viernes, 16 de mayo de 2014

Maldades vencen divinas señales

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A veces es tanta la maldad, que vence a las divinas y embusteras inclinaciones y señales malas de la cara y los gestos, como sucedió a un obispo que iba a ser beatificado y que moría de apostema en la garganta, que viéndolo un médico, dijo que era porque tenía como un “mida”, larva del brugo, especie de pulgón que brujea, y un bucéfalo, como el gusano intestinal del caballo de Alejandro dotado de poderes sobrenaturales.



- Parece chupado por los santos, dijo un aprendiz de fisiónomo.

El médico, girando libremente su ojo sobre un pivotito como el que sirve de punto de mira en las escopetas de feria para hacer la puntería, atusándose el pelo con la bruza, cepillo de cerdas espesas, dirigiéndose al aprendiz de fisiónomo, después de mirarle al enfermo la garganta, dijo:

- Bubónicos tumores o bubas grandes relativas al bubón son.

El enfermo, tapándose el agujero de la garganta como podía, como el que raja madera o leña, empezó a hablar diciendo

- Yo, pecador de mi, hice lo que me dijeron. ¡Malhaya. Me dejé arrastrar por sus consejos.

Bruselas, hierbas doncellas se veían por la ventana si descorrías los visillos o cortinillas de ventana y mirabas al campo. Una moscarda, especie de mosca mayor que la común daba vueltas alrededor de la luz de una lámpara colgada del techo como sopuntando, poniendo uno o varios puntos debajo de algunas sombras erradas que parecían letras anunciando el espíritu santo.

El aprendiz de fisiónomo dijo:

- Este es el requisito necesario para dar validaz solemne a la santidad del obispo.

Respondiendo el médico:

- Esto es un solemne desatino para la muerte de un solemne majadero. Pues este obispo no hubiera sido tal si no se hubiera dedicado a la religión.

La cera purificada para blanquear los pecados del obispo extinguía la llama. A los niños guerreros, que se encontraban en la sala, se les dió, para que se aquietaran, un muñequito de policía leñero, sacándoles de la sala.

Había una niebla espesa con olor a sobaco de mono , una niebla grande, brumazón, que una plañidera del color de la pez, saliendo de su duelo y quebranto, embotellaba para llevar a analizar al Laboratorio Municipal, pues como dijo ella: “esta niebla no es como la niebla cuando gobernaba franco”.

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