miércoles, 19 de marzo de 2014

Un extraño pez en la bahía

Antonio Prada Fortoul (Desde San Basilio de Palenque, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En Mayo, el mar de Cartagena de Indias se engalana. La inmensidad marina se colorea con inimaginables azules, su superficie solo la macula un oleaje suave, la flora submarina saluda a Yemayá con ondulantes danzas perceptibles en la diafanidad de sus aguas.

Un sábado lluvioso Pepe Matorel pescador nativo de Isla Fuerte, se alistaba para iniciar su faena de pesca nocturna.

Trabajaba como contable y pescaba los fines de semana para ayudarse, ya que después de escoger los peces del consumo familiar, vendía el remanente en el mercado. Alistó anzuelos, sedales y filetes de macabí como carnada en la faenada y embarcó comestibles para la madrugada; colocó bajo la bancada de proa, un envase con seis litros de agua acomodando el resto de los elementos de pesca.

Destrincó el bote, empujó la proa al agua y subió al esquife de un salto; agarró su remo y empezó a canaletear rítmicamente hacia las aguas profundas.

Desde la banca de popa, enrumbó al Bajo de San Medina. La brisa de barlovento ayudaba al bogante en su remada llevándolo al sitio usual de pesca.

Después de media hora de intensa bogada, avizoró la afilada punta del atolón que sobresalía airosa por encima de la superficie en dicho bajo.

Agarró el hierro que le servía de potala (ancla artesanal usada por los pescadores locales), lo deslizó con suavidad por la regala del bote y cuando tocó fondo, trincó la gaza a una de las bancas.

La brisa se había detenido y el cielo estaba cubierto por una oscura nube, había poca visibilidad, pero Pepe sabía que esa pastosa bruma era fugaz.

Lanzó el anzuelo y esperó la picada, lo sorprendió un fuerte tirón en el cordel, con pericia enganchó un jurel de tres kilos el cual embarcó en el bote.

Durante más de dos horas estuvo sacando jureles hasta que el cardumen se desplazó a otro sitio. En el plan del bote había treinta ejemplares de buen peso, entusiasmado por la excelente faena en la cual había alrededor de cincuenta y cinco o más kilos de pescado, se dispuso a lanzar nuevamente su cordel.

En los siguientes lances luchó con un mero de ocho kilos, dos chinos de buen peso, tres pargos medianos y un enorme mojarrón.

Satisfecho lanzó el cordel al agua con una carnada mediana mientras organizaba los peces que estaban en el plan del bote para iniciar el regreso.

Cuando terminaba de acomodar los peces en la nevera de icopor, sintió un fuerte tirón en el cordel que bamboleó el bote amenazando con voltearlo.

Entusiasmado por la expectativa de agarrar un gran ejemplar, agarró el sedal y se dispuso a jalar al pez. Sintió una fuerte jalada que lo asustó; nunca había sentido un tirón tan fuerte como la de esa pieza enganchada en su anzuelo que con una fuerza descomunal lo obligaba a lascar la cuerda, no podía sostener la fuerza de ese ejemplar, ante la inutilidad de dominarlo, enganchó el seno del cordel en la cornamusa de metal que tenía atornillada en la regala del bote para evitar que las manos le sangraran por la presión del leviatán que tiraba mar abierto arrastrando al bote a pesar de tener en el fondo del arrecife la pesada potala de metal.

El pez jalaba y lascaba con fuerza durante un largo trecho, en esa lucha estuvo más de dos horas, la fuerza de la tirada lo alejó del atolón.

La claridad que asomaba en el horizonte anunciaba la llegada del día.

Pepe estaba agotado y la fuerza del animal no decrecía.

Había un extraño silencio en esa inmensidad marina.

Las gaviotas y alcatraces de engañosos lances y tiradas frustrantes habituales en el bajo, se habían alejado a pesar del espejeante cardumen de sardinas en esa marina inmensidad silenciosa y solitaria.

El bote viró a la costa por la tirada del pez, a pesar de estar retirado de la orilla estaba orientado y sabía que por sotavento llegaba al atracadero en la playa de Marbella. Se veía en el barrio con esa pieza en sus hombros, la que imaginaba como un enorme leviatán.

Rato después el bote se detuvo, subió la potala, adujó las cuerdas, terminada la operación agarró el sedal y notó que no estaba tenso como pensaba.

“Está listo” se dijo, lo subo al bote y listo. Tiró del sedal usando su camisa para subir al pez porque sus manos sangraban.

El sudor corría por su cuerpo agotado por la dura faena, eran las cinco de la mañana, la lucha con el pez había durado dos horas. Cuando estaba cerca de la superficie notó que la fuerza y el peso se había reducido.

Subió la pieza que tenía en el sedal y miró sorprendido que del anzuelo colgaba un pez de veinte centímetros, de profundo color rojo y escamas verdosas en sus extremos, se movía con una lentitud desesperante, cuando giró el cordel, el pez quedó de frente y al ver al animal que tenía enganchado casi le da un infarto.

Tenía rostro humano y malignos ojillos orientales, que giraban en sus cuencas de un intenso morado, tenía unos minúsculos brazos y sus manos en la cintura.

Con una mirada cargada de odio, con voz agresiva, gruesa, gritó amenazante al asombrado pescador: ¡Suéltame bellaco!

Impresionado por lo que le sucedía, cortó el dedal que sostenía al extraño ser, los peces que estaban en la nevera cobraron vida y se agitaban con fuerza en el interior de esta, el mar habitualmente sereno a esa temprana hora, se encrespó y se desgajó un fuerte aguacero, el extraño animal se sacó el anzuelo del orificio parecido a una boca humana y brincando al interior del bote arrojó con rabia el anzuelo ensangrentado a la tablada y rehuyendo medroso los rayos solares que se asomaban. Subiendo a la regala de la embarcación, dijo con voz, amenazante al momento de saltar al agua y perderse en las profundidades marinas de ese solitario lugar del Caribe: ¡La próxima vez que entres al mar de noche te mato!

Terriblemente aterrado, quedó desmayado por la impresión recibida cayendo al plan del bote, su cabello negro se encaneció en una metamorfosis que le arrugó prematuramente las comisuras de sus labios y le hizo unas profundas ojeras.

El bote a la deriva lejos del arrecife llamó la atención a unos pescadores los cuales al acercarse al esquife, encontraron a Pepe desmadejado y sin conocimiento.

Al llegar a la orilla llamaron a la familia de este y lo llevaron al hospital.

Al volver en sí, los médicos impresionados por el cambio físico, hicieron los estudios necesarios y aparte de una fuerte crisis de nervios, no encontraron nada anormal en su organismo, su cuerpo y signos, respondían a la contextura de una persona de treinta y dos años, pero su aspecto exterior era el de un anciano.

Una semana después salió del hospital y pocas personas creyeron su historia.

Lo extraño de lo que Pepe contó a sus familiares, es que la sangre impregnada en el anzuelo, tiñó las cuadernas del bote del escarlata profundo de la sangre del pez, jamás se pudo quitar esa huella sangrienta.

En el transcurso de ese Mayo lejano, desaparecieron en el bajo de San Medina, cuatro veteranos y reconocidos pescadores de Cartagena sin dejar rastro alguno.

Los botes desolados aparecieron abandonados misteriosamente en el sitio de fondeo, curiosamente, una imborrable y eterna mancha escarlata cubría gran parte de las cuadernas de estos esquifes.

Pepe, retirado de la pesca y pensionado de su lugar de trabajo por enajenación mental, murmuraba para sus adentros:”Yo se los dije caballeros, se los dije”.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.