viernes, 9 de mayo de 2014

El adolescente y el mundo contemporáneo de la economía de mercado

Jesús María Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A la antropóloga peruana Helena Goicochea, quien me estimula con su permanente envío de material y a Oralice Silva, psicóloga brasileña, quien me invita a hablar sobre adolescencia en Vilagarcía de Arousa.

Cada cierto tiempo, desde los pioneros del estudio del adolescente, tenemos que preguntarnos por el adolescente y la cultura, en la medida que ésta no es estática, sino que está en un permanente movimiento dialéctico.

Diego Salazar Rojas (1), en el 2007, nos hablaba que aún estamos lejos de comprender la cultura y la conducta de los adolescentes; de ahí que los esfuerzos preventivos sostenidos fracasen como lo muestra este gráfico español, en relación con la drogadicción:


http://www.codajic.org/sites/www.codajic.org/files/Cultura%20y%20Adolescencia%20Diego%20Salazar%20Rojas.pdf

Bien sabemos que muchos adolescentes, si no son ascéticos, como lo describía Anna Freud en El yo y los mecanismos de defensa (2), otros muchos tienen una mentalidad hedonista, regida por el principio del placer o más allá del principio del placer, signado por la compulsión a la repetición y lo que Jacques Lacan denominaría el Goce (3), en busca de una primera vivencia de satisfacción, que es el Goce del adicto, lo cual es estimulado por la economía de mercado del neoliberalismo imperante, por más que de otro lado, se haga la Guerra contra las Drogas; así se estimulan las necesidades, más que el deseo propiamente dicho; pues, a cambio de objetos vitales, lo que ofrece son gadgets, productores de vanas y evanescentes ilusiones.

Es como si se tuviese derecho pleno al usufructo de bienes delétereos, con una oferta dañina para la vida humana, en un universo, como nos lo señala Diego Salazar Rojas, en el que el mundo empresarial internacional explota el consumismo de las poblaciones.

De nuevo, debemos preguntarnos ¿quiénes son nuestros adolescentes? ¿Quienes pasan por esa época de la vida, tan cambiante, como las condiciones culturales del momento?
Es como si el espejo que constituyera al yo, según Lacan (4), se rompiese, como objeto que refleja un cuerpo integrado, que permite la identificación, cuando el infans, puede decirse ese niño virtual, soy yo, c’est moi, dada la crisis que genera ese pasaje de la niñez a la adultez.

El nuevo espejo es como esos espejos mágicos, que deforman la imagen, haciéndonos más pequeños, más grandes, más gordos, más flacos, o hasta llegar a fragmentarla, lo cual irremediablemente genera angustia, en un momento de la vida en el que se da toda una transformación biopsicocial, que incluye al cuerpo, el psiquismo y la relación con cultura, en un momento de desasimiento de los padres, como nos lo enseñara Luis Kancyper, máxime en un mundo distinto al agrario, en el que el niño pasaba a hacer parte del mundo laboral a la autonomía, de tal modo que, en la dependencia, la responsabilidad se va postergando.

Por ello, tienen razón, J. Madrid y A. Antona, cuando al hablar de programa del adolescente, esta época de la vida hace parte de un sistema social determinado, para empezar por el sistema familiar, con sus configuraciones vinculares, el cual, muchas veces, se ve perturbado por los cambios conductuales del adolescente, que exigen atención y respuesta por parte de los padres. (5)

Un grupo familiar que pueda contener la explosión adolescente, exige una real comprensión de la situación por los procesos que están pasando los muchachos, sean varones o hembras, en un marco de comunicación, que permita el intercambio de saberes y la transmisión de una experiencia, en un grupo, que se preocupa por la vida escolar de sus hijos, que comparte sus aficiones, en una atmósfera tan cooperadora y armoniosa como sea posible, que pone límites sin caer en el Escila del autoritarismo, ni en el Caribdis del dejar hacer, que sabe del difícil arte de educar, como lo señalara Freud en el prólogo del libro de Auguste Aichhorn sobre la juventud descarriada.

