jueves, 8 de mayo de 2014

La oveja. Una crónica

Cecilia Ferreiroa (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Lo primero que hice al llegar fue tirarme al río. El aire estaba quieto. Era un calor aplastante que hacía presión sobre las cabezas. Incluso en el agua sentía calor.



La corriente estaba detenida. Hasta que en un momento el río empezó a correr en la misma dirección en la que iba yo. Al principio lo hizo levemente, como si se inclinara un poco y me ayudara con reserva, con cierta reticencia. Avancé llevada por ella y cada vez se fue haciendo más fácil. Veía pasar los árboles como si alguien los tirara de atrás. Cuando giré para volver, la corriente empezó a empujarme con fuerza. Había recrudecido y me arrastraba. Casi no podía avanzar. Nadaba con todas mis fuerzas pero me costaba dejar atrás el mismo árbol, que permanecía erguido y expectante ante mi tendencia a quedarme ahí. Si bajaba un poco el ritmo, la corriente me empujaba para atrás, con fuerzas renovadas.

Llegué a la casa bastante tiempo después, muerta de cansancio. Fernando me dijo que estaba preocupado, aunque no se había movido del jardín. A veces la preocupación es solamente algo que nos acompaña, como una música. Los tábanos me picaban fuerte, así que corrí a secarme.

Un pájaro enorme bajó y caminó cerca de la orilla del río. Le dije a Fernando: Mirá esa gallina toda negra. Él me corrigió con mal tono. No era una gallina, era una pava del monte. La pava remontó vuelo a los gritos y se escondió en un árbol del otro lado del río. Parecía muy molesta conmigo. Fernando también por haberla espantado.

A la mañana siguiente me despertó la pava del monte con sus gritos desaforados, nerviosos. Todo le molestaba.

Me levanté y me senté a desayunar en la galería. Los jejenes me picaban sin pausa.

Vino un vecino y nos dijo que río arriba se había caído una oveja al agua y que iba a llegar flotando. Estuve el resto de la tarde mirando el río y creyendo ver la oveja. Cada bulto que pasaba me parecía ella. Quería que pasara y se fuera. No quería topármela mientras estuviera nadando. Era un miedo que siempre tenía al nadar: encontrar algo muerto debajo o flotando en el agua marrón. Fernando decía que mi fantasía tenía que ver con tantas películas policiales que veía, que tenía la cabeza llena de esas boludeces. Yo le decía que debía haber una causa más profunda. Pero la verdad es que en muchas películas que veía aparecían cadáveres flotando en la orilla del río.

El día pasó sin rastros de la oveja. No me metí a nadar porque estaba muy impresionada por su presencia en el agua. De pronto el agua me parecía sucia.

La hora de los jejenes me fue llevando hacia adentro de la casa.

Al día siguiente los gritos malhumorados de la pava de monte me despertaron. El río corría hacia la desembocadura. Me alegré al pensar que la oveja habría pasado durante la noche. El hecho de que ya fuera el día siguiente me hacía pensar su paso como algo lejano. Les pregunté a los vecinos si la habían visto. A pesar de que todos habían estado pendientes, nadie había llegado a verla. Había pasado silenciosa, solitaria, en la intimidad de la noche y se había perdido en la enormidad del río. Me dio ternura ese pudor, como si ella misma hiciera su propio duelo.

Estaba segura de que la corriente ya había lavado todo. No sé por qué pensaba que la contaminación estaba en el agua como si fuera un bote que pasa y se va.

A la tarde me tiré a nadar al río. Nadé hasta la otra orilla. Cuando llegué al otro lado, miré hacia adelante. Y la vi. Ahí estaba, delante de mí, a pocos metros, yéndose lentamente. Estaba recostada sobre el lecho del río, de volcada hacia un lado, como echada sobre el pasto, descansando. Grité: ¡la oveja, la oveja! Fernando vino corriendo hasta la orilla. Me gritó que saliera. Nadé rápido, con desorden y velocidad, tragando agua. Salí disparada del río. Los tábanos me picaban pero yo me quedé mirando cómo la oveja desaparecía por la curva, sin prisa, en su camino hacia río abierto. El río parecía tierra firme y ella parecía dormida.

Más tarde apareció otra vez, entrando por la curva. Al verla sentí un golpe seco en el cuerpo. El agua la traía de vuelta en la misma, exacta, posición. En un momento la corriente paró y la oveja se quedó detenida. Todavía mantenía su forma, pero había algo perturbador. Por dentro o por debajo la descomposición trabajaba en las sombras, desparramando los desechos en el agua. La oveja empezó a moverse otra vez hacia la curva. Rogué que esa vez se fuera definitivamente.

Me quedé en el muelle el resto de la tarde. Vigilaba su regreso. No sé por qué siempre me quedaba mirando lo que no quería ver y después tenía pesadillas horribles. No quise contarle a Fernando por qué estaba ahí. Cuando la corriente cambió hacia adentro, pensé que la iba a volver a ver. Cada cosa que aparecía por la curva me sobresaltaba. Me daba miedo verla descompuesta, pudriéndose; pero también me daba miedo verla igual, recostada como si nada estuviera pasando, como si la muerte mantuviera una cáscara de normalidad. Por suerte la oveja no apareció. Los mosquitos aprovecharon mi quietud y me picaron por todos lados.

A la noche un vecino nos dijo que había aparecido en la playita de una casa cercana, del otro lado de la curva. Él la había empujado nuevamente al río. Nos dijo que estaría yendo y viniendo porque por un problema de corrientes y de accidente del terreno no agarraba el camino que la llevaba a río abierto. Quién sabe cuántas veces había pasado en todo este tiempo. Temí que nunca se fuera, que se desintegrara así, ante nuestra vista, deshaciéndose poco a poco, como un decaimiento, como el atardecer de este otoño en el que todavía la espero y creo verla en cada bulto que se acerca.

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