a emergencia. La noticia se regó por la ciudad y en menos de una hora familiares, amigos y autoridades, esperaban en la puerta del hospital noticias del joven atacado por el escualo. Los médicos salieron a la recepción solicitando voluntarios para hacer una transfusión, varios jóvenes en solidario gesto estiraron su brazo para salvar al amigo cuya vida peligraba.

Cinco horas después de haber ingresado al quirófano e intervenido por los galenos, fue conducido a cuidados intensivos donde iba a permanecer setenta y dos horas. Los vecinos y amigos en las esquinas del barrio, en la tienda, en el parque y en los sitios donde solíamos reunirnos, comentábamos, la tragedia que embargaba a esa familia y el drama de nuestro amigo que aún no despertaba.

Romualdo duró en el Hospital Santa Clara cuatro meses. Durante ese tiempo, se negó a recibir personas ajenas a su familia; solo su madre y algunos familiares ponían ingresar a visitarlo. Ningún vecino o amigo tuvo acceso a la habitación donde estaba recluido, nunca quiso recibirnos y cuando salió del hospital en una silla de ruedas, se lo llevaron a Isla Fuerte, un paradisíaco lugar lleno de belleza de donde era oriunda su madre y toda la familia de esa línea. Cuatro meses después, la familia de Romualdo vendió la casa, se mudó del barrio, y jamás se supo de ellos.

Meses más tarde se encontraba la mayoría de los muchachos del barrio jugando en el parque y sintieron el toc toc producido por un bastón de cedro golpeando acompasadamente el pavimento del parque, era el señor Julio Santoya encorvado por el peso de los años y con su cabello mucho mas blanco que de costumbre, su mirada misteriosa abarcaba el entorno, andaba parsimoniosamente a su casa.

Dirigiéndole a los muchachos una mirada llena de misterio, les manifestó a todos como advirtiéndoles algo: ¡Le dije que jamás patearía a otra persona y así fue!

Los jóvenes que se encontraban en esos momentos en el parque con una mirada temerosa y atónita, siguieron la figura encorvada del viejo brujo del barrio cuando se perdía en medio de una nube de polvo que se levantó espontáneamente del suelo.

¡Se lo dije! Repetía el anciano... ¡Se lo dije!

1) Figura que se estilaba en las fiestas de antaño que consistía en pedirle permiso al bailador para que le prestara la pareja a un interesado en bailar con la muchacha. Este se negaba rotundamente y a pesar de esa negativa reiterada, el señor Julio insistía en bailar con su novia, Romualdo estaba poniéndose incómodo.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.