De ahí la importancia de que los padres puedan comprender los cambios que se dan en ese proceso que Arminda Aberastury y Mauricio Knobel llamaban el síndrome normal de la adolescencia, pero también intentar comprender la cultura en la que se mueven los jovencitos, con todas sus ofertas, tanto al servicio de la pulsión de vida, como al servicio de la pulsión de muerte.

Hay que entender que los chicos están en un momento, en el que para constituir su identidad, necesitan autoafirmarse, para tener instrumentos con los cuales adentrarse en el mundo adulto, que ahora no es más que una economía de mercado, en un universo de competitividad e individualismo.

Bien sabemos que la adolescencia se inaugura con la pubertad, con todos sus cambios biológicos y corporales, cuando los deseos se intensifican en el mundo psíquico, en un contexto social, como nos lo señalaran Silber y colaboradores en 1992, en su Manual de Medicina de la Adolescencia, publicado por la OPS, la Organización Panamericana de la Salud. (6)

También hay que tener en cuenta la identificación gregaria y adhesiva de los adolescentes con sus grupos, con sus pandillas, uniformizantes, como una suerte de espacio transicional entre el mundo familiar y la realidad externa al grupo endogámico, al clan familiar, en su apertura hacia la exogamia, del mundo externo a la familia, cosa que bien sabe el sistema económico imperante, para manipularlos a través de los gadgets, de la moda, con el fin de convertirlos en sujetos consumidores de los productos de un mundo, del que ya, en tiempos pasados, Karl Marx nos expresaba: Voy al mundo y lo encuentro lleno de mercancías (7), hasta incluso el mismo ser humano convertido en una de ellas, de tal modo que tenía razón el poeta colombiano León de Greiff, cuando introducía su Relato de Sergio Stepansky:

Vendo mi vida,
cambio mi vida,
de todos modos,
la llevo perdida,
Sin remedio. (8)

Y según nos dice Diego Salazar Rojas: Nadie es más obediente al mercado que los adolescentes, máxime cuando a ese ser corporal que somos, se nos ofrecen placeres inconmesurables.

¿No nos decía acaso Bizet, en su ópera Carmen:

El amor es un pájaro rebelde, que nadie puede domesticar…?

Y Freud, mismo nos decía que las pulsiones son ineducables, ingobernables e incluso no psicoanalizables, ante lo cual, hemos de inventar un saber qué hacer con ellas. (9)

La vida pulsional se fortifica en la adolescencia, de ahí que la sexualidad se haga insoslayable, obligatoria, salvo que se sea un asceta, un santo o un enfermo.

Ella nos lleva a la búsqueda de una pareja, más allá del grupo familiar y así se busca la satisfacción del deseo sexual, con todos los riesgos que conlleve.

Pero la pareja tiene un acuerdo singular, una especie de contrato que establece obligaciones y deberes mutuos, ya que el amor no es incondicional, de ahí que demande la fidelidad, la preocupación por el otro, la compañía y ciertos rituales, en el ámbito privado, todo ello, mediatizado por el amor.

Y las modalidades del amor se aprenden mediante la observación de las conductas de los otros, que sirven como paradigmas para la identificación, aunque no siempre lo que se observa sea congruente en el mundo adulto, ni consecuente con la ética que se predica como ideal para el sujeto.

La prematuridad del ser humano, descrita por Freud; pero que tenía antecedentes nietzscheanos en la proposición del filósofo alemán, de que somos animales inacabados, sin determinar, lo hace que no nos encontremos en casa en el estado de naturaleza sino que requiramos de un estado de cultura, con sus instituciones, para protegernos de los riesgos de una vida natural, pura y dura. (10)

Provenimos del mono, según las teoría evolucionistas, pero somos distintos de él, como seres racionales y culturales, no somos animales salvajes, aunque muchas veces nos comportemos como tales o peor aún.

En el escrito freudiano, Tótem y tabú, vemos como, en un mundo mítico, tras la muerte del padre primitivo y gozón, para quien todo estaba permitido, incluso el incesto y el aniquilamiento de los otros, se instituyeron tabúes, que prohibían el incesto y la muerte del semejante, con lo cual se instalaría la cultura en la horda primitiva, la cual intenta domeñar la pulsión, en la medida que las instituciones la controlan.

