martes, 4 de marzo de 2014

Cierta distancia

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Aquel Alfredo, desde chiquito, nunca quería ser viejo.

Con el tiempo se dio cuenta que tenía tres alternativas. O matarse joven, o resignarse, o hacer como Jacobo Casanova.



Cuando descubrió el libro de sus Memorias averiguó que las escribió después de los setenta años en una casa de los Alpes. Memorias en las que iba relatando la cantidad de mujeres que se cogió. Relato que Alfredo supuso le posibilitaría no estar triste por haber llegado a ser un viejito.

Así que, por eso, siempre quiso cogerse muchas minas.

Cogidas que, para él, eran una forma de escribir, de ir dejando escritas sus memorias. O sea que cada mujer que se cogía era como escribir algo que después, de viejito, iría a recordar.

Lo que le hacía sentir que, con cada una, estaba siempre a cierta distancia. Como si fueran las letras de las palabras que iba escribiendo.

Palabras que después, al leerlas, serían una vuelta al pasado. Cuando no era viejito.

Y con el tiempo se fue dando cuenta que cada una que iba cogiendo, todas, querían seguirla. Cogían con él para después ser noviecitas y casarse. No ser una más. Una entre muchas.

Por eso cuando les decía “te acompaño al colectivo”, como una forma diplomática de rajarla después de haberla cogido, algunas trataban de sonreír, otras ponían cara de rabia y otras se esforzaban en mostrar una aparente indiferencia.

Y era así que, cada vez, con cada una iba escribiendo algo para recordar.

Por eso con cada mujer sentía cierta distancia desde la que la nombraba, le ponía un título.

Como si para él, con cada una, coger fuese también escribir lo que después, sería una historia.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.