jueves, 3 de julio de 2014

Id, Ego y Súper Ego

Paula Orellana (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Esta es una historia de sucesos muy antiguos. Escondida por su revelador contenido para la época en que acontecía en un país muy lejano y en un lugar muy pequeño. Ningún ojo la ha visto antes, hasta ahora.

Ana de 18 años siempre figuró como la que primero se casaría de sus amigas. Su flamante belleza que le envolvía su bronceada piel dorada. Su frondosa cabellera negra, labios rosados, pestañas dobladas y ojos café hacía de su rostro un marco armonioso y perfecto para cualquier hombre interesado en dejar agradable descendencia. A su edad, su cuerpo desarrollado hacía una mezcla entre fuerza y delicadeza. Sus piernas bien formadas por las largas caminatas y los redondos senos heredados de su madre conjugaban con la belleza de su rostro, pero no lo consiguió ya que Violeta se casó a los 14 y Sofía a los 16. Violeta siempre gozaba, en apariencia, de haberse convertido en mujer antes que las tres. A Sofía, por otro lado, le preocupaban otros temas; la sequía de la tierra y por ende la falta de agua y alimento. El marido de Sofía compartía sus pensamientos; él se preocupaba por la alimentación de su familia y le robaba las ideas a su fiel esposa para tomarlas como propias ante sus amigos. A Sofía parecía no importarle, es más, lo disfrutaba ya que era su forma de "conversar" de los temas que a ella le preocupaban en una época donde la mujer no podía pensar en estos temas; le daba, hasta cierto punto, unas gotas demasiado placenteras de poder. Violeta se había adaptado, acomodado, acostumbrado a su marido. Cuatro años de matrimonio la había hecho la esposa perfecta; bella, callada, trabajadora y procuraba siempre oler muy bien. Ese olor a rosas que despertaba el animal en su marido y hacía que la tomara en las noches que a él se le apeteciera. Ana, por otro lado, seguía siendo una niña. A sus 18 años no le preocupaba convertirse en mujer. Claro, sus padres preocupados no pensaban igual, así que un día decidieron hablar con sus vecinos que tenían un hijo, Noel, con la misma mala suerte en asuntos del matrimonio. La esposa de Noel a los 6 meses de casados, la muerte la alcanzó y sin dejar descendencia, murió.

Así fue como Ana se casó. Se casó con un hombre al que no conocía. Corría la desdicha de no haber sido cortejada, así que no sabía que clase de hombre era, pero ¡qué clase de hombre es! -pensaba Ana. En su noche de bodas, su consorte no la tomó y con un beso en la frente la despidió a los sueños de la noche. Ana nunca había dormido con un hombre.

Sin desposarse, con el tiempo se hicieron amigos. Noel le contaba cómo había enviudado y cómo eso le había destrozado la vida. La forma en que había amado a su difunta esposa y cómo ésta le había amado a él. Ana se emocionaba al escuchar tales historias de amor y parecía no importarle que su actual esposo se las contara. Era como un cuento de fantasía y ella imaginaba cada historia como propia. No era normal que un hombre tratara así a una mujer. Bien dicen las escrituras que mandan a los hombres a no pecar de escandalosos al hablar de más a su mujer o al escucharla, ya que todos saben la fama de las mujeres al ser malvadas y lujuriosas hasta en los gestos.

Ana cumplió 19 un 14 de abril. Llevaban un año de casados. En las reuniones matutinas en el río para acarrear aguar, Violeta contaba su vida con sus tres hijos. Sofía se alarmaba que cada vez había que hervir más el agua, porque en los pueblos aledaños sacaban mucha basura cerca del río. También hablaba sobre las insuficiencias en cuanto a las destrezas de los mercaderes en el centro del pueblo y claro, hablaba del amor que le tenía a su único hijo. Ana las escuchaba y ellas esperaban que Ana les contara sobre su vida de casada, más no lo hacía, ya que sabía que la relación con su esposo era de amistad y no se había escuchado con anterioridad que una pareja de esposos fueran amigos ¡ni pensar!

