miércoles, 30 de julio de 2014

Cuento africano: La gallina de Guinea que se convirtió en hijo

Alexander McCall Smith



Lo que se esperaba de un hombre rico como Mzizi -dueño de mucho ganado- es que tuviera mucha descendencia. Pero, desgraciadamente, su mujer, Pitipiti, no podía tener hijos. Ella lo estuvo consultando con mucha gente, sin embargo, aunque se gastaba mucho dinero en cuidados y medicinas para quedarse embarazada, seguía siendo estéril.

Pitipiti amaba a su marido y le daba mucha tristeza ver que su cariño hacia ella se iba desvaneciendo mientras él esperaba el nacimiento de un hijo. Finalmente, cuando ya estaba claro que Pitipiti no podía concebir hijos, su marido tomó por esposa a otra mujer. Entonces, se fue a vivir al gran kraal1 con su nueva y joven compañera, y Pitipiti oía las carcajadas que provenían de la choza de la nueva esposa. Pronto nació un niño y, después, otro.

Pitipiti fue a llevarles regalos a los niños, pero la nueva esposa la echó fuera.

“Mzizi perdió el tiempo contigo durante tantos años...” -así se burlaba de ella la nueva esposa- “y mira ahora... ya ves en qué poco tiempo le he dado hijos; no queremos tus regalos”.

Ella buscaba en la mirada de su marido algún signo del amor que él solía mostrarle, pero todo lo que vio en él fue el orgullo que sentía de ser padre. Era como si ella ya no existiera para él. A Pitipiti se le heló el corazón, dio media vuelta y se dirigió a su solitaria choza, allí se echó a llorar. Ahora, eso era lo que le quedaba en la vida. Su marido no tendría a bien que ella se fuera lejos con sus hermanos, así que tendría que arreglárselas sin vivir a costa de nadie. Pitipiti se preguntaba si sería capaz de soportar tanta soledad.

Algunos meses más tarde, Pitipiti estaba arando sus campos cuando escuchó un ruido, era como un cacareo que provenía de unos matorrales cercanos. Detuvo a sus bueyes y se arrastró sigilosamente por la maleza, echando un vistazo por dentro. Allí, escondida en la oscuridad, había una gallina de Guinea. El ave la vio y se puso a cacarear otra vez.

“Estoy muy solo,” -dijo la gallina de Guinea- “¿querrás que sea tu hijo?”

Pitipiti exclamó riendo: “¡Yo no puedo tener una gallina de Guinea como hijo! Todo el mundo se reiría de mí”.

Por la respuesta, parecía que la gallina de Guinea ya había desistido, pero no se rindió.

“¿Me dejarás ser tu hijo sólo por las noches?” -preguntó- “Por las mañanas, puedo salir de tu choza muy temprano y así nadie lo sabrá”.

Pitipiti pensó en ello. En efecto, eso sí sería posible: si la gallina de Guinea estuviera fuera de la choza justo al amanecer, entonces, nadie tendría por qué saber que ella lo había adoptado. Y pensó que estaría bien eso de tener un hijo, aunque sólo fuera una gallina de Guinea.

“Muy bien”, pensó, tras unos momentos de reflexión. “Puedes ser mi hijo”.

La gallina de Guinea estaba encantada y, aquella noche, nada más ocultarse el sol, entró en la choza de Pitipiti. Ella le dio la bienvenida y le preparó la cena, al igual que lo haría cualquier madre con su hijo. Los dos eran muy felices.

Pero la nueva esposa de Mzizi aún seguía riéndose de Pitipiti. Algunas veces, solía pasar por los campos de Pitipiti y se burlaba de ella, preguntándole por qué hacía crecer sus cosechas si, en realidad, no tenía ninguna boca que alimentar. Pitipiti no hacía caso de sus burlas, pero cada una de ellas era como una pequeña lanza afilada que le cortaba cada vez más por dentro.

Un día, desde el árbol donde estaba posada, la gallina de Guinea escuchó los insultos y cacareó furiosamente; aunque para la nueva esposa, aquellos sonidos sólo eran los sonidos de algún pájaro en un árbol.

“Madre,” -le preguntó la gallina de Guinea aquella noche- “¿por qué aguantas los insultos de la otra mujer?

Pitipiti no pudo encontrarle una respuesta. A decir verdad, ella poco podía hacer ante ello, porque si se le ocurría ir tras la nueva mujer, entonces, su marido estaría muy enfadado con ella y a la vez podría echarla. No había nada que hacer.

No obstante, el ave pensaba de forma muy distinta. Él no estaba dispuesto a que insultara a su madre de esa forma, así que, al día siguiente, se levantó temprano y voló hasta el árbol más alto desde donde podían verse los campos de la nueva esposa. Allí, cuando despuntó el alba, cantó una melodía de las gallinas de Guinea:

¡Venid amigos, hay grano para comer!

¡Venid y comed todo el grano de esta mujer!

No tardó mucho tiempo la nueva esposa en darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Gritando enojada, entró corriendo en los campos y mató a la gallina de Guinea de Pitipiti y también a sus amigos. Luego, se los llevó a su choza, los desplumó y empezó a cocinarlos.

La nueva esposa llamó a Mzizi para el festín y, entre los dos, se comieron todas las gallinas de Guinea de una sentada. Fue una comida deliciosa y ambos se encontraban muy contentos consigo mismos por haber empezado el día con tan buen pie.

Tan pronto como hubieron terminado el último bocado, Mzizi y la nueva esposa escucharon un sonido: alguien cantaba dentro de sus estómagos. Eran las gallinas de Guinea cantando sus canciones de gallinas de Guinea. Aquello, por supuesto, aterrorizó a la pareja y, a todo correr, echaron mano de dos largos cuchillos que se clavaron en el vientre para detener el ruido. Al clavar los cuchillos en su piel, la sangre brillante empezó a salir a borbotones y se desplomaron. Una vez en el suelo, la gallina de Guinea y sus amigos salieron de sus heridas cacareando con júbilo al verse libres. Pronto estuvieron en el campo, comiéndose todo el grano que quedaba.

Pitipiti estaba encantada porque ya no volvería a escuchar los insultos de la nueva esposa. Ahora sería la dueña del ganado de su marido y ésa era la causa por la que muchos hombres esperaban casarse con ella. Por supuesto, todos ellos estaban encantados con la idea de poder casarse con una esposa cuyo hijo fuera tan listo y tan especial.

Alexander McCall Smith, “Guinea Fowl Child”, del libro de cuentos africanos The Girl Who Married A Lion, Canongate Books, Ltd, Edinburgh, 2004, pp. 1-4.

Traducción de Teresa Iturriaga Osa

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