miércoles, 30 de julio de 2014

El color de los espejos

Erasmo Magoulas (Desde Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



“El oficio de escribir está poblado de canallas, pero que además
 también está poblado de tontos, que no se dan cuenta de la inmensa
 fragilidad de lo efímero”

Roberto Bolaño

Hace un par de meses conversé con un escritor. El encuentro se dio de manera casual. El lugar fue en un comercio, con la más variada gama de artículos. Desde tanques de oxígeno para submarinismo, hasta pañales descartables. El lugar del excedente, el sobrante, el superávit. El comercio se fue transformando en un referente casi imprescindible de la ciudad. Es mucho más atrayente y excitante que un mall, e infinitamente más que un supermercado. Comenzó siendo un depósito y lugar de venta de indumentaria militar, y memorabilia bélica, pero con el tiempo se fue tornando en el sitio que nunca nos defrauda en encontrar eso que nos hacía falta; y no me refiero al oficio literario, o a nuestra propia voz narrativa. No se pongan sarcásticos.

Tenía tiempo libre. No hay nada mejor que tenerlo. Jugar con él, acariciarlo tiernamente como lo hacemos con nuestro gato, o hacer con él jueguitos maradonianos como si fuera una esfera amaestrada. Sentirnos su amo y maestro. Humillarlo si es necesario.

El lugar no es solo peculiar por lo que vende, sino también, y fundamentalmente por sus clientes. De repente, caminando por el área de artículos para el automóvil, me encuentro con dos motociclistas de alguna de las tantas hermandades o cofradías. Uno de ellos lleva tatuada, sobre su enorme brazo izquierdo, una calavera feroz y el nombre de la banda Motörhead, el otro, una cruz gamada y en letras góticas AC/DC. Sus barbas y melenas de vikingos, no intimidan a un par de jubilados que se pasean por los corredores, ni a una adolescente, ni a su bebé, que desde el carrito los mira fascinado.

En definitiva, ese es el sitio que a nadie se le pasaría por la cabeza cruzarse con un escritor. Me puse a fantasear sobre un encuentro con Vila-Matas en el lugar de los excedentes y los sobrantes. No, de ninguna manera, a éste le gustan más las pocas cafeterías que aún frecuenta, de su barrio barcelonés; o con Paul Auster, no tampoco, seguro éste estaría en un avión con destino a alguna conferencia. Ni pensarlo con Javier Marías, a Marías este lugar le daría un poquito de asco. Tal vez con Laiseca. Si a éste se le descompusiera el lavarropas, seguro que me lo encontraría en la sección de ferretería. Comencé a construir un escenario criminal, donde yo entraba al departamento de Laiseca para arruinarle el imprescindible artefacto. Laiseca estaría obligado a visitar el sitio de los excedentes y sobrantes, allí lo secuestraría con la ayuda de los motociclistas, quien uno de ellos tendría poderes hipnóticos. Bajo ese estado, entre el sueño y la conciencia, Laiseca me revelaría su arte poética. El secreto laisecaniano. Laiseca es en sí mismo un personaje literario, en torno al que se podria construir una historia. Piglia seguro me daría la razón. En definitiva, toparse con un escritor, es cuestión de suerte y no depende excluyentemente de un lugar en particular.

El escritor de marras, que no fue ni Laiseca, ni Vila-Matas, ni Marías, ni Auster, que estaba a diez mil metros de altura camino a Manila, dizque a una conferencia; me sorprende con su saludo. Yo estaba concentrado en la lectura de las características técnicas de una pantalla plana. Después del saludo, me pregunta por mi reciente viaje. Sabía de mi viaje. Le cuento algo del mismo.

Nos habíamos conocido hacía algunos años, pero nos veíamos muy de tanto en tanto. La última vez surgió una cierta disputa acerca de las particularidades del cuento. Él lo centraba exclusivamente en su extensión –veinte o veinticinco carillas-, y yo trataba de convencerlo de que existían otros componentes intrínsecos a la propia narrativa. No hubo caso. Me contó que le iban a publicar su segunda novela en España. Yo venía de estar en ese país por un período de tres meses. Me había atiborrado de anagramas, seix barrales y Tusquets. Pensé, Jorge Herralde se habrá fumado algo muy fuerte para su edad. Pere Gimferrer se volvió loco, se quiere hacer el harakiri, pero si es catalán, tal vez estuvo leyendo mucho a Yukio Mishima últimamente, un tipo tan cuerdo que parecía; y Juan Cerezo, apenas llegado va a meter la pata hasta el cuadril, otra cosa sería con Beatriz de Moura, otra cosa seguro, con el Angel de Tusquets. El escritor, Román –pero todos lo llaman Roman- me había pasado algo de sus materiales hace unos años. ¿Cómo explicarlo? Mejor lo hace Vila-Matas en una conversación con Juan Villoro, en un bar de Barcelona. Le dice Enrique a Juan, parafraseando algo que le había escuchado a Bioy Casares, “a veces hay amigos que te mandan sus libros, y pareciera que lo hacen para que acabes perdiendo la fascinación por la literatura”. Demoledor. Un T-90 este Bioy. Dicen que era un buen tipo.

Román me dice el nombre de la editorial. Me gusta el nombre. Me recuerda Italia. Lleva el nombre de una isla del Mediterráneo. La isla carga miles de fantasmas, sombras que desaparecen por un tiempo, pero que siempre vuelven, para recordarnos su existencia. Lo felicité. Nos despedimos. Revisé la página virtual de la llamada editorial, y la cosa comenzó a oler a podrido. Decidí montarles un jueguito a los de la editorial con nombre de isla del Mediterráneo. Me comuniqué con ellos y me presenté como un escritor joven, interesado en que la editorial conociera mi obra. Me contestaron inmediatamente, diciéndome que estaban ansiosos de leer mi trabajo. Tomé la obra de un autor poco conocido, un tipo con un final trágico, suicidio. Primero había pensado en Laiseca, que inexplicablemente es un desconocido en España, pero el maestro está completamente vivo, y me causaba una sensación de desamor jugar con su obra. Salvador Benesdra había escrito una sola novela, más de seiscientas páginas, El traductor. Una obra de arte. Literatura de altísimo nivel. Benesdra se había tirado desde el balcón de su departamento, en un décimo piso, un día caluroso del verano porteño del 96. Le cambié el título. El juego inconcluso. Me disculpé con Salvador, bueno, con su espíritu, que me pareció verlo rondar por las habitaciones de mi casa, mientras estaba releyendo su novela. Le dije que la causa era noble, desenmascarar a unos hijos de puta que juegan con las ansias de éxtasis de pobres infelices. Le dije que él hubiera hecho lo mismo estando en mi estado, le aclaré, corpóreo. Hice un par de copias y les mandé una a los supuestos editores. A los quince días me contestaron, vía correo electrónico. Me preguntaban si quería la impresión de veinte, cuarenta, o cien ejemplares. Me informaban que para la primera opción tendría que realizar una transferencia bancaria por ciento noventa y cinco Euros, para la segunda, doscientos cincuenta y dos, y para la tercera trecientos cuarenta y cuatro. Me ponían al tanto de que no hubo necesidad de corrección ortográfica, ni de estilo, aunque creían que era una literatura algo compleja. También me aseguraban que quedaría muy satisfecho con el diseño de la tapa y la contratapa; y que no me olvidara de enviarles una foto para la solapa.

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