viernes, 14 de marzo de 2014

Maniquíes y percherones

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Sucede en La Cueva de los Barones, donde maniquíes, personas que se dejan gobernar por el capricho ajeno, y percherones, personas-caballos de tiro y fatiga, sacan a hora a tender sus ropas y el ajuar. Oran en voz alta, hablan con elocuencia persuadiendo a nadie, dan matraca como si examinar el estado de la nación fuera el curar al enfermo imaginario de Moliere. Estado de la nación, por otra parte, más bellaca que las puertas de Chamorro, de quien cuenta la leyenda que fue un fulano de Villanueva de los Infantes, en Orense, que remendó tantas veces sus puertas con diferentes maderas y espartos que dio ocasión a hacer refrán por comparación de malas.



Lo que más se distinguió del hemiciclo es la anécdota de un “señoría” que quería escupir mientras peroraba, y el presidente le dijo:

-No escupáis, que os echaré de la sala.

Él se detuvo diciendo:

-No escupiré, aunque me ahogue.

Ahogo que se sintió en la bancada de la oposición y no en la de la mayoría, para quienes no fue otra cosa que ahogarse en un escupitajo o en un vaso de agua.

Ahogo al vado o la puente, que es el que está sufriendo el pueblo, pero de ronda cual oquernela, lazadilla que forma la hebra por si sola al tiempo de coser. Que en cada Comunidad hay un ramo santo de taberna, que es en el que confían, que se halla colocado en posición encontrada con él.

Dicen, entre pasillos, que uno de Villamanrique, en Sevilla, no pudo soportar un desahucio ni el cáncer roedor de la hipoteca. Que por ello, se suicidó, sin trascender noticia de esto. Por lo que la gente preguntaba:

-Pues ¿cómo el pueblo no le llora?

Oyólo un señoría; y dicen que dijo:

-¡Mañana llorarán¡ Ya veréis cuando la tenaza les apriete el culo.

Hizo un silencio, y prosiguió:

-Sólo el cilicio y los ejercicios espirituales salvarán al pueblo. JaJa.

Alza la voz y sigue:

-Que la única manifestación permitida será ante el templete donde se expone el sacramento, y el euro (quizás mañana la peseta, dijo entre dientes), ¡cagüenla!

El chequeo de la nación terminó como había empezado. El señoría presidente cogió un Birimbao sujetándole entre los dientes, haciendo vibrar con las manos una lengüeta metálica de que está provisto.

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