jueves, 29 de mayo de 2014

Los epitafios de Edgar Lee Masters

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Todos están muertos. Y se comunican a través de sus epitafios, de un modo dolido y bello. Están durmiendo en la colina el criminal y el asaltante, el juez y el navegante, el traficante y el ladrón. Trainor el boticario y Jones el indignado. También yacen para siempre el diácono y el procurador y un perro fiel y un médico. Muertos todos. Es curioso: no sueñan bajo tierra ni el barbero, ni el sastre, ni el zapatero remendón, ni el cuidador de garajes. Olvidados por el poeta, son como almas justas que escaparon del infierno y de la sospecha.



Todos están muertos. Vivieron en un imaginario pueblo, Spoon River, creado con prodigio por el poeta estadounidense Edgar Lee Masters, que alcanzó la inmortalidad con solo esa obra perturbadora: Antología de Spoon River. Lo demás que escribió, alimento para el olvido.

Pintando con brevedades, con palabras contadas a sus personajes amargos, frustrados, víctimas del amor y del odio, Masters logró una obra maestra de la literatura universal. Y con el recurso, por demás ingenioso, de interrelacionar epitafios, el poeta hace hablar a los pobladores de Spoon River más allá de la vida, más allá de los sueños, más allá del tiempo y del espacio. En la nada. En la muerte. Es poesía narrativa, con visos novelescos por la conexión que existe entre sus más de doscientos personajes.

Alberto Girri, escritor argentino, traductor de Masters en lengua castellana, dice que “Antología de Spoon River” es bastante más que un mero libro de poemas, original y profundo; literariamente, sus temas, ambiente y caracteres anticipan muchas facetas de la gran narrativa norteamericana. Lee Masters nació en Kansas, en 1869, vivió largos años en Illinois y murió en Pensilvania, a los 81 años.

La Antología está llena de inscripciones funerarias. En rigor, su escenario es una gran necrópolis. “¿Dónde están Ella, Mag, Lizzie y Edith, la de corazón sensible, la del alma simple, la vocinglera, la orgullosa, la feliz?”, se pregunta el poeta. Y aunque no hubiese respuesta, uno sabe que todas, todas están durmiendo en la colina.

En Spoon River se guardan sorpresas y maravillas. Se topa uno con el viejo Bill Piersol, “que se enriqueció traficando con los indios”, y con Robert Fulton Tanner, el ferretero que inventó una trampa para ratas, y se duele con su epitafio: “Pero un hombre nunca podrá vengarse de ese ogro monstruoso que es la vida”. En aquel cementerio enorme y ficticio están enterrados esperanzas, desasosiegos, suicidios, penas, desamores y los odios humanos y las bajas pasiones y la vanidad. La muerte, al fin y al cabo, lo cura todo.

Hay en esa creación poética una lucha contra el olvido. No transcurre el tiempo. Es ilusorio. Solo hay espacios para el reposo eterno. Hay también galardones para aquellos a los que, en vida, merecieron elogios, y, en muerte, solo desmemorias: “¿Cómo ocurrirá, decidme, que ahora yazgo aquí, olvidado, ignorado, mientras Chase Henry, el borracho de la ciudad, tiene un pedestal de mármol, rematado por una urna en la cual la Naturaleza, por irónico capricho, ha sembrado césped en flor?”

En Spoon River duermen ese sueño sin sueños el jefe de la policía y su asesino Jack McGuire, y el jugador de cartas As Shaw que pensaba que “todo es azar”, y un hombre que se escapó de su casa tras un circo, en persecución amorosa de la domadora de leones, y Jack el ciego, tocador de violín, y un hombre que quiso escribir una novela épica pero nunca tuvo tiempo.

En esa cama de silencio dormitan para siempre Sonia la rusa, y un poeta que escribió: “¿y qué es el amor sino una rosa que se marchita?”, y está la puta del pueblo, y Anthony Findlay que tenía como lema “es mejor ser temido que amado”, y un tipo inspirado en Las metamorfosis de Ovidio, y también, cómo no, el cincelador de epitafios.

Todos están muertos. El historiador que escribió sin conocer la verdad o que fue inducido a ocultarla, y el soldado que murió de balazos en las tripas, y Lucinda, cuyo epitafio reza, con dolorosa hermosura: “hace falta vida para amar la vida”. Todos están muertos. El ateo del pueblo también. Él aspiraba a la inmortalidad y supo, en la tumba, que “la inmortalidad no es un don, la inmortalidad es un logro”.

Edgar Lee Masters logró la inmortalidad hace tiempos. Sería interesante que usted, amigo lector, busque en la Antología de Spoon River un epitafio apropiado. Todavía tiene tiempo.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.