viernes, 7 de febrero de 2014

Salí corriendo y me eché casi medio frasco de Clive Christian N° 1

Erasmo Magoulas (Desde Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Tengo recuerdos muy vívidos del olor de mi viejo. Los tengo evidentemente en las neuronas de mis fosas nasales, que es lo mismo que decir en las neuronas de mi nariz, ¿ustedes sabían que la nariz tiene neuronas?, (pues tomen nota); y en mi cerebro, y muy posiblemente en el corazón. Nadie sabe exactamente dónde se almacenan los recuerdos, esos que te persiguen toda la vida, hasta que el Alzheimer te hace presa y adiós, se acabaron los recuerdos, y es entonces donde se comienza de nuevo, desde una virtual página en blanco, acumulando material para un relato corto, el último, a veces muy corto. El recuerdo se apareció como un flash, cuando hace unos días me olí el mismo olor que yo le olía a mi viejo. El viejo era una persona muy pulcra con su aseo personal, como lo soy yo. Esto va tomando tintes de relato escatológico, no sé la capacidad que tendré para darlo vuelta, para hablar de los recuerdos que es el tema del cuento, que quería desarrollar. O es que realmente quiero hablar de los recuerdos, y no de los olores, y del de mi viejo en particular, que ahora también es el mío, no lo sé. Mi viejo murió en sus años de adulto joven, mi actual edad. Había tomado un autobús de mediana distancia, que lo dejaría en la capital y desde allí tenía que abordar un vuelo de cabotaje, que lo llevaría unos mil kilómetros al norte del país. La compañía para la que trabajaba, le había enviado un telegrama requiriéndolo para un trabajo técnico, sobre una turbina de generación hidroeléctrica. Mi viejo tomó el autobús. Mi vieja y yo fuimos a despedirlo. El olor de mi viejo lo acompañaba siempre, porque se había impregnado en toda su ropa. No puedo decir que era un olor desagradable, pero sí muy particular. Mi viejo usaba colonias tipo Aqua Velva de diferentes fragancias, pero nada. Evidentemente mi viejo quería deshacerse de ese olor, pero nunca lo logró. Recuerdo que esa noche que lo fuimos a despedir, se puso su ambo de saco cruzado, una camisa impecable y una corbata al tono. Era la época en que los hombres viajaban en avión de saco y corbata, y mi viejo iba a embarcarse en uno, en el aeroparque, desde donde salían los vuelos nacionales. Hace poco volví a encontrarme con la foto donde bajábamos, mi viejo y yo, de un avión, de regreso de Nueva York, eso fue en el aeropuerto internacional; y mi viejo también de traje. En esos años, los fotógrafos tenían acceso al pie de la escalerilla, para tomarles fotos a los pasajeros. Estoy hablando de los tiempos donde las mangas que conectan el avión con el edificio del aeropuerto no existían, y en el mejor de los casos estarían solo en la mente de algún adelantado. Después, el fotógrafo te abordaba dentro del edificio, te preguntaba si deseabas un recuerdo del viaje y te enviaba el material por correo. Eso pasó dos años antes de cuando despedimos a mi viejo en la estación de autobuses. A mi viejo nunca lo volví a ver vivo. El autobús tuvo un accidente, un choque frontal con un camión, y mi viejo que viajaba en el primer asiento, falleció instantáneamente. Según dijo el parte médico del hospital, traumatismo craneal. A mi viejo lo velamos en la funeraria. Hasta hacía pocos años, al muerto se los velaba en su casa, inclusive sobre su propia cama, pero parece que mi vieja era bastante moderna, y decidió que fuera en la casa de sepelios. Había que acercarse al cajón, asomarse y mirar al muerto, que en este caso era mi viejo, y si uno era muy corajudo, y si el amor y el dolor eran muy grandes, darle un beso en la frente. No tengo recuerdos que me haya acercado tanto como para besarlo, pero lo que sí recuerdo es que cuando me acerqué y lo vi dentro del cajón, rodeado de toda una mantelería muy blanca, tenía su traje cruzado, una camisa impecable y una corbata haciendo tono y también ese olor. Todos mis compañeros de escuela estaban acompañándome. Tenía terror que mis amigos se acercaran al cajón y olieran a mi viejo. El terror era casi paralizante cuando pensaba en la que era mi primer amor. Me la imaginaba acercándose curiosa, con algo de esa natural morbosidad de los adolescentes, asomar su carita e inmediatamente salir espantada por el olor de mi viejo. Siempre pensé que como mi viejo estaba casi permanentemente metido entre máquinas y motores, lubricantes, gasolinas, grasas, y aceites industriales; ese olor provenía de una combinación de estos y de los sudores corporales propios del trabajo manual, y del tabaco negro, del cual mi viejo era devoto fumador, y tal vez, porqué no, de las fragancias Aqua Velva. Teoría que mantuve hasta hace muy poco, pero de la que terminé renegando, debido a su estrepitoso derrumbe; dado que lo más cerca que he estado de un motor es cuando manejo mi sedán. A los aceites les tengo alergia, salvo al de oliva de la Isla de Chios, para aderezar la ensalada griega. El trabajo manual me da escalofríos, dejé el abominable vicio del tabaco hace 25 años, y lo mío no es precisamente la Aqua Velva. Poco antes de morir, mi viejo había cambiado el coche, de un modelito, digamos humilde, pasó a una cross country, así se lo denominaba, en aquella época. La desaparición de mi viejo traería algo positivo en mi vida, porque yo era uno de esos adolescentes que encontraban en manejar un vehículo, el summum de la realización humana. Aunque disfruté varias veces en sacar el coche del garage y dar una vuelta a la manzana, límite máximo permitido por mi vieja; la alegría nunca llegó a ser completa, ni se acercó siquiera a lo que podemos pensar en eso que llamamos felicidad, ni mucho menos al éxtasis. El olor de mi viejo estaba impregnado dentro del auto. El cuero y las telas interiores olían a él. Así que cuando mi vieja con el realismo y pragmatismo que la caracterizaron toda su vida, decidió venderlo, desechando mi seria propuesta de ser su chofer oficial, fue como la segunda despedida a mi viejo. Me acerqué al auto para darle el último adiós, me acerqué tanto que casi lo beso, y olí a mi viejo, a través de la ventanilla del conductor.



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