jueves, 29 de mayo de 2014

Todo lo que usted siempre quiso saber sobre las brujas de Salem y nunca se atrevió a preguntar

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Leer escuchando el Aleluya del Oratorio El Mesías, de Haendel, como fondo (funciona como antídoto).



Alice Parris quería reivindicar el buen nombre de la familia. 300 años atrás, su antepasado, la esclava negra Tituba, de desconocida procedencia -¿del África?, ¿de La Martinica?- había sido condenada por bruja en el pequeño pueblo de Salem, Massachusetts, en 1692. Cabe decir que Alice llevaba el apellido de quien fuera el amo de Tituba allá por fines del siglo XVII, cuando tuvieron lugar los hechos tristemente célebres del poblado: el reverendo puritano Samuel Parris. Era costumbre que los esclavos tomaran el nombre de sus amos. Así fue como se constituyó la familia Parris con gente negra, paralelamente a los Parris blancos, provenientes de Irlanda, previo paso por las Antillas, todos devotos puritanos. Obviamente los negros eran los esclavos de los blancos.

Hoy Alice era guía turística. En todo su linaje se había mantenido el color negro, pues nunca había habido cruce con personas blancas. Los Parris negros eran ya una legendaria familia en el Salem actual. Varios de ellos habían llegado a la universidad. Y uno en particular -Oswald- había amasado una considerable fortuna con su tienda de electrodomésticos. El padre de Alice tenía una modesta imprenta, con la que no vivían mal.

Los Parris blancos, por el contrario, descendientes directos de aquel viejo reverendo llegado a Salem desde las islas del Caribe trayendo como esclava a Tituba junto a su propia hija Elizabeth y a su sobrina Abigail Williams, no habían tenido la mejor de las suertes. Peso a ello, la familia se fue quedando en el poblado y, andando el tiempo, ya nunca se fue. Por supuesto, siguieron siendo consecuentes puritanos, rígidos en sus creencias. Hoy, la que se consideraba la más directa representante de la familia Parris blanca, Candy, también trabajaba como guía de turismo, para el caso bajo las órdenes de Alice.

Ésta, casi como historiadora/detective/arqueóloga aficionada, estaba empeñada en aclarar esa oscura historia que continuaba siendo motivo de fascinación…, y también de vergüenza. La prácticamente totalidad de quienes visitaban el poblado lo hacían por las resonancias que había con toda la historia de los famosos juicios del siglo XVII. Si por algo era conocido Salem era por su historia de brujas.

Todo eso era motivo de cierta sonrisa cómplice entre sus habitantes. Nadie creía realmente en brujas, aquelarres ni alianzas con el demonio. No creían…, pero nadie lo negaba categóricamente. En realidad, eso hacía parte de un pacto secreto. En muy buena medida la economía del poblado dependía de los turistas que venían “a ver brujas”; por tanto, mejor no negarlo, mejor seguir la corriente. A nadie hacía mal, y por otro lado, era hasta divertido. Para Halloween las ganancias se disparaban exponencialmente. ¿Quién se querrá perder eso?

La rivalidad entre las dos familias Parris era histórica. Asentaba, por supuesto, en un racismo profundo que recorría buena parte del país, por no decir todo. La gente negra traída del África siglos atrás, aún al día de hoy, aunque hubiera obtenido cierto éxito económico como estos Parris, era discriminada. Alguna vez Candy dijo -cosa que llegó a oídos de Alice, y la desesperó- que ella, Candy, era “pobre pero no negra”.

“¡Bruja hija de puta!”, fue la reacción de la aludida. “Bruja… ¡y racista!”

En realidad lo que Alice buscaba afanosamente era limpiar la historia truculenta que acompañaba a su familia. O, en todo caso, buscaba venganza. La esclava Tituba era el punto de partida de la pelea.

Tres siglos atrás había tenido lugar el elemento desencadenante, y desde ese entonces eran más las cosas no dichas, lo silenciado, que lo que realmente se decía en el pueblo. Existía ese tácito acuerdo de silencio porque, en definitiva, la mentira urdida daba dinero con el turismo. Y en un país como Estados Unidos cualquier cosa se debe dejar de lado anteponiendo el dinero como lo primero. Si ahí hay un dios (¡o un diablo!) todopoderoso, es el dinero. “Poderoso caballero es don dinero”, gustaba de citar Alice en un muy buen español, dado que hablaba perfectamente esa lengua (igual que el francés) para su trabajo de guía turística.

