miércoles, 4 de junio de 2014

Introducción al poemario de Gonzalo Suárez “Poesía de lo ajeno”, en el Liceo Casino de Vilagarcía de Arousa

Jesús Dapena Botero (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



A lo largo de la carrilera, que va y vuelve de Vilagarcía de Arousa a Santiago de Compostela y viceversa, en un paisaje muy distinto al urbano del poemario de Gonzalo, Poemario de lo ajeno, leí con despacio, paladeando cada verso, sin prisa; pero, sin pausa, mientras miraba con deleite el paisaje que tanto inspirara a nuestra Rosalía de Castro; el estilo, bien distinto, más cargado de contemporaneidad, con distintas angustias; si el panorama, que veía desde el tren, ese día era luminoso, el de la lírica de Gonzalo me metía en otro, apenas con alguna evocación de ámbitos rurales, como una breve rememoración, con la nostalgia de los tiempos idos, para adentrarnos en un gris paisaje, con un andar poético, por un laberíntico dédalo, como para un Ulises, que deambula por las calles de una ciudad cualquiera, con plazas, plazuelas y algunas fontanas; tal vez, engalanada con unas pocas flores de colores muy tenues, donde de repente, resaltaba algún rojo cereza, mientras yo acompañaba al poeta por entre una multitud anónima, circulante, en medio de un ronroneo zumbador, en un entorno entre ominoso y siniestro, como marco para la soledad del narrador poético, quien parece sólo oír el eco interno de su propia voz, de sus recuerdos, deseos y reflexiones, en un viajar trashumante, tras un imaginario gozoso, de una manera artística y creativa, casi a la manera del T. S. Eliot, quien expresaba:



No cesaremos de explorar
y, al final, de nuestra exploración,
estaremos en el punto de partida
y conoceremos el lugar por vez primera

Ante un mar esquivo, de olas inciertas, que resuenan como lágrimas espontáneas, donde una melodía se paladea con cierta lentitud erótica, allí donde la barbarie habita, en medio de un horizonte alucinante, teñido de violeta, mientras las campanas repican aburridas, una y otra vez o, al menos, una vez al día, cuando una meta utópica se enmarca en un tiempo indetenible, que se agota al convertirse en día siguiente, como un Cronos, devorador implacable, pese a que pueda sentirse cierta tranquilidad, tal vez indiferencia, así la mente hierva de ideas, mientras se bebe un sorbo de whisky o bajo la mirada de una tierna compañera, entre el amor y la muerte, como experiencia íntima, mientras las calles nos invitan a seguir, a pesar del olor a orines o que terminen en las puertas del propio manicomio de la ciudad salvaje, algo baudeleriana, más allá de cualquier romanticismo, con su botánica de asfalto para un paseante ocioso, callejero, quien observa y escribe sobre senderos desconocidos, en constantes merodeos, que pretenden disipar la incertidumbre, como en un viaje sin retorno, que acrecienta la soledad, pero frena el uso definitivo de una pistola, guardada en la mesa del despacho del bardo, sin dar fin al solitario vagabundeo de poeta maldito, quien aún aprecia el valor de un soneto o dos pechos, que puedan convertirse en pasatiempo, a pesar de los tristes recuerdos, entre gélidos gestos de amor, que vacían la vida de sentido, mientras en la mente resuena un ritornello:

¿Quiénes somos?
¿De dónde venimos?
¿A dónde vamos?

Preguntas reiteradas en paseos nocturnos, que conducen a pasadizos o escondites de un desván, donde el deseo carece de sostén, en un cuerpo fatigado, mientras se evoca una crónica negra y marginal, buen fermento para una poesía urbana sobre una rara decadencia, de horas muertas hasta el hartazgo, que invitan a retomar el callejeo, antes de que sobrevenga la ruina, a la que conduce el camino, que lleva a los despojos de siempre, sin que haya posibilidad de escape, cuando la muerte no anda lejos, con las marcas de la acción deteriorante del tiempo, que augura un porvenir esperpéntico, entre escombros, entre brillos y sombras, donde lo marginal reluce, mientras grafismos poéticos hablan de agónicas escenas, que dan cuenta de la finitud de la vida, al enfrentarnos al vacío, que impide el reconocimiento de las palabras, mientras andamos tras la muerte, que quizás nos espere en un recodo del camino, para entregarnos a su hedonismo, con una despedida inexorable, que nos convierta en olvido, aún antes de llegar a las puertas del cementerio, con el descreimiento de que haya otro lugar, al otro lado del camino, mientras se dejan las arboledas citadinas para acercarnos a los helechos húmedos, que ocultan nuestro anonimato, para convertirnos en piezas de museo, bajo un nuevo y distinto orden, que es lo que me queda tras haberme dejado guiar por los versos de La poesía de lo ajeno, con sus notas melancólicas, entre la calle y el interior del poeta, en su deambular pensativo y atento, marcado por el estigma de la ciudad, como artista irónico y distanciado, cuya poesía sirve de reflejo al público, al lector, que participa de vivencias parecidas, por medio de fragmentos, unidos por un hilo misterioso.

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