miércoles, 9 de julio de 2014

Juguemos a jugar que somos madres

Marta Zabaleta (Londres, Reino Unido de Gran Bretaña. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Dedicado a la Memoria de mi ex-alumna de la Escuela de Economía de la Universidad de Concepción, Muriel Dockendorff, desaparecida en Chile en 1974, a los 24 años

Nací hembra y fui hija única. Como víbora que se atraganta con su cola, devine mujer. Melpómene, diosa de la tragedia, mi padre se lo decía a mi madre.

‘Eres una mujer hermosa’. Lo siento, Capitán - nos hemos conocido un poco tarde. Erguido, bigotudo, armado, pintoso, como mi padre. Soy la Libertad, os lo repito, una bandera. Soy senos, fui marsellesa. Y soy quimera, un hecho y mil palabras. Aturdida, histérica, un ser cambiante.

Hundidos ya los dientes a patadas, soplando al viento los quijares, y bebida la sangre coagulada, rodeada de fieras amaestradas, con su orina, su semen, su ignorancia, sus cigarros…

La vagina que muerdes, perro-man que penetras como un buitre, cabalgas como a tu madre y violas como a tu hermana, asesino, sin saber que tú eres también parte del pueblo, gendarme, camarada.

Un número y violada: duerme, no llores, no te mates, mira volar las golondrinas rojo y blanco, y en el campo, recuerda, serás el humor reverberante, en el lecho colina sin bastiones. Tu juventud nos daba la esperanza. No la llores, madre. Ella ya es estrella.

Muriel: en el despeñadero mapuche pusiste tu fusil en alto, llamarada, alumna, hija, tía, hermana, amiga, novia, esposa, compañera amenazada entregada golpeada sucumbida calumniada, Muriel acribillada.

Regaron los servicios con tu sangre, te entramparon, desnudaron, enlazaron, penetraron, cinco, diez, quince, veinte, cien veces muerta, asesinos todos hombres, todos blancos, vomitabas y aun profanada, no delatabas, no llorabas, nada nos cambiaba.

Gritaba el golpeador, el gran dios de los genuinos zánganos, de los colegas sin sustancia, de los desarropados con miedo, el dueño feroz de esa luz incesante con que trataron de desnudarte el alma.

No nos fusiles, no nos golpees, ya basta, mataron tu inocencia, deja que alguien escupa a quien te mate; el amante te abraza, los padres te suplican, el centinela tiembla, y cuenta: uno, dos, tres y vuelas: eres otra vez una paloma rojinegra vestida de mil soles.

No la embarace, no la roce, no la hiera, mejor mátela, Coronel, y la embaraza, la roza, la hiere, es una niña, gime, sangra, se abomina, y la hiena la mata...

Subiremos otra vez las escaleras adonde el sol calienta, la primavera va desnuda, porque crecen las sierras y los volcanes rugen, hablaremos de los partos, mientras el torturador espera: juntaremos las manos, jugando a que todas somos Madres.

Nací hembra y me elegí persona.

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