El filósofo Max Scheler habló de que lo que nos distingue del puro animal es la capacidad de decir no a las pulsiones, lo cual no nos exime de problemas. (11)

Nuestra animalidad está inscrita en la actividad automática de nuestro cuerpo, irracional, maquinal e irreflexivo; pero, en el caso humano, marcado por lo familiar, lo social, la pertenencia a las tribus, determinado por la edad, el sexo, las religiones y el sistema productivo, de ahí la necesidad de instrumentar al joven para la adquisición de habilidades suficientes para incorporarse a la sociedad, con su capacidad productiva, lo que exige toda una cuota de sacrificio del principio del placer, en pro de un mejor juicio de realidad, en busca de satisfacciones más seguras, como nos lo enseñara Freud, en Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico (12) y lo renovara Roberto Brito, en 1996, en su artículo Hacia una sociología de la juventud: algunos elementos para la desconstrucción de un nuevo paradigma de la juventud, al observar y reflexionar sobre los jóvenes en su cotidianidad y la manera en que dentro de ella cosntruyen sus identidades, a partir de diversos mecanismos, de modo principal, el de la diferenciación, en una práctica que les ayuda a constituir su manera de ser, su estilo de vida, mediante una subjetividad diferenciada, que da contenido a su existencia juvenil, en el trabajo directo con los jóvenes, así la sociología no tenga una teoría en relación con la juventud, en una etapa de la vida en que los jóvens se encuentran en un proceso de aprendizaje, de inserción económica y cultural, que tiene duraciones distintas en el campo y en la ciudad. (13) (14)

Pero esta formación juvenil está continuamente amenazada, a la manera como lo estuviera Pinocho, ante la oferta de placeres inmediatos, como los que ofrecía Stromboli al muñeco de madera, a quien invita a un mundo del placer absoluto, en el que terminan los niños por convertirse en burros, si no fuera porque Geppeto, su creador llega a salvarlo, al ejercer una función paterna, amparadora, protectora, amorosa pero normativa.

Entonces se da toda una oferta a los adolescentes de sitios riesgosos, que apartan del mundo familiar y escolar formativos, v.gr. con lugares que ofrecen la llamada comida chatarra, que lleva al sobrepeso y a la obesidad, el mundo del narcotráfico con su oferta de drogas, que esclavizan.

Lo que sí es propio del adolescente es la creación de sus grupos de pares, de sus pandillas, que pueden servirle para definir espacios simbólicos, como su hábitat, lo cual puede tener su lado positivo, el de la amistad, pero también puede tener sus riesgos, ya que hay una legalidad del grupo, al que se someten los integrantes, muchas veces con un alto grado de etnocentrismo tribal, como bien lo vemos en la película West Side Story, con sus luchas entre pandillas, incluso hasta la muerte.

También puede ser que las pandillas adolescentes elijan símbolos que le den identidad, a través extensiones corporales, como las vestimentas, los cortes de pelo, los aretes, los piercings, los tatuajes, que son como parte de su cuerpo mismo, como si hicieran parte de su ser más singular, de modo, que el ataque frontal a estos objetos, sea vivido por el adolescente como un verdadero ataque a su identidad, en jóvenes sujetos, ávidos de intensas vivencias en lo sexual, con el uso del tabaco, del alcohol y los psicoactivos, que tratan de experimentar al margen del conocimiento de sus padres.

Norbert Elias (15) nos habla acerca de la manera como la civilización impone toda una red de restricciones, en pro de la regulación de la vida corporal, con el fin de atenuar los excesos del placer, la violencia y la desigualdad, ante lo cual se ofrece todo un ideal para el yo de los sujetos, como un sistema ético de valores, que canalicen las pulsiones y las conviertan en motores de acciones, válidas en sociedad y reconocidas por los otros, mediante la sublimación, como lo define la psicoanalista francesa Françoise Dolto (16), ideal utópico, que pareciera sabotear la economía de mercado, basada en la satisfacción pulsional pura y dura, en la medida que vivimos en un mercado tatcheriano, dada toda una transformación de las estructuras sociales y políticas, a partir de la generación del neoliberalismo, que ha procurado una informalización de las costumbres, un debilitamiento de la cortesía, de la respetabilidad, donde los modelos son personajes al estilo de Estefanía de Mónaco, con su vida escandalosa o pícaros escondidos tras la máscara de una legalidad, que la hace ilegítima, en un universo light, líquido, en el que todo vale, incluso el aplastamiento del otro, con tal de ganar en la competencia mercantil, lo que opera como toda una plaga emocional, que estimula la animalidad del adolescente, sin ningún ideal de mesura, mientras somos manipulados como marionetas, sin ningún autocontrol, donde se permite un estado de barbarie, donde se estimula el uso de psicoactivos, de alcohol, la violencia y el sexo irresponsable, sin ninguna ética del cuidado de sí mismo, en una especie de orgía perpetua, como si se ignorara que la primera invitada a esa fiesta es la muerte. Ante todo ello, tendríamos que emplear la resistencia, que nos enseñara ese gran maestro argentino, Ernesto Sábato (17).

