miércoles, 4 de junio de 2014

Amigo

Paula Duncan (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Durante mucho tiempo camino llevando a cuestas el mundo y sus adyacencias. Hasta que el cansancio comenzó a ganarle la partida apareciendo un extraño síndrome depresivo.

Ese amanecer la encontró sentada al borde del barranco que culmina en el río; con los pies colgando y la espalda tan rígida que sólo podía sostenerla apoyando los codos en sus muslos, divagando entre volver a casa donde solo a veces se percataban de su presencia a fin de endilgarle algo que estaba malo seguir su mirada y perderse en el río.

Cuando una mano tibia y enorme se apoyó cálidamente en su espalda, sintió un gran alivio, y al ver que la mano venía acompañada de unos bellos ojos y una sonrisa franca realmente se sintió viva, él le ofreció un café fuerte y caliente, mientras seguía acariciando su espalda que había vuelto a su postura normal.

-¿Cuál es tu nombre? pregunto sin salir de su asombroso bienestar.

-El que más te guste; contestó él abrazándola.

Paso la mañana, y de a poco fue alejándola del agua; se sentaron en un recodo de la vieja escalera de caracol, que bastante descuidada y con muchos yuyos, era un verdadero monumento al descuido, ya no quedaba nada de su antiguo esplendor.

Comieron frugalmente y hasta se permitieron reír por tonterías; como adolescentes que ya no eran.

Al caer la tarde, sintieron la angustia de la despedida, ambos sabían que era un adiós.

-¿Cúal es tu nombre? insistió ella abrazándolo.

Él, disfrutando del abrazo, le contestó - cerrá los ojos y decime que te viene en mente.

Ella le contesto - calor, abrigo, amigo ¡sí te llamaré amigo!

Él sonrió y se despidieron, intercambiando sus respectivos guantes, pequeños los de ella, enormes los de él.

Volvió a su casa algo distraída, con una sonrisa colgando en sus labios y la enorme sensación de estar viva.

Algo cambió en ella, nadie podía entender qué; y así fueron pasando los meses y los años, ya era una bella señora mayor.

Una tarde sentada en el jardín de su casa viendo jugar a sus nietos, llegó un caballero y les dejo algo para ella, el jovencito corrió a darle un paquete muy bien envuelto, lo abrió y ahí estaban sus guantes de juventud, el niño pregunta -abuela ¿quién era ese señor?

Ella con los ojos húmedos contesta, - un amigo; solo un amigo

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