jueves, 10 de abril de 2014

Siempre viajando…

Aquiles Caigo

Después del accidente salía muy poco; aunque no quería reconocerlo, eso le había cambiado la vida. Y mucho, más de lo que él mismo se atrevía a reconocer.

Anteriormente el conde de Goncourt era una persona alegre, extrovertida; de todos era conocida su proverbial simpatía, siempre dispuesto a cambiar un par de palabras con cualquiera, a jugar bromas. Sus ya pasados sesenta años no le impedían ser un bon vivant, un sibarita de alta escuela: buena comida, una agitada vida sexual, deportes náuticos. Todavía escalaba con maestría sus Alpes natales, de lo que se jactaba. Todo lo cual no le impedía dedicar iguales esfuerzos a sus negocios, lo que no le era necesario en realidad, pues el volumen de sus numerosas rentas le permitía un holgado pasar. La trágica muerte de su esposa y sus tres hijos –junto con una nuera y dos nietos– en la caída del avión en Grecia, tres meses atrás, lo había golpeado profundamente.

No siendo más que un ocasional practicante del catolicismo, su actual situación lo había llevado reiteradamente a la iglesia, sin duda como jamás lo había hecho en toda su vida. Pasaba la mayor parte de su tiempo silencioso y meditabundo. Incluso su aspecto personal, del que tanto se enorgullecía otrora –sus canas le daban un toque aún más elegante, siempre bien arregladas, pulcras– había quedado ahora en el olvido.

El circo llegó a la pequeña comunidad de L., en el sur de Francia, donde el conde tenía algunas de sus propiedades y el castillo, medieval legado de su familia y en el que ahora pasaba largas horas, a veces simplemente mirando distraídamente los prados.

Era un circo común y corriente, sin nada en especial. "Gran Circo Europeo" se llamaba. No ofrecía más que cualquier otro espectáculo del género. Gastón de Goncourt, sin saber bien por qué, decidió ir a verlo. Era salir de la rutina.

A mitad de la función ya estaba aburrido y pensando en retirarse. Su cortesana urbanidad lo retuvo aún un momento; no se atrevía a levantar ante todos. De pronto la vio, y fue instantáneo.

Luego de la actuación del payaso –de quien se descubría que podía tener una formación teatral considerable, quizá en mímica, o en arte escénico– apareció la contorsionista. Era una joven de no más de 20 años, rubia resplandeciente. Transmitía vida, mucha vida, muchísima energía, con una intensidad que no podía pasar inadvertida. Su acto consistía en las mismas y consabidas contorsiones circenses de siempre; pero había un toque de tanta gracia en lo que hacía que inmediatamente arrancaba los aplausos. Gastón, como todos –o quizá más que todos– quedó fascinado. El saludo final de la joven en un áspero francés denotaba su condición de extranjera.

"¿De dónde será esta viajera?", se preguntó el conde de Goncourt.

No pudo evitarlo –tampoco quiso–, y al día siguiente volvió a otra función.

El impacto fue similar al del día anterior, o incluso más fuerte: la aparición de... "¿cómo dijeron que se llamaba?", volvió a causarle la misma emoción. Como algo nuevo, distinto a la víspera, fue la sensación que le ocasionó el payaso.

Algo tenía ese tipo que impactaba. Distinto a la contorsionista, sin dudas; pero igualmente creaba fascinación. Y pese a que no habla casi en francés; o más bien: no hablaba una palabra. Las veces que abría la boca –que eran muy pocas por cierto– sólo pronunciaba palabras en alguna lengua no latina.

"Igual que la muchacha", pensó el conde de Goncourt. "Parecen de Europa del Este, quizá rumanos, o húngaros. ¡Estos viajeros!... ¡Gitanos errantes…!".

Hubo un momento en que todos los asistentes, todos sin excepción, niños y adultos, no pudieron evitar humedecer los ojos; la profundidad, la pasión con que actuaba el payaso no eran de un simple bufón. No había cachetadas ni caídas grotescas; cada pequeño gesto transmitía un universo cargado de sentido, más allá de las palabras –que, por cierto, faltaban. La única vez que se le escuchó decir una frase relativamente larga –de unas pocas palabras, por cierto– fue para el agradecimiento final, en su lengua natal. La emoción que embargaba al público era tal que, luego de las lágrimas, se deshizo en un aplauso violento, furioso. No habían reído; eran otros los sentimientos. Gastón, por un momento, olvidó a la muchacha.

