miércoles, 4 de junio de 2014

Flores en carnaval

Alicia Susana Gómez (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



I

- Del otro lado de Rivadavia, vivo del otro lado - dijo Santiago, con la cabeza gacha, algo avergonzado, mientras Estelita lo miraba y él se detenía en sus zapatos guillermina con tacón y sus piernas de muselina.

El olvidado Camino Real parecía un árbol de Navidad, con bombillas de colores y los palcos desde d

- Yo, en la calle Granaderos, cerca del arroyo. Pero casi no lo conozco, aunque en una siesta nos escapamos con mi hermana y espiamos cómo unos muchachotes se bañaban en calzoncillos. Nos tapamos la cara de vergüenza y salimos corriendo... ¡Con razón mamá no nos deja pasar de Gaona!

Un pasodoble comenzó a hacer bambolear las amplias caderas de Estela. Santiago no pudo evitar alzar la mirada. El joven invitó a la muchacha a bailar hasta la mitad de la pieza porque sintió que tres fuertes dedos se hundían en su hombro derecho y una voz masculina, con tono imperativo, le ordenó:

- ¡Jovencito! ¡Aquí no se baila apretado!

Desde un palco se oyó:
- ¡Estela! ¡Vení de una vez! Son casi las diez…

La muchacha extendió la mano y se despidió con un “Mucho gusto en conocerlo”. Santiago la vio perderse entre la multitud. Reapareció, después, junto a la mujer vestida de negro y se alejaron juntas en la plenitud del baile de carnaval.

Caminó despacio hasta su casa de pensión en el Bajo Flores. No podía borrar la imagen de Estela en su mente. Se acostó, fumando un negro y, mientras dibujaba nubes de humo en la oscuridad, entresoñó aquellas medias, envueltas en serpentinas danzando el pasodoble. Deseó que sus compañeros de cuarto hablaran de ella en lugar de seguir lamentando la caída de Yrigoyen...

II

- Aquí vivió Roberto Arlt. Me lo contó mi abuelo Santiago, el que se la pasa en el café La Humedad - señaló Mariana al cruzar la esquina de Caracas y Yerbal - Me habría gustado ser una mujer de aquella época pero que “El Cordobazo” ya me hubiera cambiado la cabeza... ¡Por Dios, lo que habrían dicho de mí!

- ¡Apurate, “modelito Woodstock”, ya se escuchan Los Beatles desde los parlantes de la Plaza” - respondió Guillermo. Mi abuela Estela también vio cómo construían el complejo. Era para obreros y, mirá cómo terminó. Creo que hasta sala de proyecciones tiene.

Al llegar a Fray Cayetano, un bombardeo de globos de agua los empapó. Era su amiga, pero Guillermo no pudo dejar de mirar los pezones erectos, transparentándose bajo la delicada bambula de la blusa de Mariana. Ésta, inclinando la cabeza hacia atrás, enfrentó sus ojos y, desafiante, le dijo: “¿Qué mirás, Ché, Ernestito?”

Al llegar a la Plaza, se escuchó: “¡Gloria a Dios en las alturas, recogieron las basuras de mi calle, ayer a oscuras, y hoy sembrada de bombillas...”

Mariana y Guillermo se sentaron en la gramilla. La joven deshizo el nudo de sus sandalias de yute con plataforma y apoyó los finos pies en la frescura de la hierba. Observaron el gentío que llegaba en el ferrocarril del oeste. Preferían el ruido ciudadano, en lugar del de las callecitas principales desde Ciudadela hasta Luján. De vez en cuando, se encontraban los rostros en una sonrisa.

- A pesar de las erradicaciones, vuelven... ¡Qué bueno volver a ver la piel morena jodiéndoles la mediaestirpe con sus pasos!” - pensó en voz alta Mariana.

Al amanecer, los cuerpos abandonados al rocío, imaginaron en las formas de las nubes un planisferio al revés...

III

- Me voy - anunció Cecilia al grupo - este carnaval me suena a lavado de cabeza. Me recuerda el Mundial. ¡Hay hasta caretas del gauchito!

Llegó hasta el Pasaje La Porteña y se sentó en la vereda frente al Fader. Sacó un papel de su bolsillo y buscó infructuosamente con qué dibujar. A su lado, un muchacho con aerosol rojo, escribía en un frente recién pintado: “¡Fuera, milicos asesinos!”.

Cecilia sólo le quitó la lata de las manos y, sin decir nada, reforzó: “¡Aparición con vida de mi padre, Guillermo...” No tuvo tiempo de completar el apellido, el joven agregó: “y de tía Mariana!”. Puso, como firma, “Nacho”.

Aquel carnaval los sorprendió, de madrugada, tomados de las manos en Lacarra y Falcón. No vieron los dioses del Olimpo pero, entre llantos con sales mezcladas, sellaron con un beso un sentimiento que comenzó casi sin palabras...

IV

- En un carnaval se enamoraron mis viejos, Cecilia e Ignacio - le confesó Cristian a Sol, a quien acababa de conocer. Una cumbia de Rodrigo ensordecía sus oídos mientras bailaban sobre un parlante colocado en la esquina de Artigas y Rivadavia. Un hombre de sonrisa amarillenta apuntó su espuma, certeramente, en los ojos de Sol. El muchacho la tomó de la mano y se fueron caminando por Pedernera hacia Directorio. Mientras, con un pañuelo de papel, alivió el ardor. La cercanía les provocó sensaciones profundas.

Arrastrando un pesado carro con cartones, una joven mujer y una niña, descalzas, los distrajo. Recién entonces, Cristian habló: “¡Y elecciones! ¡La que nos espera, si gana!”

No fueron las palabras, sino el sentimiento compartido al ver la escena de pies desnudos, lo que incitó a Sol a comenzar a indagar el alma del muchacho. Las ideas fluían de ambas bocas y, varias veces, coincidieron sin sinónimos. Cerca de las nueve del día siguiente se despidieron con un “¿Nos hablamos?” “En un rato”...

V

- ¡Mami, llevame! - pidió Santi - Los chicos dicen que está bueno. Me esperan en la esquina donde nos juntábamos para los cacerolazos.

Adrián y Sol se miraron, cómplices, y asintieron.

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