jueves, 24 de abril de 2014

Semana farsanta

Juan Antonio Aguilera Mochón (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuando un día de abril, en mi casa, me entero de que un coronel ha dado un pregón de semana santa, necesito salir en busca de aire.



Repelido por la estridencia matutina de unos tambores, sin embargo me acerco, y me topo con los niñitos del colegio público de al lado, que van en procesión con capirotes y, algunos, de guardias civiles, con su pistolita y todo. ¿No urge pedir que en el PISA entren pruebas de costalería y redoble, a ver si los finlandeses tienen riles de mojarnos ahí la oreja?

Cuando me alejo, precisamente fantaseando con maestros, rejas y argollas, me encuentro a un conocido que suponía en la cárcel.

-Pero ¿no te quedaba una temporada en el trullo?

-¡Sí, tío, pero me ha indultado una cofradía, así que voy corriendo a vestirme de penitente pa’ salir en su procesión!

De la penitenciaría a la penitentería, pienso.

-¡Pero si tú ibas siempre blasfemando…!- le grito mientras se aleja sin escucharme, como poseído por una inédita beatitud, y me pregunto si, en honor al indulto de origen ponciopilatero, desde ahora le corresponderá hacer más barrabasadas.

Me pica la curiosidad y voy a la procesión. Veo, entre una marea oscura, al alcalde, concejales, miembros de la Diputación (sin faltar políticos que pertenecen a un partido de tradición laicista), militares de alta graduación, soldados tocando “música”, altos cargos de la Judicatura… En fin, la parada de los cargos públicos bajo un ¡penitenciágite!

Con la garganta, como dicen en el pueblo, rececoza por la impresión, decido ir a tomarme una cerveza con una tapa de carne en el bar de enfrente, pero no me dejan atravesar la calle, y el policía sin identidad al que pido ayuda amaga con pedirme la mía (la identidad). Sin ella (la ayuda), pregunto a gente que me mira con faz poco santa dónde está el “vía crucis” para cruzar la vía. Al guiñar a unos guiris que nos miran y fotografían con lógico interés antropológico, se sobresaltan como si les hubiera sonreído un mono. Una señora, emocionada, me aclara que la torturada figura que se acerca, rígida y tambaleante, es un Cristo que te concede tres deseos, y que lo sigue una de las Vírgenes más importantes y sufrientes; guipo en un guiri un regodeo gore; se alcanza un momento misterioso y mágico cuando una gota de la nariz de una concejala cae a la vez que otra gota de su otra vela, y ambas se confunden en un brillo fugaz sobre la calzada.

Confundido yo mismo, me alejo, pues nadie me ha dado vela en ese entierro. Como dejé el coche aparcado no muy lejos, voy a por él para escapar de la ciudad, pero no puedo moverlo, están las calles cortadas, y yo coartado.

Regreso a mi casa y pongo la tele. En canales estatales y autonómicos siguen las procesiones -comentadas con altisonante patetismo por locutores, curas y cofrades difíciles de distinguir entre sí-. También ofrecen misas y “oficios”, que resultan ser de tinieblas, y no consejos para la crisis, o tal vez sí (“Perdona nuestras deudas…”), pero no (“…como nosotros perdonamos a nuestros deudores… [para el bien de] toda su santa Iglesia”). Apago para escuchar música sin comillas mientras leo a Marx («La inteligencia militar es a la inteligencia lo que la música militar a la música»). Pero no hay manera: con la “música” de cornetas y tambores que me resuena en las tripas, ahora entiendo eso de “la procesión va por dentro”.

Al día siguiente, y al otro, y al otro, la situación es la misma: noches de velas, noches en vela. Cuando quiero follar, un virginal “¡aaarribaa con ellaaa!” con redoble tamboril me descojona y me la echa aaabajoo. Recuerdo a Paco Ibáñez (“que la música militar nunca me la supo levantar”).

A la cuarta noche, agotado y malacostumbrado, me duermo antes, pero una desgarrada saeta, aaay, me atraviesa. Los tímpanos. Me levanto temprano para huir una hora de la ciudad tomada divinamente de la muerte, y encuentro a operarios limpiando ya las calles, pero me meto en una a la que aún no han llegado… y la piadosa cera hace que patine mi bici y que restriegue mi piel contra la calzada. Me vienen a la cabeza “El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre” y la concejala de la doble vela.

Hecho, pertinentemente, un cristo, pongo rumbo a casa para curarme. Voy con cuidado, pues paso por aceras que no tienen cera, pero sí socavones. Recuerdo entonces que, cuando hace unas semanas me quejé de esto en el Ayuntamiento, me explicaron que están sin fondos: lo que les quedaba se ha ido en adecentar y adornar (sólo) las calles por las que pasan procesiones, pagar horas extra (cuaresmales, pascuales…) a la policía, costear los servicios de limpieza procesional y montar palcos. Y tienen que guardar algo para la salida hacia el Rocío, el día de la Cruz, la procesión del Corpus y las Ofrendas y medallas a la Virgen, entre otras urgencias.

Acaba la semana santa y, ya curado de todo menos de espanto, vuelvo a la normalidad: a hacer la Renta con una loto segura para la Iglesia, a pagarle a ésta si quiero entrar en mezquitas okupadas, y a ver reyes católicos y confesos, funerales de Estado con cardenal trabucaire, niños que estudian Magia Religiosa en la escuela, curas de la sopa boba, romerías y ofrendas con alcaldes, presidentas, coroneles y ministros, Vírgenes alcaldesas con bastón de mando, fajín real y medalla de oro, misas y misereres en las teles y radios autonómicas y estatales, transubstanciaciones y prédicas en la Universidad pública, etc., etc.

Observo, pues, que no sólo la semana santa pone en evidencia que la aconfesionalidad del Estado se representa como una farsa. Farsa que viene dictada por los Acuerdos con la Santa Sede, pero que no llegaría tan lejos de no ser porque cuenta con muchos actores que no sólo hacen lo que Dios manda Concordato mediante, sino que van mucho más allá: son, en el sentido señalado, farsantes vocacionales. Desde el rey, el príncipe y miembros del gobierno, al último concejal o coronel procesionador, atentan, por razón de creencias, contra el derecho a la justicia y a la igualdad de todas las personas a las que deberían servir, y su falta es tanto más grave cuanto mayor su cargo. Desgraciadamente, las autoridades que sí mantienen la dignidad respetando la libertad de conciencia de los ciudadanos parecen ser una minoría. No siempre fue así, pero pocos recuerdan ya otra cosa, pues, desde 1939, los españoles no hemos dejado de padecer esta forma de actuar el poder con nosotros:

«A Dios rogando, y con el mazo dándonos.»

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