viernes, 16 de mayo de 2014

¡Tengo qué…!

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



La enorme pelota seguía girando al ritmo de un monótono tack- tack que impactaba sobre su corteza. El joven Gonzalo R. era uno más entre los millones de habitantes en ese espacio debilitado por la fuerza de un poder anacrónico, decrépito. El corazón de la pelota era un cuadrado gris opaco, en su interior la vida se desarrollaba entre márgenes precisos tan tajantes como determinantes formadores de un futuro que habría de nacer amniótico, envuelto en arcaísmos intolerables.

Fue creciendo e incorporando pautas preestablecidas que habrían de convertirlo, pensaban sus hacedores, en un hombre íntegro, cabal, típico exponente de una sociedad ordenadamente occidental y cristiana.

Aprendió cada lección capítulo por capítulo: -hay que lavarse los dientes después de cada comida. También las manos antes de comer. Estudiar mucho, dejar las distracciones para otros momentos, cuando sobrara el tiempo.

Tenía que saludar a la señora que pasaba por enfrente aunque no tuviera ganas de confraternizar con lo más parecido a una arpía que se había cruzado por su vida.

-Buenos días, señora, ¿cómo está usted? Sería la correctísima pregunta a formular. Aunque en realidad le importara tres carajos.

No robar, no matar, ser humilde, acatar las órdenes de los mayores que por su experiencia siempre debían ser escuchadas y sin chistar, en ese mundo que rebalsa nones.

Aprendió a rezar antes de ir a dormir y a agradecer el pan que gracias a Dios, podría encontrar en la mesa luego de las interminables horas de esfuerzo de sus padres, que quedaban clandestinizadas por imperio de la fuerza divina. Gonzalo R. logró incorporar cada técnica de buena convivencia, repetida, no pocas veces, por las personas de su entorno durante la infancia contenida en el colador por donde se escapa la niñez. Sin embargo, sentía que faltaba algún capítulo no revelado; algo que no le habían enseñado, ni siquiera mencionado, aunque no lograba develar su esencia.

Entre normativas y deberes a realizar Gonzalo también aprendió que “hacer” se escribe con hache y con ce; que hay diptongos y triptongos, diéresis y tildes. Palabras agudas y esdrújulas. Sinónimos y antónimos. Que hay bien, hay mal -aunque a veces cambien de lugar- y también hay más o menos, aunque esto último lo fue descubriendo solo.

Aprendió que los sustantivos comunes se escriben con minúscula –como todo lo común- y los propios –y ajenos- con mayúscula, quedando igualados ortográficamente héroes con villanos. Hombres con geografías.

Con mayúscula tanto debía escribirse Hitler como Gandhi, o Bush como Fidel. Con mayúsculas también se escribiría Galeano, Miguel Hernández, Neruda, García Lorca como Vargas Llosa, Arena Fuentes o Régis Debray, unos referentes del pueblo y del anti pueblo los otros.

El joven también aprendió que se defeca hacia abajo. Siempre, siempre.

Fue una noche sin estrellas cuando se le ocurrió intentar sus primeros versos, pensando que tal vez pudiera estar dilucidando la lección no incorporada, que podría radicar en la búsqueda de su libertad, eligiendo qué hacer sin tener que acatar una exigencia basada en patrones enquistados. Intentó crear su poesía como algo casi espontáneo, donde habría de leerse: “la rosa empujó a mi madre/ desbarrancándola por el jardín de su vida…”

Orgulloso de sus versos quiso compartirlos, tropezando con el adoquín rompe sueños que a veces se atraviesa en los caminos.

-¿Estás loco? Fue la respuesta inesperada ¿De dónde sacaste que una rosa puede empujar a alguien? ¡Eso no es poesía!

El joven, incapaz de transgredir modelos garabateados vaya a saberse por quiénes, bajó su mirada, rompió la hoja donde hasta ese momento se podía leer lo que consideró su logro final, el que entrañaba su sentimiento más profundo y deshojó su rosa dispuesto a retomar su camino rutinario, sintiendo en la boca el gusto amargo del fracaso.

Gonzalo entró en crisis, como un médium en trance comenzó a repetir con la fuerza de quien eleva un mantra hacia algún lugar ubicado fuera del enorme cuadrado situado dentro de la pelota, que impávida, repetía su monótono tac-tac:

-Esto está bien; esto está mal. Debo hacer, no debo hacer. Tengo que bañarme; tengo que almorzar; tengo que ir a trabajar; tengo que prepararme para ser alguien. Ser alguien, ¿Ser quién? ¿Quién elige por mí? ; tengo que…, tengo qué… ¡Tengo qué…! Insistía como ensañado consigo mismo.

El joven que fue superando la metamorfosis de la vida mientras comenzaba a perder la rapidez que tuviera aquella vez que llegara primero entre millones, tomó conciencia, inesperadamente, que era apenas uno más entre cientos de miles domesticados, fieles reproductores de esquemas inflexibles convertidas en barreras infranqueables.

-Tengo qué… murmuraba entre lágrimas compuestas por la mezcla de sensaciones inexplicables, hasta que de pronto una sonrisa inesperada, casi inoportuna en el estado en que se encontraba, lo despertó del trance, iluminando el óvalo de su rostro, sacudiendo su juventud dormida.

-¡Tengo que aprender a ser feliz, a transgredir tanta imposición! ¡Ese es el capítulo de la historia que no me enseñaron! Gritó con la alegría de quien descubre la vida que creía ahogada para siempre.

¡Ser feliz, ser feliz, ser feliz! Repetía como queriendo sacudirse de su propio letargo.

Gonzalo R. tomó una hoja de papel, la estrujó con fuerzas dejándola ajada, tanto como estaba su vida y escribió como aquella noche sin estrellas: “la rosa empujó a mi madre/ desbarrancándola por el jardín de su vida…”

Celebró su frase, la repitió mil veces o más. Le pareció sublime, mágica, maravillosa, tal vez, pensó, no es tan bella ¡Pero es mía!

Gonzalo R. uno más entre los millones de habitantes en ese espacio debilitado por la fuerza del poder anacrónico, decrépito, rompió el margen preciso del impecable cuadrado donde viviera hasta ese momento, sintiendo que no siempre las cosas son tal como se le ocurrieran a algunos. Comenzaba a dirigir sus propios pasos.

La enorme pelota, casi despanzurrada, continuaba danzando su tac- tac impactando sobre la corteza cada día más debilitada. Las aristas del cuadrado comenzarían a quebrarse poco a poco.

Ilustración: “Joven” obra de la artista visual argentina Beatriz Palmieri

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