Pero rápidamente se recompuso. Y ahí estaba de nuevo ella. "Mirna" escuchó que la llamaban: "la escultural Mirna", presentada con esa voz siempre estentórea de los anunciadores de circo, voz monocorde, torpemente impostada.

No era tanto el acto acrobático lo que provocaba su atención –cara embobada, como la de cualquier niño; boca abierta, ojos desorbitados– sino el aura que acompañaba a la joven. Sin dudas su cuerpo era fabuloso, bien contorneado. Hacía pensar en esas atletas de los Juegos Olímpicos, siempre con una sonrisa estudiada, sin un gramo de más, esculturas vivientes. El conde no podía salir de su fascinación.

No le fue difícil averiguar cómo hacerle llegar un majestuoso ramo de rosas rojas. Esa misma noche Mirna lo estaba recibiendo en su pobre y destartalado vehículo, luego de la última función. Era un autobús de fabricación rusa, con décadas y décadas de uso, transformado en improvisada casilla-rodante. Allí vivía con el payaso del circo.

No se consideraban matrimonio, pero desde que habían salido de Hungría con su desvencijado autobús-casa rodante vivían juntos. Luego de algunas primeras infortunadas vueltas, fueron contratados por esta empresa de espectáculos. Ambos tenían mucho para ofrecer: él –György se llamaba– había tomado el perfil de payaso, aunque era obvio que era más que eso. Sus doce años de estudio en el Conservatorio Municipal de Budapest le posibilitaban un hondo manejo de la expresión corporal, que en este caso le permitía vender sus servicios como clown. Con el violín, por ahora, no se ganaba la vida. Ambas habilidades, por cierto, las ejercía a la perfección. Mirna, también con años de durísimo estudio en la Escuela Nacional de Ballet, estaba en condiciones de brindar presentaciones de la más alta calidad. Sin dudas, los dos lo lograban.

La vida no les era especialmente dulce. Nunca lo es en los circos; pero menos aún si se llega a ellos por absoluta necesidad, como había sido en el caso de Mirna y György, incansables viajeros trasnochados sin más proyecto que sobrevivir. La caída del muro de Berlín y los profundos cambios que, luego de eso, se suscitaron en su país en los años siguientes, decidieron su salida. Con una sólida formación en artes escénicas, y con un futuro que no se mostraba en absoluto prometedor en Hungría, habían optado por ir a recorrer el mundo.

Un inglés elemental, un francés más rústico aún, una esmerada preparación artística y un horror a seguir siendo pobres, cada vez más pobres, era cuanto se llevaban de su tierra natal; toda esa particular mezcla, justamente, los había catapultado a las más variadas suertes por varios países de Europa. En un momento –en Roma había sido, aunque jamás querían hablar del tema– Mirna había ejercido la prostitución por un corto período; György lo había aceptado de buen grado.

Constituían una muy singular pareja; si bien se presentaban como muy liberales –y en un sentido sin dudas lo eran–, se daba entre ellos una relación nada habitual, liberal sí, pero que también podía verse como lo absolutamente opuesto. Podían estar semanas sin tener relaciones sexuales, pero cuando las tenían, temblaba la tierra. Mirna coqueteaba muy provocativamente con cuanto varón se le cruzaba, siempre ante la presencia tolerante de György. Pero jamás pasaba de esas subidas insinuaciones. Había algo de morboso en esos juegos; ambos sabían que en eso precisamente consistía la travesura. Más allá, los dos se sentían al mismo tiempo posesión y poseedor del otro, con una fuerza volcánica, con una fidelidad a prueba de todo. Estando sola, sin la presencia de su compañero, Mirna jamás se hubiera permitido cautivar a nadie.

El muchacho jamás había osado pegarle. No era necesario: la dominación que ejercía sobre ella era total; con un simple golpe de ojo bastaba.

Cuando llegaron las flores, György rió. La tarjeta sólo decía "de un admirador". Aún con restos del maquillaje mal lavado, lo que le confería un aire algo espantoso, el joven dejó caer algunos pétalos de una rosa en su copa de vino. Lo compartió con Mirna, quien en principio no quiso beber; una mirada atemorizante de György bastó para que ella cambiara de parecer.

"Nos bebemos a tu admirador… ¿Quién es?", preguntó.