Las confesiones de Tituba tres siglos atrás habían sido el disparador de esa cacería de brujas que se dio por un determinado período en Salem. Las hipótesis para explicarlo, al menos hoy día, eran varias. Quizá el clima de loco puritanismo, de fanatismo religioso en que vivía la población por aquel entonces había permitido esa andanada de denuncias, de ver brujería y demonios por todos lados. Casualmente, siempre las acusaciones iban para gente pobre. Cuando comenzaron a aparecer denuncias sobre connotados del pueblo, los juicios terminaron.

También se dijo que toda esa histeria colectiva respondía a rivalidades entre familias poderosas que se disputaban cuotas de poder, fundamentalmente entre los Putnam y los Porter, a la sazón los más distinguidos de aquel entonces. Las denuncias eran, en ese sentido, “pasadas de facturas”, métodos de presión, arteras armas en una despiadada lucha a muerte para acabar con el otro. Esa gigantomaquia, en definitiva, se servía de algunas víctimas sacrificiales, que para el caso eran las supuestas brujas y brujos que pululaban (o que se inventaban) por el Salem de aquellas épocas.

Toda esa persecución, esa inquisitorial locura colectiva desatada, tenía también como fundamento una misoginia de base, muy propia de la época, que sólo siglos después había ido cediendo, no desapareciendo, pero sí al menos atemperándose. El machismo, igual que el racismo, estaba en la génesis de toda esa fiebre generalizada.

Existía otra teoría aún, que reforzaba las anteriores explicaciones: la población podía haber sido víctima del “Fuego de San Antonio” o “Fuego del infierno”, lo que hoy día, con un lenguaje científico, se llamaría ergotismo. Es decir, una intoxicación causada por el ergot o cornezuelo (Claviceps purpurea), hongo que contamina el centeno, y con menor frecuencia el trigo, la avena o la cebada, y que se ingiere al comer pan preparado con alguno de esos cereales corrompidos. De ese hongo deriva la ergotamina, con lo que en la actualidad se elabora el ácido lisérgico. En otros términos: los habitantes de Salem en 1692 habrían sufrido alucinaciones al igual que si en la actualidad hubieran utilizado LSD. Dado que lo dominante por aquella época era el espíritu religioso, con una fuerte dosis de fanatismo como había, tales visiones permitían ver brujas por todos lados.

Lo cierto es que, sin saberse a ciencia cierta por qué sucedió esa cacería en aquel año fatídico, la historia del pueblo atesoraba ese secreto. Nadie creía en verdad que se tratara de brujas; esas eran las habladurías populares que, al día de hoy, aseguraban el movimiento turístico. ¿Quién podría creer en brujas en la actualidad?

Alice.

Ella, profunda estudiosa de estos fenómenos, era la única de su familia que seguía consecuentemente la pelea entre los dos clanes Parris. Sabía, por tradición oral y por haber desempolvado viejos documentos, que en el momento de los históricos juicios había habido peleas a muerte entre dos brujas, y que esas antiguas luchas estaban marcadas en el destino que esos combates mantendrían por los tiempos de los tiempos en Salem.

Pero sabía también que las peleas entre brujas ¡son descomunales! Las peores de todas, abominables, terribles. El diablo se regocijaba de ello…, según decía la tradición. No había cosa que lo excitara más que ver dos de sus mujeres peleándose por él. Estaba claro que en el clan Parris negro la bruja en cuestión era la desaparecida Tituba. Pero no se tenía certeza sobre quién lo era en el grupo Parris blanco. Alice estaba obsesionada con eso. Sabía, pero más aún: lo sentía, pues la sangre le hervía y había algo visceral que se lo marcaba, que esa lucha estaba recomenzando con una fuerza infinitamente aumentada.

Puntillosa escudriñadora de todo esto como era, en una de sus incansables lecturas había descubierto en un pasaje del Malleus Maleficarum, también conocido como “Martillo de las brujas”, publicado en latín en 1487 por los monjes inquisidores dominicos de origen alemán Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, que las brujas, al ser sometidas a juicio, si no mueren, entran en un período de hibernación por 300 años. Luego de ese tiempo, reaparecen. Y su poder, acrecentado por los años de espera, es más maléfico que antes. En el momento que sucedía esta historia que ahora relatamos, se acababan de cumplir esos años, los tres siglos. Por tanto, alarmadísima, Alice se puso a trabajar denodadamente para terminar de una vez con ese regreso de esta impía mujer de Satán.

