miércoles, 23 de julio de 2014

Cultura y universidad

Pedro Rivera Ramos (Colaboración especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Nadie puede poner en duda el extraordinario papel que desde sus mismos orígenes, las universidades han cumplido en la gestación, difusión, producción, investigación y preservación, de las culturas de los diferentes grupos humanos. Ellas han sido y son, aún más en esta época de la llamada sociedad del conocimiento y de un marcado proceso de mercantilización de sus principales propósitos, las ágoras fundamentales desde donde el modelo civilizatorio hegemónico que hoy prevalece, se confronta críticamente y la formación de una conciencia cultural reflexiva y transformadora, encuentra su espacio más propicio y alentador.

De manera que las universidades, esas instancias, sobre todo públicas, que se rehúsan a abandonar sus compromisos sociales y el ideal emancipatorio que las orientaron durante tantas décadas, están obligadas a reforzar la interlocución y entrecruzamiento necesarios entre educación y cultura, como forma esencial para la construcción de interpretaciones de la realidad, las identidades y la herencia culturales, alejadas de las miradas mercantiles y del paradigma consumista.

Para ello las universidades deberán generar espacios permanentes para el desarrollo de la imaginación y creación universitarias; renunciar a la visión reduccionista, academicista y elitista que suele tenerse sobre la cultura; rescatar su verdadero significado y sentido, que es servir principalmente a la sociedad y no al mercado; restablecer los valores auténticos de un sistema educativo que tiene estudiantes, no clientes, que forma ciudadanía, no sujetos acríticos de aprendizajes utilitarios.

Las universidades tienen la responsabilidad de velar porque su mundo académico --ese mundo a menudo soberbio, dogmático y maniqueo-- logre, a través de la cultura, no solo el enriquecimiento renovador y apremiante que la comprensión y respeto de otros saberes fecundos, le puede proporcionar y que tanta falta le hace; sino que además, le sirva para establecer las interconexiones indispensables con la sociedad de la que forman parte. Eso implica que la cultura sea asumida en todas sus potencialidades, significados y símbolos y en articulación sincrónica con una visión del mundo, socialmente más justa y más humana.

Cultura y Universidad son pues, construcciones sociales que en el proceso inagotable y seductor de creación individual y colectiva de los seres humanos, se interaccionan, se comparten, transforman e integran. Ambos fenómenos en su confluencia y reafirmación constante, han de hacer de la búsqueda perpetua de los valores nacionales y de la humanización de todo lo humano, el leitmotiv que defina el curso histórico de esta cautivadora travesía. Pero lo que si no pueden ser, tanto la cultura como la universidad, viveros asépticos donde la reproducción, ampliación y afianzamiento del injusto sistema económico-social vigente, encuentre un espacio perfecto e imperturbable.

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