jueves, 24 de abril de 2014

Marguerite Duras; el Mekong y las habitaciones

Pedro Antonio Curto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hace cien años Marguerite Duras nació en los suburbios de Saigon, en una familia francesa y al igual que Machado llevó hasta el final de su vida el sol y la luz de Sevilla, a la Duras le acompañó una patria mítica y confusa, llena de barro como las aguas del Mekong. Si buena parte de su obra está arrancada de la propia carne, esa Indochina colonial se convertiría en uno de los espejos que poblarían su existencial literario: “Tal vez solamente allí he vivido. Tal vez estoy en suspenso desde que estoy en Francia, es esta patria podrida, podrida. Ya sabes, allí se vivía sin cortesía, sin modales, sin horarios, con los pies descalzos. Yo hablaba la lengua vietnamita.”



Y esa niña que hablaba vietnamita, contaría ya en francés, ya mujer, los paisajes por los cuales transitaba con los pies descalzos. Lo hará en Un dique contra el Pacífico, una de sus primeras novelas, donde narra el fracaso materno en su aspiración terrateniente y colonial; la madre aprovechó sus privilegios de ciudadana de la metrópoli para comprar unas tierras que no servían para el cultivo, siendo anegadas una y otra vez. Quizás entonces los supo, no hay muro que detenga el mar, no hay dique que pare el Mekong. “Pero aún así el Mekong quedó en alguna parte. El Mekong junto al cual he dormido, jugado, vivido, durante diez años de mi vida, ha permanecido. Y luego cuando digo: ¿Qué es ese rumor? Es el Ganges, está hablando el Mekong.” Luego vino el Chino, el amante de una adolescente con rasgos finos y piel suave, lo cual aumentó más la confusión de una geografía ya de por sí confusa. Porque la niña colonial se había convertido en una chica pobre y el Chino pertenecía a una minoría privilegiada. Las identidades bailan en esas sociedades en descomposición y cambio, algo de lo que hablará en sus novelas más conocidos, que le dieron el éxito a una autora sutil y minoritaria, El amante y El amante de la China del Norte. Y como si todos esos paisajes le fueran extraños, como si señalasen su particular extranjería, se refugian en los cuartos, en los espacios cerrados. Es una de las características de la obra durasiana. Habitaciones situadas en la penumbra como en El hombre sentado en el pasillo, donde la mirada es protagonista, o El mal de la muerte, del hombre ausente del deseo. Unas sombras que son una aspiración a ver más allá de lo que la luz oculta, como explicó Junichiro Tanizaki. Un salón en una villa en la que están dos hermanos, en Ágatha, para hablar de ese amor-tabú, el incesto. Desde otra habitación unos amantes hacen intenso el instante, reviven un pasado doloroso para hablar del horror, de los horrores, en Hiroshima mon amour, uno de sus guiones. Y de la violencia, de la guerra, de la venganza como necesidad de vivir, escribirá sin tapujos, con un lenguaje tan descarnado como poético, en El dolor; es una trastienda en la que un colaboracionista es torturado por quienes han sido torturados. Y por supuesto, esas habitaciones húmedas, como si el Mekong la inundará con sus brumas, en El amante de la China del Norte. No deja de ser un espacio apartado, ese bar al lado de un puerto, en el que una particular Madame Bovary, combate su tedio existencial buscando el deseo en lo trágico, en Moderato Cantabile.



Están los salones burgueses de El vicecónsul, y otros que cubren los espacios veraniegos, lentos, de una temperatura tan cálida que termina provocando el tedio. Son espacios libres pero cubiertos por invisibles paredes de cristal. Pues al igual que en el erotismo y en el deseo, la Duras los hace lentos, casi infinitos, en algún momento parecen detenerse y paladear el tiempo, para así poder sentir su profunda textura. Pues la literatura de Duras es una de esas que pueden olerse, tienen un aroma inconfundible y único. Son también esos espacios que se representan en las escenas de sus películas, ese cine experimental y personal, donde la mirada durasiana se percibe desnuda. Pues ella creía en las miradas y los espacios como una forma de cosmovisión femenina. Así explicaba en una entrevista: “ Creo que atravieso esta casa sin mirarla. Y creo que esa mirada es una mirada femenina. Un hombre vuelve a ella por la noche, come, duerme, se calienta, ect. Una mujer es otra cosa, tiene un tipo de mirada estática, una mirada personal de la mujer sobre la casa, tiene una mirada estática, una mirada personal de la mujer sobre la casa, sobre su morada y las cosas, que, evidentemente, son el continente de su vida, incluso su razón de ser para la gran mayoría, algo que el hombre no puede compartir.” Sobre esos lugares limitados, con fronteras auto-impuestas, paredes, la visión se hace más completa, la existencia más intensa, se libra de lo accesorio, de una paisaje que puede enturbiar una escritura como la de ella: fragmentaria, que construye una coherencia no solo en base a la trama o la historia que se cuenta, sino diluyendo éstos en el mar de la literatura. Es el Mekong literario de Marguerite Duras, su casa de la escritura. En él se desprende de las palabras innecesarias, de las frases echas, de lo complementario, para ir en la búsqueda de la esencia. Podría en ocasiones dar la impresión de que la Duras se dedica a dar rodeos para contar las cosas, pero es al contrario, es una búsqueda constante de lo sublime. Por eso nos encontramos con que se habla de lo no dicho, prescinde de lo explicito que tan a menudo desvaloriza la literatura, para penetrar a través de la insinuación en una textura de lo escrito, del espacio creativo. “Debiera existir una escritura de lo no escrito. Un día existirá. Una escritura breve, sin gramática, una escritura de palabras solas. Palabras sin el sostén de la gramática. Extraviadas. Ahí, escritos. Y abandonadas de inmediato.” Dice la autora en Escribir, un breve libro en el que ésta buscadora de espacios, que no hizo grandes disquisiciones teóricas sobre la novela o la literatura, llega al arte de escribir a través de las sensaciones y la experiencia del trabajo creativo.



Las primeras fotografías de Marguerite Duras nos muestran a una joven de aspecto frágil y suave, piel fina, sin arrugas, bella... Si traspasamos ese rostro a algunas décadas después, contemplamos un rostro devastado, prematuramente envejecido, como si en su piel poblada de arrugas se hubiesen grabado la guerra, el alcohol, la vida, los amantes, la escritura... Es una devastación elegante, incluso aristocrática si nos fijamos en una imagen de sus manos: las venas marcadas, la piel arrugada sobre los huesos, anillos en uno de sus dedos, son las manos de la creación, como si se tratase de un esculpidor de las letras. Como dice en El amante, sobre ese admirador que gustándole su rostro de muchacha, prefería el rostro devastado, del que ella decía: “Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años era ya demasiado tarde. Entre los dieciocho y veinticinco mi rostro emprendió un camino imprevisto. A los dieciocho años envejecí”.

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