jueves, 12 de junio de 2014

El fantasma de Cortázar en un parque

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Creo que de los pocos escritores que uno puede leer mientras sienta sus cansancios en la banca de un parque, es a Julio Cortázar. La afirmación, por supuesto, es arbitraria y carece de demostraciones matemáticas y, con mayor razón, literarias. El caso es que hay que seleccionar con precisión, aunque el azar también puede ayudar, cuál libro del autor argentino se va uno a llevar para esa parte de la ciudad que despide aromas vegetales (incluido el de la marihuana), es asilo de pájaros y de uno que otro loco, indigente o vago, y en la cual todavía existe la posibilidad de apreciar la autonomía de vuelo de las hojas secas y de alguna mariposa exiliada. De entrada, lo ideal es no cargarse a Rayuela. Exige mayor concentración. Y en esos lugares uno está predispuesto a extraviarse con facilidad. A perderse por los laberintos que forman las jardineras y las sombras de los árboles. Y, en ocasiones, a esfumarse con las últimas luces de la tarde (la luz malva de la tarde, diría “Julito”). Porque, dice uno, las mejores horas para estar en un parque son las próximas al ocaso. Tampoco debe uno hacerse acompañar por Los premios ni por 62 Modelo para armar. Y no me pregunten por qué. Lo más emocionante está en los relatos cortos.

Cualquiera muy avisado podría alegar que también, por ejemplo, Juan José Arreola y Augusto Monterroso son apropiados para leerlos en un parque. Otro podría aducir, con sobradas razones, que algunas brevedades de Rulfo y Borges son igualmente propicias para el efecto. Y la lista podría no tener fin. Lo que quiero exponer, sin abundar en palabras, es que uno puede descubrir todas las facetas de ese espacio público verde-gris, rectangular las más de las veces, si tiene consigo un texto corto cortazariano. Usted puede probarlo con esa suerte de atrocidad que es Cefalea. O con cualquier otro. Lo importante es no perder la pista de lo que pasa alrededor.

Y mientras se está en la deliciosa faena de inmiscuirse en el mundo fantástico del autor de El perseguidor, es indispensable, con determinada regularidad, levantar los ojos del libro y posar la mirada en las piernas de las colegialas. Siempre habrá una muchacha que pasa. Luego, si observa a su derecha (casi todos giran con frecuencia hacia ese lado), podrá ver como las hojas de un almendro o un laurel se transforman en extrañas golondrinas verdes. La ciencia, hasta donde sé, no ha podido explicar todavía esa ilusión óptica. La clave, sin embargo, está en uno de los relatos del cronopio mayor.

El experimento lo realicé, con estupendos resultados, hace algún tiempo en un parque de Medellín. No solo vi pájaros de colores insólitos, sino que el paisaje se me volvió más ancho. La geografía de un parque es insospechada. Mientras me hundía en la mortal exactitud de Los amigos, sentí cómo sobre mi cuello se deslizaba lo que resultó ser un gusanito. Al principio, creí que se trataba de una agresión inesperada, pero al cabo de unos segundos (tal vez varios minutos) supe que me estaba confundiendo con la naturaleza del lugar. Yo era un árbol, quizá un poco raro para el bicho. Y no hubo líos entre los dos. Después, terminada la lectura del relato mencionado, tuve la impresión de que el parque se alargaba con los pasos sensuales de una mujer que portaba un bolso negro y vestía una falda breve, que dejaba ver en ella más de lo que cubría. La seguí con la mirada hasta que su figura tomó la forma de una pared esquinera.

Creo, por otra parte, que un parque tiene más extensión de la que aparenta. A veces se torna horizonte. A veces, cielo. O vuelo de abejas. Mientras acariciaba con nerviosismo un libro de cortazarianos relatos, comprendí que un parque tiene sabores: sabe a yerba reseca y maltratada, y a manzanas verdes. También a flores muertas y a mango biche. Supe, o intuí, que tiene múltiples ojos, y que sus bancas poseen la increíble capacidad de conversar. En un parque hay canas que brillan con los últimos soles del día y gritos nuevos y contentos que corren uno tras otro, como caballitos de tiovivo.

Si uno lee Bestiario verá en ese parque hormigas y caracoles y un tigre. Y si lo desconcentra la brisa vespertina contra la cara, observará que hay tanta belleza alrededor, como nadie la imaginó. Creo que los parques se hicieron para leer relatos de Cortázar y para que los crepúsculos de la ciudad sean menos tristes.

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