jueves, 19 de junio de 2014

Sobre dignidad, indignidad, arrogancia e indignación (Para un programa radial destinado a adolescentes)

Jesús Dapena Botero (Desde Vilagarcía de Arousa, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hay gente digna, orgullosa, en el mejor sentido de la palabra, con amor a sí mismo y hacia los demás, que se pone al servicio de la vida; hay gente arrogante, fatua, soberbia, cuya autosuficiencia les lleva a cometer actos estúpidos; son seres que más están al servicio de la muerte, como el protagonista de ese fabuloso cuento de Hans Christian Andersen, El traje nuevo del emperador, en la que el narrador nos habla de un rey demasiado preocupado por su vestuario, quien oyó a dos charlatanes comentar que podían fabricar una tela tan suave, tan suave y tan delicada, que nadie podría imaginar, la cual resultaba invisible para los tontos; por ello, el gobernante, temeroso de no poder verla, mandó a dos hombres de confianza, a ver si podrían percibir la tela; pero, hecha la experiencia, los mensajeros no la vieron por ningún lado y, para no pasar como idiotas, mintieron, no dijeron la verdad, sino que empezaron a alabar su tejido. El rey, entonces, mando a confeccionar un traje a los pillos, quienes supuestamente lo elaboraron y fingieron que le ayudaban a ponerse la prenda, antes que el Emperador desfilara frente su pueblo, con la garantía de que si se la había puesto era porque la había visto. La multitud admiraba el vestido, porque no quería pasar por majadera; hasta que unos niños dijeron:

¡Pero el emperador va desnudo! – a lo que hizo eco la muchedumbre; pero, el Emperador siguió muy ufano y enhiesto su camino, pues no quería que la masa lo hiciese pasar por tontarrón.

Tenemos ahí un claro ejemplo de arrogancia, un Emperador tan fatuo, tan cabeza vacía, que no merecía ser el gobernante de aquel pueblo, al ser presa de una vanidad tan insensata.



Ejemplo de verdadera dignidad, fue la afroamericana Rose Parks, una mujer, quien llegaría a ser tan importante para el movimiento de los derechos civiles en los Estados Unidos de América, en un país donde el racismo, heredero del esclavismo, aún en pleno siglo XX, imperaba hasta el punto de que la discriminación racial llevaba al asesinato de los negros, por blancos arrogantes, como los del Ku Klux Klan; pero, también, esa actitud se entreveraba en la vida cotidiana, hasta el punto de que los negros tenían que ceder la silla del autobús si una persona aria subía en él. Pero un día, Rose, el 1 de diciembre de 1955, se negó a ceder su asiento a un hombre blanco, lo que hizo que se la encarcelara; sin embargo, conto con el apoyo un joven pastor protestante, casi desconocido, Martin Luther King, quien dirigió una protesta contra los autobuses públicos de la ciudad y convocaron a la población afroamericana para organizarse y transportarse por sus propios medios, sin tomar los ómnibus; ello hizo el negocio, sin clientela, se viniera abajo, porque se subían pocos o ningún pasajero, lo que determinaría que se acabara con la práctica de la segregación racial en los medios de transporte y así se abriría el camino a una integración racial, que es la que ahora permite que el presidente de los Estados Unidos de América, Barack Obama, sea un afrodescendiente.



Pero también hay seres humanos indignos, que no merecen ser reconocidos por las virtudes, que dicen tener, como son esos hombres que engañan a sus pueblos y los timan, como pasa con tanto corrupto en la política mundial.

Aunque muchos quisieran reducir a otros al lugar de la indignidad, como era el caso del antisemitismo, imperante en Europa, durante muchos siglos, aún antes de Hitler.

De ahí que Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, nos contara en su libro La interpretación de los sueños, como él había quedado indignado con un relato de su padre, un comerciante judío, quien había sido severamente humillado, en la calle, por unos sinvergüenzas antisemitas, que le tiraron su sombrero al suelo, mientras le decían:

¡Perro judío! – el hombre sin decir nada cogió su gorro del suelo y se retiró triste.

Tal indignación haría que el joven Freud convirtiera Aníbal, el general y estadista cartaginés, un ideal para su yo, un héroe, capaz de rebelarse contra el Imperio Romano.

Aquel hombre había defendido a su pueblo, como Freud quisiera defender a los semitas, porque él sintió que, por ser judío, había encontrado dificultades para su promoción profesional.

Puesto que más allá de la arrogancia, que no mide consecuencias, el ser digno, se siente indignado, cuando se lo somete a situaciones de indignidad, cuando se violan sus derechos para una convivencia civil dentro de la diversidad, cuando se hace pagar el costo de una gran inequidad económica, como la que señala el premio Nobel de Economía en el 2001, Joseph Stiglitz, en su famoso libro El precio de la desigualdad, el cual lleva por subtítulo El 1% de la población tiene lo que el 99% necesita.

De ahí que Stéphane Hessel, uno de los redactores de la Declaración Universal de Derechos Humanos, en 1948, ya en su ancianidad, exhortara a los jóvenes, en el 2010, a indignarse, ya que todo buen ciudadano debería hacerlo ante un mundo tan mal gobernado por los poderes financieros, que lo acaparan todo, de donde no viene nada mal indignarse en pro de la Libertad y de los valores más importantes de la humanidad.

Era la voz de un viejo que había participado en la Resistencia francesa contra el nazismo, quien había sido capturado y torturado por la Gestapo, para en la postguerra pasar a ser diplomático, representante del gobierno francés, que nos invitaba a indignarnos frente al menosprecio de un racismo, aún hoy imperante, frente al deseo de la abolición de la Seguridad Social, frente a la manipulación de los medios de comunicación por las élites económicas, ante la crisis financiera a la que estamos sometidos, hechos ante los cuales no podemos estar ni indiferentes, ni actuar como los pasotas, sino actuar dentro de los cauces de movimientos no violentos, al estilo de aquellos a los que pertenecieron Rose Parks y Martin Luther King, puesto que la primera década del siglo XXI ha sido todo un retroceso frente a lo logrado en el siglo XX, un siglo inaugurado con dos guerras mundiales, que son como si fueran una experiencia olvidada.

Pues de lo que se trata es, ante la historia, de la que seremos protagonistas, es de asumir una posición activa, de búsqueda, para tratar de encontrar nuevas soluciones, frente a un mundo en el que el Dinero se ha convertido en Dios, de una forma insolente, egoísta, por adoradores que van desde la gente, en general, hasta las más altas esferas del Estado.

Por otro lado, la desigualdad crece, en una sociedad que nos incita a tener más que a ser cada vez más auténticos, porque pareciéramos estar en el arrogante reino del Capital, con una banca privada, más preocupada por sus dividendos, manejados por ejecutivos, que ganan altísimos sueldos, sin que les importe el bien común, lo que hace que mucha gente haya sido desahuciada, en un mundo que ofrece empleos inestables, con todo un incremento de las tasas de suicidio, ante lo cual una red social de indignados, entre otros muchas acciones políticas, logren enfrentar a esos seres arrogantes, que quieren manipular el mundo a su antojo y reducir a los otros a la indignidad, para ir en busca de un desarrollo social y económico que recupere la dignidad de las personas y mostrar que esos seres arrogantes, que nos dominan, van desnudos.



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