Entre brujas, en general, se defienden, se apañan; incluso hasta pueden mantener relaciones carnales. Las escobas, además de vehículo, sirven para eso. Es muy raro que se denuncien. Sin embargo, ello puede pasar. Es casi excepcional, pero sucede. Ello se debe a amores excesivamente grandes de su amo, el demonio, compartido por igual con dos de sus pupilas al mismo tiempo. En esos casos, raros pero no imposibles, no es el mismo demonio el que decide la suerte de las enfrentadas, sino que la pugna queda en mano de las mismas brujas. Y en esos casos, se vale todo. De ahí que puede llegarse al extremo que una bruja, por supuesto con apariencia no brujeril, denuncie a su contrincante ante un tribunal religioso -de la religión enfrentada con el dios Lucifer, por supuesto-.

Nadie lo expresaba con exactitud, pero era conocido en todo Salem, al menos por las familias más tradicionales, que la esclava Tituba, acusada por Elizabeth Parris y Abigail Williams de cometer brujería en su contra, en realidad nunca fue juzgada. Sólo pasó una breve temporada en la cárcel y luego, misteriosamente, había desaparecido. Pero en verdad -así lo decía el libro citado en alguno de sus perdidos rincones, como glosa marginal- que en esos casos de denuncia, quien se fortalecía luego del proceso (en esta situación, con la espera de 300 años) no era la bruja atacada… ¡sino la atacante!

Tituba había sido la atacada. Luego del suplicio aplicado por su amo, el reverendo Samuel Parris -se dice que le introdujo un hierro candente en la vagina para hacerla hablar- confesó su pacto con Lucifer. Entre gemidos y aullidos aterrorizadores, con espuma en la boca reveló -así constaba en las actas de uno de los juicios; no el suyo, sino el de otra presunta bruja: Sarah Osborne- que volaba en su escoba, que mantenía relaciones sexuales pecaminosas (coito anal) con el diablo, que había devorado a cuatro de los hijos nacidos de esos encuentros, y habló de sacrificios con animales como perros negros, cerdos con cola bífida, ratas rojas y lobos que vociferaban palabras humanas sicalípticas y escupían leche mezclada con sangre.

Lo que le resultaba más curioso a Alice es que las supuestas embrujadas por Tituba -Elizabeth y Abigail- nunca fueron exorcizadas, y en ningún lado constaba cómo salieron del embrujo. Se supone que, de haber sido cierto el efecto del hechizo de la negra esclava, ambas jovencitas deberían haber pasado por una cura, un antídoto para “desintoxicarse”. Pero nada de ello constaba en ningún documento. “¿Cómo salieron del hechizo?”, se preguntaba insistente.

Eso había llevado a pensar a Alice que no había tal hechizo (entre brujas no funcionan los hechizos, eso es ya largamente sabido). Era bastante obvio que había sido todo un montaje de las muchachas, seguramente con apoyo de su familia, para forzar un juicio con Tituba. Evidentemente la actuación había funcionado. Los gritos, contorsiones y convulsiones de las jóvenes habían impresionado al público y a los jueces; todo ello era motivo suficiente para enjuiciar a la esclava del reverendo Parris. Era obvio también que el reverendo era parte del plan. De lo que se trataba, en definitiva, era de demoler a la rama negra de esas mujeres de Satán que venían de las Antillas. Las únicas esposas legítimas del Rey de las Tinieblas querían ser las Parris blancas. Candy era la descendiente directa de esa tradición. Por eso, había podido llegar a deducir Alice, había que eliminarla a toda costa ahora que los tres siglos de espera habían culminado.

Cuando Alice lo habló con su padre, el tipógrafo Bruce Parris, dueño de una pequeña imprenta artesanal -Lucy Fer Graphics Workshops-, éste rió benevolente.

“No, hija. Me parece que estás desvariando. Ya quedó más que demostrado que aquella que dicen que fue nuestro antepasada, la esclava Tituba, sólo para seguirles la corriente se declaró bruja. ¡Pero las brujas no existen! Sucede que en aquel entonces, todos unos fanáticos fundamentalistas, veían apariciones por todos lados. ¿Quién podría haberse resistido a esas torturas como dicen que le hizo el reverendo? ¡No hay brujas, Alice! ¡No las hay! Quitémonos todas esas pamplinas de la mente, mi amorcito”.