Así, el adolescente no aprende a mirarse a sí mismo, a conocerse, a comparar, a conocer otros mundos y otras posibilidades que la oferta de la economía de mercado, sin poder disciplinar ni domesticar su cuerpo salvaje, sin poder reflexionar, impelidos a la acción, como descarga inmediata de toda tensión interior, lo cual genera un nuevo y distinto malestar en la cultura, en oposición con el que existía en la sociedad victoriana, cuya moral sexual, llevaba a otro tipo de nerviosidad.

Aunque bien sabemos que el ser humano poco ha evolucionado en relación con su barbarie, la cual permanece incólume, con sus actos crueles, inhumanos, sádicos, bien sabemos los horrores que ha vivido el siglo XX, que continúan en el siglo XXI.

Para el psicoanalista Erik Erikson, (18) la búsqueda de identidad era la tarea central del adolescente, lo que le permite reconocerse como un ser en sí mismo, que le permita decir c’est moi, ese soy yo, lo que implica el desarrolla de un juicio sobre sí mismo, distinguir la manera como los otros lo perciben a él, lo cual se da de una manera inconsciente; por eso, el adolescente ensaya distintas maneras de ser y aparecer, pero siempre en la interacción con los otros, la familia, los pares y la sociedad en general, incluidos los modelos paradigmáticos que le ofrecen los medios de comunicación de masas. Así la identidad se construye en un contexto social, que requiere el reconocimiento de parte de los demás, como una experiencia corporal y afectiva, vinculada con la autoestima.

Otro hecho fundamental que el adolescente ha de llevar a cabo es el desasimiento de los padres de la infancia, para salir al mundo exterior y hacer el pasaje de la endogamia de la vida familiar, a la exogamia del mundo social más amplio, para lo que requiere romper el cascarón y, en términos mahlerianos (19), lograr la individuación, en términos más contemporáneos convertirse en un sujeto singular, para asegurarse la sobrevivencia en un entorno más ancho y duro, que la comodidad del hogar, si este es agradable, proceso que no está exento de conflictos, que como bien lo señala Luis Kancyper (20), puede ser una guerrilla trófica de liberación, que permite el crecimiento, al estar al servicio de la pulsión de vida o una guerrilla atrofiante, de desgaste, que conduce a la enfermedad y la muerte, al estar regida por la pulsión tanática. Para ello, el adolescente necesita pasar por la pandilla, como espacio transicional, en el sentido winnicottiano (21), que le sirva de continente y de sostén, en ese rito de inicación, en un proceso de oscilaciones, en un ir y venir entre la casa y el grupo de pares.

Y ahí se irán gestando proyectos de vida, que se consolidan en el universo sociocultural, geográfico y económico, que rodea al joven, mediante logros académicos, oportunidades de estudio y de vida laboral, para que los chicos no caigan en la desesperanza del no futuro, que nos muestra el cineasta colombiano Víctor Gaviria, en su filme Rodrigo D. No futuro.

Pero, lo que vemos es que el Estado reducido de tamaño del modelo neoliberal, lo que hace es recortar la educación y ofrecer un trabajo inestable, con contratos finitos a muy corto plazo, que incrementan la desesperación y la desmotivación, en el contexto del individualismo tatcheriano, que propone una guerra de los individuos, de unos y otros contra todos.