Ana regresó con el agua a su casa y por sorpresa se topa con Noel. Sonrojada se quedó al ver que éste tenía el sexo erecto y que la miraba de una forma que no la había visto antes. Ana ignoró la mirada y se dispuso a preparar el agua para hervirla. Pasaron los minutos y sintió la respiración de Noel en su cuello. Éste sin tocarla solo la olía y respiraba. Ana no se quitó. Su eriza piel hizo que se volteara con los ojos casi cerrados. Como pidiéndole permiso con la mirada, Noel la tomó de la cintura y le besó las clavículas. Sus respiraciones se aceleraron y al fin, se coordinaron. Poco a poco fue Noel subiendo sus besos y cada vez más mojados llegaron a la boca de Ana. Sus labios empezaron a bailar y algunas mordidas se hicieron presentes. Ana sentía un cosquilleo entre sus piernas que no había sentido antes; tenía ganas de abrirlas. Noel metió sus dedos entre el sedoso pelo de Ana y jugando con el, hacía que moviera su cabeza al ritmo que él quería. Ana sentía el marcado abdomen de su pareja, que sin querer, lo tenía bien formado gracias a los trabajos físicos a los que Noel se dedicaba, por lo que tampoco le costó levantarla y sentarla en una mesa de madera que el había hecho unas semanas atrás. Sin pensarlo, Ana empezó a meter sus manos cada vez más adentro del pantalón de su pareja, cuando de repente reaccionó sobre lo que estaba pasando y más aún, lo que estaba por pasar. Noel se dio cuenta de su expresión y sin dejarla pensar mucho, le empezó a besar las orejas; esos besos que le hacen el pensamiento imposible a cualquiera que los esté experimentando. Ana cerró los ojos y dejó que Noel hiciera lo que tenía que hacer; después de todo él ya sabía lo que era amar a una mujer. Recordó una conversación que tuvieron hacía unas semanas atrás en donde el le comentaba que solía bailar con su difunta esposa y cómo estos bailes verticales terminaban siendo bailes horizontales. Ana pensaba que estaba a punto de bailar horizontalmente. ¿Era macabro que Ana pensara que gracias a su difunta esposa ella disfrutaba ahora? ¿Era pecaminoso sentir tanto placer? Justo en ese último pensamiento empezó la revolución de Ana. Sin embargo, todavía no se terminaba. Luego de un excelente ritual introductorio sintió cómo la carne de Noel ingresó en ella. Fue casi de sorpresa. Ella sabía que en esas cosas de mujeres casadas el hombre y la mujer se hacían uno, pero la realidad siempre supera la imaginación (para bien o para mal). Sí, estaban bailando. Bailando sin música. Bueno, en realidad la música la hacía el somatar del catre (sin que se dieran cuenta ya no estaban en la mesa de madera, estaban en el catre) y el rechinido de las patas del mismo. El placer aumentaba... ¿cómo es posible que sus amigas con años de casadas nunca le habían contado de estas cosas?... El placer aumentaba. De repente sintió una presión en el vientre. Dejó de respirar y por momentos se recordaba que lo tenía que hacer. Tenía los ojos cerrados y cuando notó que los tenía así, los abrió para darse cuenta que Noel parecía estar experimentando la misma situación. Por no romper con el pudor que se trataba de mantener en la época, digamos que el néctar de Noel recorría como río dentro de Ana. Ah, cómo los conceptos de pudor pueden cambiar.

Ana dejó de apretar sus manos y aflojó las piernas. La cabeza le hormigueaba. Noel se había acostado encima de ella y por alguna razón, de esas que no nos explicamos pero que no nos afanamos en buscarles explicación, Noel no pesaba. Sus carnes seguían conectadas. Bueno, lo conectado trascendía de la carne. Sin preámbulos Noel besó de nuevo a Ana con la misma pasión con que habían empezado todo el ritual, pero con más ternura. ¿Acababa de pasar todo eso? Durmieron.

A la mañana siguiente Ana se levantó con una relajación que ni las plantas del jardín de su abuela habían experimentado. Con mayor energía se dirigió a traer agua al río y de costumbre, sus amigas de la infancia estaban allí. Ya que no era usual que Ana platicara de sus asuntos de matrimonio, prefirió sonreír por dentro para no perder el pudor. Pero su felicidad sobrepasaba los límites de su piel y Sofía, la más observadora, la cuestionó. Ana no contuvo la alegría y les contó todo. Todo. Violeta bajó la mirada mostrando indiferencia y Sofía se emocionó junto con su amiga. Sofía estaba experimentando esa sensación comparable con un ser querido que se muere de avanzada edad. "Qué bueno que descansa, pero qué mal que se fue". Así se sentía Sofía. Claro que ella disfrutaba de "los bailes horizontales" -como muy acertadamente contó Ana-. Claro que los disfrutaba. Claro que los disfrutaba, se seguía repitiendo en su mente. Pero, ¡vaya que nunca había experimentado lo de Ana! Lo de Ana había sido una historia que no era permitida para las mujeres. Violeta seguía recogiendo agua y sacando el musgo de su cubeta. Nunca dijo nada, pero sus amigas sabían que su relación con su marido no era muy buena. Todos los vecinos escuchaban los golpes. "Me caí de las escaleras" -decía. Claro, Violeta no tenía escaleras en su casa -la casa de su marido- pero era la broma oculta en una triste realidad. Realidad que era de los más normal y que Sofía era la anormal y la situación de Ana lo era aún más. Regresaron a sus casas y Ana se encontró con su, ahora amante, Noel. Platicaron por horas. Noel ya no le hablaba de su difunta esposa. ¿Acaso el sexo une las almas que sin lo carnal no se dan cuenta de su unión? Entre plática y plática, Ana le comentó a Noel la envidia de sus amigas en la plática matutina. Noel se alteró. Jamás se había alterado con ella. Era un peligro que las mujeres envidiosas regresaran a sus casas con sus maridos para contarles las bonitas experiencias de otras. Eso era un peligro para el ego de sus amigos y Noel le explicó que su relación -la relación entre Ana y Noel- era como ninguna otra y era peligroso en esa sociedad que se supiera que Ana era una mujer que daba y recibía placer a antojo. Desde ese día Ana, Sofía y Violeta platican de la suciedad del río, de qué tan borrachos sus maridos llegan y los secretos de cocina que como buenas amigas se vale compartir. Violeta no podía hablar de su falta de placer, Sofía no podía hablar del juego de poder que manejaban con su esposo y Ana no podía hablar de todos los orgasmos que tenía semanalmente.

Cuenta la leyenda que esto, todavía les pasa a muchas mujeres. Sí, leyenda.

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