"No lo sé", respondió la interrogada, con un tono que le quitaba toda importancia tanto a la pregunta como al obsequio.

"Me gusta", agregó György. "Se ve que todavía hay románticos en el mundo".

"Debe ser algún viejo loco; esto no es de jóvenes; alguno al que el gusté".

"Quizá tiene dinero".

"Quizá", agregó Mirna, intentando cerrar el diálogo sin darle mayor importancia a lo que estaban hablando.

"Pero… vale la pena seguir el juego, ¿no?", insistió György, dispuesto a seguir profundizando el tema. "¿Te atreves?"

"Me tiene sin cuidado", dijo indolente la muchacha.

"Pero, ¿te atreves? ¿Sí o no?", volvió a preguntar con enérgica frialdad el payaso.

"¿Por qué no?", añadió la joven, con una indescifrable sonrisa y aire angelicalmente satánico.

Cuatro días después, coincidiendo con aquel en que no había función, ella estaba cenando en una lujosa fonda del pueblo de L. con el conde de Goncourt. El lugar, si bien no ostentaba un especial lujo, no dejaba de tener aspiraciones de suntuosidad. El vino blanco que estaban tomando provenía de los viñedos de él, en las cercanías.

Mirna era más bien parca; no tanto por su pobre francés, sino por su actitud natural. Era Gastón quien ponía sus mejores esfuerzos en amenizar la velada. Estilo para eso no le faltaba.

Era la primera vez luego de la muerte de todos los miembros de su familia que volvía a salir con una mujer. Esto último, en sí mismo, no era ninguna novedad; aunque casado y nunca oficialmente divorciado, sus relaciones extramatrimoniales eran legendarias. Lo novedoso consistía en que ya parecía pasado el período de luto, y se permitía volver a las andanzas –hasta se habían hecho apuestas al respecto, y en general se pensaba que pasaría más tiempo–.

También llamaba la atención lo juvenil de su actual acompañante; aunque en realidad tampoco era tan inusual que se le viera con jóvenes de la edad de su hija –muerta recientemente en el accidente–. La de esta ocasión –Mirna– sin dudas deslumbraba por su belleza, por su cabellera despampanante, por su porte sensual, quizá más que otras. Pero fundamentalmente lo que resultaba algo insólito era la fascinación, el embobamiento que se advertía en el conde.

También Mirna lo sentía.

Gastón no paraba de hablar, de cortejar a la joven, intentando hacerla sentir lo más a sus anchas posible. Luego de la cena, con total naturalidad, terminaron haciendo el amor en el palacio. Ambos tenían mucho que aportar para el éxito de la empresa: él, su aquilatada experiencia; ella, su arrebatada pasión. Prometieron volver a verse.

Como en algún mediocre cuento de hadas, la muchacha fue conducida en un lujoso Peugeot color negro por el chofer de la casa hasta la entrada del circo. Eso, definitivamente, no era su lúgubre autobús-casilla.

La escena tenía algo de tragicómico, de grotesco. Estaba lloviendo cuando entró en su "hogar". György fingía estar durmiendo; desde la cama, sin levantarse, preguntó:

"¿Es conde de verdad?"

"Parece. En la cámara nupcial tiene una obra de Pál Szinyei Merse."

"¿Cuál?"

"Picnic en mayo."

"¿No es esa la que se habían robado de la galería Magyar Nemzet la vez pasada? Un óleo de 1875, creo."

"1873."

"Bueno, 1873, no recuerdo bien…"

"Sí, esa es."

"¿Y ya te llevó a la cama?", dijo György con una mal trucada sonrisa.

"Sí, parece que es conde. Dinero se ve que no le falta; la obra de Szinyei Merse era la original. Y eso debe costar mucho. El castillo me gustó."

Los ramos de rosa siguieron llegando al circo. Las tarjetas de dedicatoria eran cada vez más sofisticadas, a veces con cierto toque ridículo: "para quien me devolvió las ganas de vivir", "para la rubia más angelical que haya hollado la faz de la tierra", "para mi gitanita escultural."