La crisis de la adolescencia debería consolidar la identidad, de tal forma que no se llegue a ese síndrome de difusión de la identidad, que Otto Kernberg considera que es uno de los fenómenos fundamentales del trastorno limítrofe o borderline (22), que padecen millones de personas en el mundo contemporánea, como si fuese la personalidad neurótica de nuestro tiempo, para emplear la feliz expresión de Karen Horney. (23)

La identidad lograda, conllevaría una posición subjetiva activa, capaz de tomar responsablemente decisiones, orientadas por elecciones y metas singulares, de acuerdo con la ética del deseo más propio. (24)

Pero quedan identidades hipotecadas a los otros, identidades alienadas y dependientes, o muchas veces algunas quedan en mora, postergadas, sin lograr definirse en la vida.

En contextos pluriraciales, se da una identidad étnica, como elemento de cultural, que no puede dejarse de lado, particularmente, donde la segregación racial existe.

Bien sabemos que toda identidad tiene que ver con el vínculo con el otro, con las identificaciones con los objetos más primarios y otros más secundarios.

Pero la identidad étnica, no sólo tiene una raigambre cultural sino una genética, biológica, que está inscrita en los rasgos corporales, esa de la que renegaría el excéntrico Michael Jackson, quien renegara de su negritud, para convertirse en una suerte de alocado extraterrestre, al blanquear su cuerpo y sumergirse en el mundo de las drogas.

En los países latinoamericanos, donde el mestizaje es la Ley, deberíamos hacer caso al filósofo envigadeño, que allá en nuestra Colombia, nos animaba en su obra Los negroides (25), a que no padeciésemos del complejo de hiju’e putas ante el blanco, puesto que como diría Octavio Paz en su Laberinto de la soledad (26) mucho nos pesa el considerarnos hijos de la Gran Chingada. No deberíamos caer en la negatividad humillante o vergonzosa, que denunciaran Guanipa y Guanipa, en el año 2006, de tal forma que podamos portar con orgullo nuestro cuerpo, aún en medio de otras razas, sino ir en busca del más pleno desarrollo de nuestra personalidad, sin complejo alguno de inferioridad, para no caer en xenofobias, por identificación con el agresor; pues, el adolescente con dificultades para aceptar su etnia, debido al rechazo del otro, no vive ni con los suyos ni los extranjeros del país de acogida.

Aquí en España, conocí a una familia sudamericana, en la que el chico fue acosado brutalmente, por los nativos ibéricos, hasta llegar a avergonzarse de salir con su madre, por los rasgos raciales de ella.

Para el desarrollo de una identidad étnica es fundamental el papel que juega la familia; si ésta no porta el orgullo de su etnia, sin arrogancias, más movidos por la pulsión de vida que la de muerte, su prole tampoco la desarrollará, con lo que se mantendrá un permanente conflicto, que es necesario resolver para una integración al nuevo mundo social del inmigrante, el cual si no se resuelve puede ocasionar grandes problemas en la vida del sujeto.

Se ha estudiado el papel que juegan la cultura, la lengua, el origen y la región geográfica en la identidad étnica y en comunidades estadounidenses se registró el idioma como el elemento más importante.

Y los problemas pueden surgir por la eficacia simbólica de los prejuicios étnicos, como pasa en sociedades multiétnicas, con diferencias de color de la piel, sobre todo cuando estas generan diferencias de clase social, de ahí el problema de los chicanos, de los amerindios y de los afro-americano, que exponen a los adolescentes a un mayor riesgo de tener dificultades serias y es de tener en cuenta que estos prejuicios suelen ser de doble vía.

En los Estados Unidos de América los blancos llaman Niggers a los negros y éstos llaman Paddies a los blancos, por su piel como el arroz y a los negros que hablan el inglés con el acento de los caucásicos los llaman Oreos, como metáfora por las galletas achocolatadas que llevan por dentro una crema blanca.

Por ello, en la identidad étnica influye la identidad y la clase social, a la cual se pertenece desde el nacimiento, así no sea una elección personal, sino algo establecido por el sistema económico.

La identidad social es un sistema unitario de representaciones de sí mismo, que se va elaborando a lo largo de la vida y permite al sujeto reconocerse a sí mismo, tanto como a los demás hacerlo, puesto que la identidad es la experiencia, que define al sujeto en lo que es para sí mismo y para los otros.

