jueves, 10 de abril de 2014

El cordón mágico de Ochún

Antonio Prada Fortoul (Desde Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Wanga vivía en una aldea cerca al río Gongola. Tenía un cuerpo deforme por un maltrato producido durante su nacimiento, era poco agraciada y los jóvenes de la aldea hacían poco caso de ella a pesar de tener diez y ocho años, lo que en ese asentamiento tribal es la edad adecuada para contraer y tener familia.

En tres oportunidades se había salido con diferentes jóvenes de la aldea que al final la repudiaban por su carencia de hermosura. Estos preferían asumir la responsabilidad ante el Consejo de ancianos, las autoridades tribales y pagar cualquier penalidad, a convivir con la noble doncella la que a pesar de su inmensa condición humana, vivía frustrada por su situación personal.

Su aflictivo estado emocional la motivó a marginarse de la comunidad y construir una casa en la ribera del río bastante retirada de la aldea. Diariamente visitaba a una anciana añosa y ciega llamada Wola que conocía los secretos de la vida y transmitía ese conocimiento a Wanga.

En una ocasión cuando se dirigía a bañarse en un recodo del río, encontró a una mujer a la que la bejucada de la orilla había enredado y estaba ahogando.

Agonizante la bella mujer braceaba inútilmente tratando de salvarse.

Wanga sin medir el peligro, se lanzó decidida a las aguas caudalosas del Río Gongola para salvar a la desconocida que se hundía irremediablemente en las aguas turbulentas. Nadó vigorosamente al sitio donde estaba la desesperada mujer, se sumergió en la parda vorágine desatando a la agonizante desconocida a la que aferró por la cintura y llevó a cuestas hasta la orilla donde la hizo expulsar el agua tragada y le dio respiración artificial hasta recuperarla totalmente.

La mujer despertó agotada muy entrada la tarde, agradeció a Wanga de todo corazón el haberle salvado la vida y que los Orishas le darían el pago adecuado por su amor y generosidad con una sacerdotisa de los adoratorios de Ochún en las riberas del Gongola.

Dijo llamarse Mbela y al tratar de levantarse no pudo hacerlo porque los bejucos le habían dislocado el tobillo, aunque era una luxación leve, Wanga le rogó que se quedara con ella hasta que estuviera completamente restablecida.

Duró dos meses recuperándose y tres más viviendo en la casa de Wanga, en ese tiempo la inició en el conocimiento de una milenaria religión llamada Regla de Ocha, le puso los collares y le mostró a su Orisha tutelar que coincidencialmente era Ochún. Le enseñó a su salvadora, varios secretos de la diosa de las aguas, de la miel, del oro y la sensualidad.

La inició en la profundidad de los conocimientos de la arcana utilizando milenarias técnicas para avanzar en sabiduría, aprovechando el sueño de la doncella, inducía saberes ancestrales de los antiguos sacerdotes de esa práctica religiosa y sacral en el inconsciente de Wanga para que jamás los olvidara y que le darían la destreza necesaria para atender con sapiencia y amor, los altares de Ochún.

Le enseñó los poderes de este Orisha, sus bondades y le dijo que Oshun es un Orisha que representa la intensidad de los sentimientos y la espiritualidad, la sensualidad humana y lo relativo a ella, la delicadeza, la finura, el amor y la feminidad. Es protectora de las gestantes y las parturientas; se representa como una mujer bella, alegre, sonriente pero interiormente es severa, sufrida y triste. Ella representa el rigor religioso y simboliza el castigo implacable. Es la única que llega a donde está Olofin para implorar por los seres de la tierra. En la naturaleza está simbolizada por los ríos y está relacionada con las joyas, los adornos corporales y el dinero.

Le ensenó a atenderla, a hacerle ebbó, a preparar baños, omiero, invocarla y consultar con ella todo lo relacionado con su cotidianidad.

Esa destreza la iba a acompañar durante toda su vida y cada día se le iba a acrecentar haciendo de esta, una completa y sabia sacerdotisa de la diosa del amor, la sensualidad, del cobre, de la miel, del oro y la salacidad.

Todas las noches, Mbela tejía un cinturón con rayos lunares, finísimos hilos de oro y cobre que le daban un hermoso brillo a ese decorativo elemento.

Cuando estuvo listo en cinturón llamó a Wanga y le dijo: “Este es el cinturón de la inmortalidad. Vivirás centenares de años y tendrás una belleza que no se marchitará jamás, No habrá mujer en la tierra que te iguale o un cuerpo tan armonioso y perfecto como el que tendrás cuando te coloque este cinturón que jamás deberás quitarte.

No habrá guerrero, príncipe o rey en el mundo que sea inmune a tu hermosura, al ponerte este cinturón, tu vida cambiará para siempre. Vivirás eternamente y tendrás una felicidad que ninguna mujer en la tierra podrá tener jamás. Cuando este cinturón sea arrancado de tu cintura, morirás y este se convertirá en polvo lunar”. Al colocarle el cinturón de colores amarillo y miel, el cuerpo de Wanga se fue transformando lentamente hasta adquirir una perfección tan armoniosa y una suave tersura, que solo Ochún, Yemayá y Oyá podían superarla; su rostro adquirió una belleza tan cautivante, que las aves detuvieron su vuelo y cesaron sus cantos para admirar el encanto de la hermosa Wanga.

Al completar la transformación de la doncella, Mbela empezó a desaparecer dejando en el ambiente un aroma de miel y flores silvestres.

A partir de ese día la vida le cambió a Wanga.

Desde lejanos lugares venían guerreros, príncipes, reyes y pretendientes en busca de bella sacerdotisa de Ochún para tomarla como esposa.

Vivió la bella africana cuatrocientos noventa años, tuvo centenares de hijos e hijas que fundaron una aldea que con el tiempo se llamó Oyó.

Cuando el esposo de turno fallecía por edad o el peligro del entorno, se realizaba un torneo de canotaje, lucha, cruce de ríos, trepada en árboles, lanzamiento de dardos, lanzas, carreras y danzas; el ganador se casaba con Wanga.

En una viudez de le bella Wanga, un famoso guerrero llamado Okoro, hijo del Orisha Changó, ganó el torneo de manera perfecta.

Todos admiraban el porte, conocimiento, bravura, destreza y sabiduría de ese famoso africano que se casó con la hermosa doncella de belleza incomparable.

Tuvieron 17 hijos, eran felices y tenían una vida armoniosa y plena.

En una ocasión Okoro observó que uno de los hilos de oro del cinturón mágico de Wanga se había soltado y decidió arreglarlo en la primera oportunidad que tuviera.

Una noche cuando le bella dormía, su esposo le fue quitando pacientemente el cinturón para repararlo y entregárselo cuando despertara.

Al terminar de soltarlo su hermosa consorte se fue tornando de un color grisáceo con una transparencia de témpano, cristalina y acuosa que la fue desapareciendo de manera inexorable rumbo al Oriente Eterno donde iba a reunirse con sus antepasados y centenares de hijos, nietos y la inmensa zaga clanil que hizo parte de su vida durante esas largas centurias.

No pudo despedirse, solo pudo ver el bravo Kuolo, las lágrimas que en forma de carámbanos de hielo de olor dulzón y color amarillo como la miel, cayeron en el lecho mientras la mujer más bella y feliz del mundo desaparecía para siempre en medio de una vaporosidad gaseosa que solo dejó como rastro, un humo sutil que subía hacía el éter con un suave olor y aroma de Oñí (miel).

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