viernes, 16 de mayo de 2014

Cierta distancia

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Aquel Alfredo, desde chiquito, nunca quería ser viejo.

Con el tempo se dio cuenta que tenía tres alternativas. O matarse joven, o resignarse, o hacer como Jacobo Casanova. Cuando encontró el libro de sus Memorias averiguó que las escribió después de los setenta años, en una casa de Los Alpes. Memorias en las que iba relatando la cantidad de mujeres que se cogió. Relato que Alfredo supuso, le había posibilitado no estar triste por ser un viejito. Así es que, por eso, siempre quiso cogerse muchas minas. Cogidas que para él, eran una linda forma de escribir, de ir dejando escritas también sus memorias. O sea que, cada mujer que se cogía era como estar escribiendo algo que después, de viejito, iría a recordar.

Lo que le hacía sentir que, con cada una, estaba siempre a cierta distancia. Como si fueran las letras que iba escribiendo. Letras que, años después, al leerlas serían una vuelta al pasado, cuando no era viejo.

Con el tiempo también se fue dando cuenta que cada una que se iba cogiendo, todas, querían seguirla. Cogían con él también para después ser su noviecita y casarse. Por eso cuando después de coger les decía “te acompaño al colectivo”, como una forma diplomática de rajarlas, algunas sonreían, otras ponían cara de rabia, y otras se esforzaban en demostrar una aparente indiferencia.

Era así que cada vez, con cada una, iba escribiendo algo para recordar cuando sea viejito. Y habría escrito sus Memorias, como las escribió Casanova. Memorias, recuerdos que le harían no importarle ser viejo.

Por eso con cada mujer sentía cierta distancia desde la que nombraba, le ponía título a la cogida con ella.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.