Asimismo importan la identidad de género y la identidad sexual, de acuerdo con la diferencia anatómica de los sexos. (27)

A la adolescencia se llega ya con una identidad de género, que corresponde a los usos sobre el sujeto de los artículos él o la, y a los pronombres él y ella; pero en la adolescencia se ejercen tanto una presión fisiológica como social, que exigen la definición de un rol sexual, en la vida.
Se dan guiones machistas y patriarcales, guiones sado-masoquistas en la que la mujer, que sufre, se convierte en una especie de ideal.

De la misma manera, ahí se incluyen los asuntos relacionados con la orientación sexual, lo cual puede afectar a los adolescentes de una forma grave, ya a través de trastornos obsesivos en los que se duda de la orientación que se tiene, o en los chicos homosexuales. quienes pueden ser acosados en las escuelas y en los espacios públicos, lo cual puede convertirse en causa de serios cuadros psicopatológicos del sujeto.

Hay sociedades pluralistas, que permiten la diversidad de grupos y categorías sociales, en la medida que se comprende la complejidad de la vida misma.

Pero, en la sociedad, generada por la economía de mercado, mucho más simplista en su mirada, se dan problemas de identidad por las marcas de ropa, que dan prestigio social, con el desprecio de los chicos que apenas pueden comprar en baratillos, quienes se convierten en reyes de burla.

Y ese malestar en la cultura puede generar el fenómeno de las tribus urbanas, a las que se afilian muchos adolescentes, como adscripción a verdaderas subculturas, las cuales tienen todo un código lingüístico particular, que puede expresarse en la indumentaria, en los gustos musicales, que hacen que un determinado sujeto pertenezca a una determinada tribu, con el desarrollo de todo un orden simbólico y una visión del mundo, en el marco social diario, a través de ciertos signos de identidad, en una especie de contracultura carente de líderes ideológicos, que los ubica en el espacio de la marginalidad elegida, sin que medien vínculos amorosos entre los integrantes de la tribu, quienes pueden funcionar más como una masa indiferenciada o serial, que como un verdadero grupo, que odian a otras tribus urbanas, aún hasta llegar a una violencia fundamentalista, entre ellas podemos encontrar a los Rockers. Punks, Heavies, Skinheads, entre otros.



La pertenencia a estas tribus puede generar conflictos intergeneracionales con los padres, hasta el punto de que los padres llegan a avergonzarse de sus propios hijos, quienes a su vez sienten insatisfacción permanente con el mundo que los rodea.

Así, los chicos góticos, que vienen de una escisión de tribus Punks, aman un rock, que remite a la muerte, casi operístico, con elementos de música gregoriana, como esta pieza:

http://www.youtube.com/watch?v=pKlM_-7Sc0U&hd=1

Estos jóvenes visten de negro, con ropas de cuero, corsets femeninos en las hembras, lencería y encajes, medias pasadas de moda, tacones muy altos o botas militares, quienes se maquillan de blanco y negro, acompañado con un profundo carmesí, con uñas de gárgolas, cadenas, cruces egipcias, o símbolos judíos, como si fueran jóvenes satánicos, que consideran que viven como zombies, en un mundo que es, en sí mismo, un infierno; por ello, quieren liberarse de las leyes morales de la sociedad establecida, cargados de desesperanza y sentimientos de culpa, muchos de ellos, son verdaderas personalidades borderline, que no encajan con el modelo social tradicional, con una posición anarquista total, mientras viven en lugares públicos, en pubs góticos, decorados como cuevas de murciélagos, con nombres como el Averno, la Luna, la Oscuridad, ya que aman el mundo medioeval más oscurantista, la poesía que habla sobre la muerte, la desesperación, las lágrimas, el sufrimiento, la sangre, el crimen, el sexo, lo macabro, lo siniestro y la fatalidad; degustan la novela negra, el vampirismo, como ideal, y sus autores predilectos son Lord Byron y Edgar Allan Poe, tanto como el cine de terror, pues quisieran destruir el orden natural, lo bello, mientras invocan al demonio, muchas veces hasta llegar a la criminalidad.

