viernes, 14 de marzo de 2014

Un inesperado y largo viaje

Antonio Prada Fortoul (Desde Cartagena de Indias, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Todo ocurrió un festivo sábado de Octubre de 1955.

Salomón Olascoaga era obrero de una jabonería de la antigua Cartagena.



Era un consumado bohemio y parrandero, sus monumentales cumbanchas eran famosas en el colonial barrio del Getsemaní, nunca bebía fuera de su barrio, se auto denominaba un bebedor casero.

Vivía con Estebana Pérez, hermosa mujer oriunda de Marialabaja con la que tenía cuatro hijos, esta era de regular estatura, cuerpo armonioso, tierno talante y una voz tan dulce que tenía la facultad de serenar al más furibundo solevado.

Tenía una hermosa condición humana, las mujeres de la vecindad le contaban sus secretos más herméticos con la certeza que con ella, quedaban a salvo.

Era la mejor consejera y cuando algo vaticinaba, sucedía.

Ese día Salomón prolongó la bebezona más de lo debido en un lugar llamado “la cueva”, donde se comía el pescado frito más sabroso del Caribe.

Como estaba muy alicorado y no podía orientarse para llegar a su casa, se acostó a dormir debajo de un bote varado en la orilla de esa arenosa playa, hasta el día siguiente cuando pasara la borrachera. Acomodó la tablonada de roble cimarrón de la bancada barnizada por las sentadas consuetudinarias de los usuarios y bostezando dentro de la embarcación, se quedó profundamente dormido.

Su sueño fue perturbado por voces chillonas y risas estridentes que lo sacaron de su sopor, los vapores del alcohol se disiparon y tuvo conciencia de donde estaba y las razones de dormir en las cuadernas de un bote en las playas del arsenal.

Las risas alegres y burlescas, arreciaron hasta convertirse en un coro fantasmal, sintió terror, escuchó voces delgadas y ululantes, en medio de la fogata las mujeres danzaban con frenesí. Con toda la razón del mundo se dijo: ¡Son brujas!

Tuvo miedo de mirar las participantes en ese aquelárrico sarao, hubo un momento en que reinó un silencio más aterrador que la estridencia diabólica de las mujeres en medio de ese aquelarre de horror. Pensó que lo habían descubierto y sintió tanto temor, que el orín mojó su pantalón. Las participantes en ese extraño ritual de medianoche en esa playa cartagenera, se montaron en la parte plana de la embarcación, miró las piernas de las mujeres en el bote, eran siete. El silencio espeso, fue roto cuando la voz cantante dijo con estridencia: ¡Vamos!

En esos instantes una fuerza descomunal y vertiginosa, elevó la panga por los aires iluminados de esa noche. La borrachera desapareció como por encanto.

Admiraba extasiado el paisaje que se ofrecía a sus ojos, la negrura del mar coronado por olas plateadas y luminosas, cuyas crestas iluminadas por Yemayá, guiaban a los navegantes sin necesidad de faros o luces en sus embarcaciones.

Miró la sierra Nevada de Santa Marta, su blanca cima coronada de hielo emanaba un frio vaho que castañeaba los dientes, vio las cabañas sagradas de los Koguis, y adivinó a los Mamos de esa etnia, tomando yahé y entregados a sus herméticos rituales pidiendo perdón a los dioses por el hombre que agredía a la naturaleza.

Cruzó por valles inmensos, por hermosas estepas de una coloración que a pesar de la oscuridad, se adivinaba amarilla. Atravesó mares, ríos arroyos, cataratas y lugares de ensueño e indescriptible belleza y parajes cuya exuberancia cautivaba con su oscuro verdor.

Un sopor extraño lo invadió y solo pudo salir de ese encantamiento, cuando el bote “aterrizó” en el medio de una suave hojarasca, estaba lúcido, no tenía miedo. Sin hacer ruido, recogió manotadas de olorosas hierbas y las introdujo en sus bolsillos, eran plantas de olores suaves y perfumados. Llenó sus bolsillos con flores humedecidas por el sereno, piedrecillas y tierra arenosa hasta atascarlos.

Quedó expectante en el interior del bote, cuando nuevas voces se unieron a las que iniciaron tan largo viaje desde las playas del Arsenal en Cartagena de Indias.