El éxito del circo había sido bastante grande; en general, en los pueblos pequeños, permanecía no más de dos semanas. En L. ya llevaba tres. Sin embargo, ya se acercaba la hora de partir. Esa era la vida de los trashumantes: viajara y viajar eternamente…

Mirna le contó al conde –a quien trataba a veces de "tú", a veces de "usted"– que ya estaba cerca la partida. Ante ello, Gastón pareció quedarse reflexionando; con una parsimonia estudiada agregó:

"¿Te acuerdas lo que me contabas las otras noches? Que te interesaría cambiar tu vida, que ese loco de tu actual marido te aterroriza, que ya no querrías seguir con él, que te tienen desesperada tantos viajes a ningún lugar… Pues, estuve pensando acerca de algo que quería proponerte."

Aunque quería disimular la curiosidad, los ojos desmedidamente abiertos de Mirna dejaban ver que moría de ganar por saber de qué se trataba. Con forzada displicencia preguntó:

"¿Y qué podrías ofrecerme usted?"

"¿Tú qué esperarías?"

Quedó dubitativa por un instante, algo sorprendida incluso. Con una sonrisa que buscaba la complicidad continuó:

"Ya lo sabes…"

"No, realmente no lo sé… Podría imaginarme muchas cosas, pero querría que tú me lo digas."

Mirna demoraba intencionalmente la respuesta, muy a su gusto.

"Bueno… digamos que usted tendría que hacer un sacrificio."

"Quizá ni siquiera sea sacrificio para mí", intentó decir seductoramente Gastón.

"¿No?"

"Bueno, veamos de qué se trata."

"Ayudarme a matar a György."

Gastón quedó helado; tuvo que hacer un supremo esfuerzo para continuar con la conversación.

"¿Estás hablando en serio, Mirna?"

"¿Por qué no lo haría? Me preguntaste cuál era mi deseo; bueno, ése es. ¿O no se atreve?"

El conde debió apelar a un largo trago de cognac para mantenerse en pie. Estaba lívido, sus manos sudaban. Por un momento sintió un gran miedo, y pensó que ahora mismo la muchacha podría matarlo a él, ahí mismo, en la estancia de su castillo. No encontraba qué decir.

"¿Y si escucharas primero la propuesta que yo quería hacerte?", pudo articular al fin.

"Bueno, veamos". Su frialdad era aterradora. De alguna manera, esa impasibilidad acentuaba al mismo tiempo su belleza. No movía un músculo; el azul de sus ojos era más profundo y el brillo de sus cabellos parecía resaltado.

"Es que… yo quería proponerte… ¿no te vendrías a vivir al castillo conmigo?"

"No si György está vivo. No podría. Me mataría él de lo contrario". Su acento era frío, pero no faltaba también un toque de ingenuidad. Hablaba como una niña asustada. "Además" –comenzó a agregar con miedo– "él sabe que ahora estoy aquí, y sería capaz de cualquier cosa cuando regrese si no llevo alguna buena noticia del Szinyei Merse, si no consigo que me lo regales".

"¿Te refieres al cuadro?", preguntó atónito Gastón.

"Sí, claro. 'Picnic en mayo', ese que usted tienes en la recámara".

El asombro del conde iba en aumento. Se maldecía el momento en que había ido al circo y había conocido a la escultural contorsionista. Del asombro iba pasando ahora, sin mayor solución de continuidad, al terror. Se sintió acorralado. Un segundo trago lo animó a continuar.

"Mirna: te propongo que te quedes aquí, ya ahora, de una vez, y presentamos una denuncia por malos tratos contra tu esposo."

"No es mi esposo", agregó ella con un toque de inocencia.

"¡Lo que sea, no importa!", no pudo contenerse a gritar el conde. "Te lo propongo, te lo ruego, te lo exijo." No sabía qué tono de voz usar mejor para la ocasión.

El circo partió finalmente, siguiendo la ruta sur de Francia, para dirigirse luego a España.

El Citroën color gris plomo de Mirna que le había regalado Gastón fue encontrado tres meses después, abandonado, en un pequeño pueblito cerca de los Pirineos; del cuadro de Szinyei Merse no se supo más nada, hasta dos años después en que se volvió a ver en una galería en Boston. Por cierto, la pareja ya no trabaja en el circo. Ahora György da lecciones de violín en Nueva York, y Mirna –al menos la última vez que se supo de ella– maneja una pinacoteca en México.

El autobús-casilla rodante, luego de ser usado algún tiempo por el domador de fieras del circo tras la desaparición de la pareja, fue abandonado en el norte de España. Según pudo saberse, ahora está estacionado en una pequeña aldea, más precisamente en el patio de una granja, utilizado como gallinero.

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