Ésta también aparece en las bandas o pandillas, como es el caso de los maras en Centroamérica, que ejercen la delincuencia juvenil, como imitación de las pandillas callejeras de grandes ciudades estadounidenses como Nueva York, Chicago y Los Ángeles, para conformar hordas hasta de entre veinticinco mil y trescientos mil miembros activos en Guatemala, El Salvador y Honduras, conformados por jóvenes sin mayor futuro, como los sicarios colombianos, que nos muestra Víctor Gaviria en Rodrigo D. No futuro o de quienes nos hablan Alonso Salazar en el ensayo periodístico No nacimos p’a semilla (28), Fernando Vallejo en La virgen de los sicarios (29), Jorge Franco en Rosario Tijeras (30), en novelas que han tenido versiones cinematográficas, sobre chicos que crecen en contextos sociales plagados de conflictos, con bajas expectativas de un destino digno, asediados por problemas como el desempleo, la violencia urbana, la violencia social y los desplazamientos por conflictos bélicos, como lo he trabajado en mi ponencia De sicarios y de hombres: La violencia juvenil en Colombia. Ensayo cinematográfico de psicopatología social, como si los unos y los otros, en distintos países, dieran cuenta de una antropología de la pobreza, como factor etiológico de la delincuencia, en toda una constelación compleja de factores de orden estructural, económicos y sociales, en una sociedad agujereada por grandes vacíos, como lo señalara el padre Francisco de Roux, S. J., en Colombia:

1- Un vacío ético.
2- Un vacío de comunidad civil.
3- Un vacío de Estado.
4- Un vacío económico. (31)

Lo que trae consigo la exclusión social, el fracaso escolar, el desempleo, el madre-solterismo, con un índice elevado de violencia intrafamiliar, en una cultura transgresora creada por el mismo mundo adulto, de tal forma que se comenta que la madre del sicario medellinense, aconseja a sus hijos:

- M’ijito consiga plata honradamente y si no… consiga. - en un doble mensaje, inductor de la psicopatía y la sociopatía, al establecer lo que la psicoanalista estadounidense Adelaida Johnson (32) llamaba un superyó lacunar, con huecos como el queso Gruyére, que carece de la consistencia y contundencia de la Ley.

En España, tenemos a los Okupas, los Makiners y los Pelats catalanes, con nuevas relaciones entre lo público y lo privado, ya sea por medio de la tecnología, las cabezas rapadas, el mundo gótico, en un mundo postmoderno, basado en las emociones y sentimientos intensos, más allá de cualquier contrato social, quienes se expresan más por medio las actuaciones grupales, más con el cuerpo que con el verbo, porque, como ya lo señalara Peter Blos (33), la mayoría de los adolescentes buscan una ruptura con toda normativa, en busca una ética hedonista, que pretende evitar el dolor, que puede tener un cauce vital como sucede en el caso de las guerrillas de liberación, como algo necesario, que hace ineludible el conflicto entre padres e hijos, pero da salidas valiosas, siempre y cuando el enfrentamiento no se delegue en la escuela o la comunidad, como asunto indispensable para alcanzar la autonomía, la libertad y la responsabilidad, que ella implica, para hacer el pasaje a una adultez más plena, siempre cuando tengan a
su lado adultos asimismo responsables, honestos e idealmente sabios, para interpelar al joven y oponer resistencia a ese empuje corporal adolescente, mediante la confrontación honesta y clara, la escucha, la mirada y el sentimiento, porque más que reprimir la rebeldía juvenil, de esos cuerpos desbocados, denegadores de la norma, de lo que se trata es de ofrecer resistencia a las conductas de riesgo, mediante una clara negativa de parte del mundo adulto, para que puedan introducir cierto control e inducir a una ética del cuidado de sí mismo, para lo cual los padres, los profesores, los policías y el mundo adulto, en general, debemos prepararnos, porque no se trata de generar sujetos acríticos, obedientes, conformistas y subordinados, con gran dificultad para rebelarse, ni dar lugar a un individualismo competitivo, ni de inducirlos al consumismo sino de ayudar al adolescente a crearse un criterio y una filosofía de la vida propia, a tener el coraje de ser, como nos lo enseñara Paul Tillich (34).