Un coro alegre de risas cantarinas rompió el silencio de aquel extraño paraje, voces estridentes formaban una caótica batahola en ese lugar donde el frío levantaba desde el suelo, una flotante nube algodonosa de gélida neblina.

La enorme fogata encendida en medio de ese misterioso y esotérico círculo coral, crepitaba lanzando diminutas chispas al infinito esparciendo un olor embriagante. En ese estropicio coral, escuchó una voz que por su potencia y entonación acalló a las demás, se expresaba con una cadencia lánguida y armoniosa, era la de una mujer oriental que hablaba en el idioma de sus mayores: Cantonés.

La mujer que dirigía el ceremonial, emitía sonidos guturales que respondía el coro de hechiceras presentes en ese aquelárrico concilio.

Recordó que siendo pequeño, su fallecida abuela oriunda de una población Caribe llamada Ñanguma, le decía que las brujas de todo el mundo tenían una lengua universal que no había limitaciones expresivas de ninguna naturaleza.

Conocían esas hechiceras, todos los idiomas y dialectos del mundo.

En medio del hermético ceremonial, lanzaron a la fogata otras hierbas de extraño olor que lo sumió en un profundo sopor que aletargó e inmovilizó su cuerpo, trató de mover sus miembros agarrotados pero fue imposible, sus músculos no respondían, pensó que iban a capturarlo para sacrificarlo y utilizado como ofrenda viva en esos ceremoniales de demencia y locura.

Quedó inmóvil esperando lo peor, pero para alegría suya, la fiesta de las brujas continuó hasta que la directora del ritual lanzara un chillido aterrador que le puso los pelos de punta. Era el fin del aquelarre. Todo estaba consumado.

Las hechiceras de los diferentes lugares del globo, iniciaron su regreso. Tenían poco tiempo, debían estar en sus casas antes de clarear el día o corrían el riesgo de ser capturadas por cazadores de brujas a los cuales llamaban “curiosos”.

Para alivio suyo, el bote viajero se elevó hacia el infinito y empezó su retorno, a lo lejos miraba los diferentes paisajes que en esos momentos ante la débil aparición del amanecer, podía apreciar con mayor nitidez.

Inmensas praderas en las que se adivinaba el verdor profundo de su flora, Ríos caudalosos y de fuertes corrientes, montes espesos, nieves perpetuas cuyo gigantesco y gélido vaho le hacía doler sus orejas, riscos puntiagudos y valles hermosos, lo acompañaron hasta que vio el mar. Sintió alegría y dijo: ¡Ya llegué!

El bote se acercó raudamente a la bahía de Cartagena, sintió los olores del mangle silvestre, escuchó los graznidos de las garzas, percibió el olor del tiempo en las piedras de las murallas y cuando estaba absorto en la contemplación de ese agreste paisaje, la embarcación se posó con suavidad, en el varadero donde habitualmente era colocada después de su faena.

Las mujeres se fueron del lugar y al percatarse de la fuerte claridad, levantó el bote por el costado y salió y aliviado de su escondite salvador.

Con rapidez fue a su casa y encontró a su mujer preparando el café y la abrazó tiernamente, la besó con amor y después de decirle que jamás volvería a beber, le contó la aventura vivida en esa noche de pesadilla mientras extraía de sus bolsillos, la prueba de su permanencia en un sitio remoto.

Hojas de té, cáscaras de canela oriental, hojas de menta y arena de la China esparció el viajero sobre la mesa del comedor como prueba de su extraño viaje.

Le contó lo que vio y oyó en ese aquelarre, sintió alivio cuando su mujer en vez de reclamarle airada como de costumbre, dijo pausadamente mientras lo abrazaba comprensiva: “te creo mi amor, celebro que no vuelvas a beber”.

En un florero que estaba en el centro de la mesa, un hermoso ramo de lotos recién arrancados, esparcía su delicado aroma entre picante y dulzón por toda la casa, en la cocina, un húmedo y enorme cascarón de canela igual al que había llevado en sus bolsillos, estaba sobre el mesón dejando caer sobre el mantel, unas gotas encarnadas que dejaban un rastro de aromático dulzor.

Asombrado el trasnochado parrandero mientras miraba las flores de loto en el jarrón y el canelón sangrante sobre el mesón de la cocina, escuchaba a su mujer que repetía convencida: “te lo creo mijo, te lo creo”.

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