viernes, 16 de mayo de 2014

El miedo a la oscuridad y otras cegueras

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hace tiempos, un grupo de excéntricos realizó en Estados Unidos (país que vibra con las estadísticas y los “tops”) una encuesta sobre los catorce peores miedos de la humanidad. La pregunta era: ¿qué le causa más miedo? El insólito resultado arrojó como “ganador” el miedo a hablar frente a un auditorio. El temor a la muerte, por ejemplo, ocupó el séptimo lugar. En el curioso sondeo aparecieron miedos a la soledad, a volar, a la mordedura de un perro, a subir o bajar por una escalera eléctrica, a la quiebra financiera. En cambio, lo más sorprendente, por lo menos para mí, es que el miedo a la oscuridad clasificó de duodécimo. Siempre he tenido pavor por las tinieblas físicas y espirituales. Y también por “esa oscuridad que ven los ciegos”, al decir de Shakespeare.



Años ha, cuando estaba en la adolescencia (si hoy dicen “adulto mayor”, ¿se podrá decir adolescente mayor?), leí un sobrecogedor relato de H.G. Wells, El país de los ciegos. En síntesis, el cuento habla de las peripecias de un “vidente” que llega, de forma accidental, a esa región insospechada y, para su desgracia, la facultad de ver no le sirve para nada. Todo allí estaba diseñado para los que carecían de visión. Ni siquiera el tuerto podía ser rey en aquella extraña comarca. Uno de mis miedos fundamentales es a quedarme ciego. A veces he soñado (o, peor, tenido pesadillas) con esa posibilidad aterradora. Y me he despertado invadido de oscuridades y sobresaltos. Y he recordado, sin querer, la ficción del autor británico y también he intentado en esos momentos de espanto entender la actitud de Demócrito de Abdera, atomista griego, que se arrancó los ojos porque la realidad exterior y visible no lo dejaba pensar. Esta actitud me es incomprensible.

Al leer La casa de las dos palmas, de Manuel Mejía Vallejo, volví a repensar en la oscuridad shakesperiana y recuerdo las emociones que me causó un personaje como Zoraida Vélez, mujer de luces interiores, que reinventa el mundo mediante el olfato y el tacto y el oído y el gusto. Zoraida, la ciega, ve hacia adentro. Es música y perfume. Arpegio de guitarra. Cuerda bien afinada. Sabor a hierba húmeda. Aprende a recorrer los espacios como si en realidad viese. No quiere, por ejemplo, que su amante sepa de su limitación visual. Luz lejana. Recuerdo de extinguido arrebol. Y Medardo, otro personaje, tiene la clave de la imaginación: “La sabiduría del ojo es mirar lo que no existe”. Zoraida es canción y viento y silbo de pájaros. Y dolor. El dolor que ocasiona el no poder ver las luces del amanecer.

Al encontrarme con Zoraida Vélez y con sus oscuridades, memoré a Lucía, una muchacha de Copacabana, que se quedó sin luz en los ojos. En cambio, la luz se le regó por todo el cuerpo. Y por la mente. Mujer luminosa. A la guitarra le extraía armonías imposibles. Hacía llorar las cuerdas. Y su voz, quizá susurro de palmeras, convocaba al ensueño. Era un desafío para la luz. No sé cómo lo hacía, pero pintaba. Y en sus dibujos había soles y lunas y noches de estrellas. Veía con las manos y los oídos. Veía, en todo caso, más que nosotros los videntes. Y nos enseñaba a mirar. “El ojo tiene que aprender a imaginar muchas cosas”, decía. Ella, como Medardo, sabía mirar lo que no existía.

He creído, de otro lado, que la miopía es una ceguera parcial, y notado que los cortos de visión son seres reconcentrados. Tienen amplio conocimiento de la oscuridad y saben del valor de la luz. Uno los ve (o medio los ve) aferrados de los libros, caras de ausencia, interiorizados. Se encierran en sí mismos. Escuchan sus músicas interiores. Monologan. No gustan de bailes ni de amontonamientos. Cultivan su individualidad y por alguna razón que no he investigado, no se masifican. Y parecen tener una inclinación hacia la locura. Bueno, es apenas una creencia o presunción que tengo, motivada, tal vez, en mi miedo a las tinieblas.

Edipo quiso autocastigarse sacándose los ojos. Las tinieblas como modo del infierno. Demócrito, en cambio, se privó de la luz para ejercer el pensamiento. Escribió setenta y dos obras. La oscuridad como fuente de conocimiento. Borges, un ciego de maravilla, hizo una de las defensas más bellas de las tinieblas en su Elogio de la sombra. “El tiempo ha sido mi Demócrito”, sentenció en algún verso. Luz y sombra. Sombra y luz. No puede existir la una sin la otra. La oscuridad, como la soledad, es una ausencia. Ver lo que no existe es un privilegio. No ver lo que existe es una tragedia, como la que les sucedió a casi todos los personajes del Ensayo sobre la ceguera, de Saramago. Lovecraft, un escritor de miedos distintos a los de Poe, advirtió que la emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, “y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido”.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.