Notas:
1) Salazar Rojas, D. Cultura y adolescencia: Los adolescentes y la cultura: la conducta y la “buena educación”. http://www.codajic.org/sites/www.codajic.org/files/Cultura%20y%20Adolescencia%20Diego%20Salazar%20Rojas.pdf
2) Anna Freud y los mecanismos de defensa. http://www.slideshare.net/CyberTechCybertech/anna-freud-y-los-mecanismos-de-defensa
3) Braunstein, N. El Goce. 3ª. Ed., Siglo XXI editores, México, 1988, 245 pp.
4) Lacan, J. El estadio del espejo como formador de la función del yo [“je”] tal como nos lo revela la experiencia psicoanalítica en Escritos I. 3ª. edición, Siglo XXI editores, México, 1976, p. 18.
5) Madrid, J. y Antona, A. Programa del Adolescente. Ayuntamiento de Madrid. Área de Salud y Consumo, Madrid, 2000, s.p.
6) Silber, T., Munist, M., Maddaleno, M. y Suárez, E. Manual de Medicina de la adolescencia. Organización Panamericana de la Salud. Serie Paltex para ejecutores de Salud 20: 587-600, 1992, Washington, D.C. Organización Mundial de la Salud.
7) Marx, K. El Capital. http://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx- eng/capital1/1.htm
8) De Greiff, L El relato de Sergio Stepansky. http://www.poesi.as/lgr36020.htm
9) Dal Maso, Silvina. Superyó: respuesta neurótica a la pulsión de muerte y desafío al quehacer analítico. Investigaciones en Psicología, 14(3): s.p., 2009.
10) Diccionario de Psicología. Desamparo (Estado de).
11) http://psicopsi.com/Diccionario_de_Psicologia_letra_D_Desamparo.asp
12) Scheler, M. El puesto del hombre en el cosmos. http://www.aacounselors.org.ar/adjuntos/Biblioteca%20AAC/Scheler,%20Max%20%20El%20puesto%20del%20hombre%20en%20el%20cosmos.pdf
13) Freud, S. Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico en Obras Completas (t XII). Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1980, pp. 217-231.
14) Brito, R. Hacia una sociología de la juventud. Algunos elementos para la deconstrucción de un nuevo paragadigma de la juventud. Última Década 009 Centro de Investigación y Difusión Poblacional de Achupallas, Viña del Mar, Chile, pp 1-7.
15) Náteras, A. y cols. Jóvenes, culturas e identidades urbanas. Universidad Autónoma de México/Grupo editorial Miguel Ángel Porrúa, Mexíco, 2002, 439 pp.
16) Elías, N. El proceso de civilización. Fondo de cultura económica de España, Madrid, 2011, 674 pp.
17) Dolto, F. El caso Dominique. 2ª. edición, Fondo de cultura económica, México, 1976, p.238.
18) Sábato, E. La resistencia. 4ª. edición, Seix Barral, Barcelona, 125 pp.
19) Erikson, E. H. Sociedad y adolescencia. 19ª.edición, Siglo XXI editores, México, 2004, 158 pp.
20) Mahler, M. y cols. El nacimiento psicológico del infante humano: simbiosis e individuación, Marymar, Buenos Aires, 1984, 324 pp.
21) Kancyper, L. Adolescencia y a posteriori. Revista de Psicoanálisis, 42(3): 535-546, 1985.
22) Winnicott, D. Realidad y juego. Gedisa, Barcelona, 1994 pág. 32.
23) Kernberg, O. Trastornos graves de la personalidad. Manual Moderno, México, 1987, pp. 9-12.
24) Horney, K. La personalidad neurótica de nuestro tiempo. 4ª. ed. Paidós Ibérica, 1981, 240 pp.
25) Gómez, Jorge. El psicoanálisis en el fin del milenio.
26) http://pendientedemigracion.ucm.es/info/nomadas/0/jgalcala.htm
27) González, F. Los negroides. Editorial Bedout, Medellín, 1973, s.n.pp.
28) Paz, O. El laberinto de la soledad. Fondo de cultura económica de España, Madrid, 1996, 400 pp.
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