Esas palabras, así como entraron por una oreja en la cabeza de Alice, salieron por la otra sin dejar la más mínima huella. Su convicción respecto a la historia que se había ido forjando en relación a los pactos con Satán era total, absoluta. Tal como lo era su desprecio -y ahora su temor- por Candy, su empleada blanca, con la que compartía similar apellido.

Candy, en realidad, era una tímida joven veinteañera; trabajaba como guía turística y tenía un novio con el que planeaba casarse y tener tres hijos. Alice tenía 33 años, “la edad de Jesús de Nazareth, ese circuncidado rey de los judíos cuando fue crucificado por subversivo” según gustaba decir. Era soltera, y nunca se le había conocido pareja. La timorata empleada casi no hablada con su jefa. Cuando se dirigía a ella, siempre con sumo respeto, solía ponerse toda roja de la vergüenza. Ni siquiera se le podía cruzar por su imaginación que su superior la detestaba de la forma que lo hacía. Mucho menos que albergaba contra ella todas esas ideas de venganza, de retaliación. Hubiera muerto de terror de enterarse que quería repetir con ella el suplicio del hierro candente utilizado por el reverendo Parris en 1692. De haber sabido que Alice quería lavar el nombre de Tituba, una esclava muerta hacía 300 años, seguramente hubiera echado a reír…, o se hubiera marchado sin decir palabra quizá, entre horrorizada y consternada.

“Se hace la santita, pero es la peor de las peores concubinas que ha tenido nuestro Padre Todopoderoso, el Gran Lucifer, Amo y Señor nuestro y de nuestras vaginas”, vociferaba Alice en la mesa familiar. Ya habían comenzado a pensar en su círculo cercano la posibilidad de una internación en algún hospital psiquiátrico, cosa que, por supuesto, no iba a resultar fácil.

Alice preparó las condiciones para “el gran día”, como dio en llamarlo. Según documentos desempolvados quién sabe de dónde, afirmaba que tenía que ser el segundo miércoles del mes. Para la ocasión, tenía que estar ataviada convenientemente. Por tanto, ese día llegó a su trabajo más temprano que lo habitual y se encerró en su oficina. Se vistió con una toga color púrpura, lo cual llamó mucho la atención luego, cuando se la encontró. Llevó también una pequeña estufa eléctrica con la que calentó el hierro sacrificial hasta ponerlo al rojo vivo. Con unas tenazas pensaba retenerlo, para cuando comenzara la operación planificada. A tales efectos preparó sendas tazas de café; la destinada a Candy tenía suficiente soporíferos para dormir a tres elefantes, como mínimo. A las 8: 35 de las mañana, unos minutos después de abierta la agencia y cuando se informó que ya su empleada había llegado, la mandó a llamar a su despacho con cualquier excusa. Candy, temblorosa, se presentó de inmediato.

Lo curioso es que nadie la vio salir. La taza destinada a ella no había sido tocada, y el hierro candente, increíblemente retorcido, se alojaba en la sangrante vagina de Alice, no en la de Candy. El médico forense de la policía, a eso de las 9 de la mañana, estimó que hacía una media hora que había sucedido el hecho. Nadie escuchó gritos, nadie sintió forcejeos; nada había fuera de su lugar en la oficina de Alice. Solamente su cuerpo con ese hierro clavado, todavía algo caliente cuando la encontraron.

Lo llamativo fue el papel hallado junto al cadáver. Era una fotocopia de un libro que se suponía bastante antiguo. Luego los investigadores del FBI pudieron determinar que se trataba del “Malleus maleficarum”. La fotocopia presentaba un texto en latín, abajo del cual se veía una traducción al inglés escrita a mano, en color azul. Algunas empleadas de la agencia de viaje, sin poderlo asegurar de modo categórico, dijeron que creían era la letra de Candy. El texto de marras decía: “Las brujas de la clase superior engullen y devoran a los niños de la propia especie. (…) Ésta es la peor clase de brujas que hay, ya que persigue causarle a sus semejantes daños inconmensurables. (…) Entre sus artes está la de inspirar odio y amor desatinados, según su conveniencia; cuando ellas quieren, pueden dirigir contra una persona las descargas eléctricas y hacer que las chispas le quiten la vida, así como también pueden matar a personas y animales por otros varios procedimientos”.

Lo más inexplicable fue la inscripción encontrada en la ropa interior de Alice; era sangre -luego se pudo determinar que porcina-, y en inglés rezaba: “¡Volví!”

Tomado del libro “Cuentos filosóficos, o El lupanar de París”, de pronta aparición.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.