jueves, 20 de febrero de 2014

Mi dulce Audrina

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Gracias a Raquel Antúnez he vuelto a gozar con Audrina, una novela de lo más popular posible de Virginia Cleo Andrews, escritora estadounidense nacida en Portsmouth, Virginia el 6 de junio de 1923 y fallecida el 19 de diciembre de 1986, a la edad de 63 años de cáncer de mama. Novela que surge de forma espontánea en una mujer que, cuando adolescente, sufrió una caída que le produjo lesiones que la obligaron a permanecer el resto de su vida en una silla de ruedas. Trabajó como artista comercial mientras publicaba varias novelas cortas y relatos en diferentes revistas hasta que su obra Flores en el ático consiguió el número 1 de las listas y se convirtió en una escritora de éxito. Nunca llegó a casarse.

Volver a leerla ha sido darle vida y darme a mí alas. Ha sido como ponerme al oído una hermosa caracola y escuchar que todavía vive Virginia en sus múltiples variantes latentes. Esta es una pieza literaria donde se combina un leve terror gótico con una descripción bellísima de secretos, cosas e historias y amores prohibidos, que me recuerdan los pliegos sueltos en hojas de colores de un mal papel, escrito por una sola cara de los romances vendidos en los mercados, Coplas de Ciegos, a precios muy asequibles, y aprendidos en su mayoría, por las clases sociales medias y bajas

Cuando estudiante, Audrina fue fuente de mi entretenimiento. Por razones particulares, tenía que visitar con un amigo en un piso del Paseo de la Habana, en Madrid, a unas trabajadoras del Sexo, y necesitaba dinero, vendí mi libro en el Rastro madrileño, un domingo por la mañana, justo en la Plaza de Cascorro. Con este dinero pude pagar mi insaciable apetito y recordar el acto sexual o sexo duro realizado por Audrina y Arden sobre la vacía tumba de la Audrina imaginada.” A mi me hubiera gustado hacerlo, dijo mi amigo, en el Cementerio de La Almudena”. Acto sexual, considerado perjudicial en esta casa, desde la violación de Audrina bajo el árbol dorado, pero que es el que más favoreció la limpieza de la violación primera en su estado de pureza, al que asistió el propio Arden , sin tener agallas para defender a la niña que ahora apretada contra el sufría la penetración del amor como la de un burro.

“Oh, Dios ,mío, lo burro que se ponen los hombres cuando se les pone dura, venía a decir Vera, su hermanastra, hija adúltera, al contarle a Audrina sus escarceos amorosos con el estúpido profesor de piano Lamar Ronsdale.

Me hubiera gustado volver a tener el libro material, acompañando el desarrollo de las situaciones y las fases habituales en los momentos de ocio y descanso. Le he leído solo, Pero me he sentido como cuando la familia se reunía alrededor de la abuela y esta nos contaba sus historias de amor y desamor, sobre todo las más reales, las amorosas, las de esposos autoritarios y posesivos, las de amantes violadores y asesinos, y las que narran termas sobre muertos.

La falsa muerte de la primera Audrina y “el vacío cántaro que se llenaría de todo” favorecía el encuentro y la vida tradicional en Helecho Blanco “Whitefern”. La Guerra Civil revoloteaba como un moscón alrededor de la luz de las lámparas y candelabros.” George Washington y Thomas Jefferson, y varios otros presidentes de ojos muertos, miraban día tras día a la mujer desnuda comiendo uvas. Así el General Robert E. Lee, teniente de ingenieros, el “Marble Man” o As de Picas, que llegó a ser presidente del Washington College, hoy Universidad de Washington, represor de la lucha por la liberación de los esclavos. Al igual que su padre, Damián, agente de bolsa, “encantador y detestable”, que más bien parecía un predicador con tres parroquias, transmitiendo en su amor paterno un cierto grado de incestuosidad, que sólo conocían los carillones de viento, y las luces de colores de los caleidoscopios de Sylvia.



El cementerio y la mecedora dan una prueba de autenticidad a esta composición que a veces se detiene a lo largo del discurso para romper en un orgasmo o simplemente llorar o gritar., como las hojas caídas sobre el curso del río Lyle. Como la vida misma, esta historia no admite lo maravilloso, aunque contenga misterios y fantasías. Los milagros solo se admiten en las leyendas de santos, pero raras veces entra lo sobrenatural en asuntos profanos. Las losas en sortijas provocativas. La inocencia que yace mancillada en el sepulcro convertido en capilla de vacío y sexo en cordel aireando los gusanos las astillas.

Lucietta, la madre se ha ido adaptando a los gustos y necesidades del padre, como la tía Ellsbeth que pierde su identidad por dejarse tomar a capricho del padre, como después Billie, la madre de Arden. Para Damián, el seductor de su cuñada, sólo hay una regla, y esta regla es la del general Lee: “Sólo hay una regla, y es la que todo estudiante es un caballero” Sí, claro, bajo la tiranía patriarcal el amor se hace perverso, la deshonestidad se apodera de la vida y el sexo. Como agente de bolsa, él opera igualmente en el marsupio o útero de las que ama, convirtiendo en acciones por expansión de su Euribor o sexo, las tensiones que le azotan.

El milagro, para Audrina, sólo podía existir en lo que dijera el péndulo, ese anillo y cuerda que hacía girar como consecuencia de su evolución propia. El padre toca a bofetadas, los relojes mal se encaran, Arden es un chinche trompetero que “vuela comezones amoladas”, como diría el poeta Quevedo. Hay una fuerte rivalidad entre hermosas hembras. La crítica mordaz de Vera se le antoja mal humor, rabia y encendida pasión. “Mi mundo, nos viene a decir, sería un lugar perfecto si todo el mundo en mi hogar supiera ser honesto”. Pero esto no se da. No siempre vemos con los mismos ojos los altercados familiares, sus pasiones, a pesar de que lo que nos une sea mayor que lo que nos separa.

Audrina es una novela de muerte oculta en engaños, falsas acusaciones, conducta social, castigos y recompensas, sexo, relaciones sexuales ilícitas, flirteos amorosos, Es la canción de un castigo que nos llegas hasta la infinita extensión de la Vida, gracias a V. C. Andrews.





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