miércoles, 30 de julio de 2014

La cultura argentina

Libertad Libertadora



Recibimos el presente material que, presumiblemente, está firmado con pseudónimo. Es muy provocativo, y es probable que más de algún argentino reaccione negativamente a él. De todos modos, por amplitud democrática y en nombre de la libertad de expresión, nos pareció oportuno difundirlo, porque abre un debate necesario, silenciado en muchos casos. ¿Existe un “ser argentino”? ¿Tiene razón lo que indica nuestra colaboradora? ¿Qué significa esto de ser “chanta”?

Argenpress Cultural

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¿Cómo hace un argentino para suicidarse? Se sube a lo más alto de su Yo y se deja caer. Desde tan alto es seguro que se hace mierda…

Avergonzarse de lo que una es no sirve de mucho. Avergonzarse, ponerse toda colorada y en consecuencia castigarse, flagelarse por la falta cometida, es una pura estupidez. Así no se soluciona nada, y en todo caso se continúa con la tan cuestionable tradición judeo-cristiana que marca nuestra historia como occidentales: ¿será cierto que por nacer ya somos “pecadores”? Pero, ¿qué carajo significa ser pecador al fin y al cabo? ¿Quién dijo esa taradez? ¿Por qué no tomar la vida como una bendición, como algo que hay que gozar, usar, gastar? ¿Por qué vivir sufriendo arrojados a una falta original que no tenemos la más reputa idea qué significa?

En todo caso, decía, quizá no sirve tanto una actitud “vergonzosa” sino autocrítica, que no es lo mismo. ¡Hay que ser autocrítica, autoreflexiva!, pensar seriamente y con valentía en nuestras mezquindades, en nuestras taras (¡que por supuesto todas y todos tenemos!) para encontrarle salidas. La cuestión no es justificarse, tapar los problemas, hacer la del avestruz en definitiva. La cuestión es analizar… y ¡cambiar lo que no va!

Los argentinos (vamos a usar siempre las palabras en masculino, sobreentendiendo que eso incluye ambos géneros; por tanto, nada de “argentinos y argentinas”, o la otra más exótica de “argentin@s”), los argentinos, decíamos, tenemos tendencia a sentirnos dioses. Somos agrandados, fanfarrones, expansivos. Bueno…, al menos algunos argentinos. Quien ha tenido oportunidad de viajar al extranjero puede haber descubierto esto en forma directa: en muchos países vecinos, en América Latina en general, los argentinos son vistos como arrogantes, soberbios, altaneros.

Insisto: ¡no todos los argentinos son así! Generalizar siempre conlleva una cuota de peligro. Un peón de estancia de Corrientes, un coya de Jujuy, un “negro villero” de la capital, un sub-ocupado o desocupado (de los que cada vez hay más), alguien que participó en saqueos de supermercados para llevarse un pedazo de pan a la boca, un piquetero, una de los tantas y tantas víctimas de los planes de privatización y pago de la deuda externa que condenaron al país a la decadencia, no puede sentirse muy arrogante, soberbio ni altanero. ¡Ni siquiera puede alardear con el Campeonato Mundial de Fútbol, porque los Panzer alemanes nos pasaron por encima y no nos permitieron sentirnos campeones! (como sí lo permitieron los milloncitos pagados a algunos peruanos en el ya lejano Mundial de 1978). Cuando pensamos en esta fanfarronería, sin dudas tenemos presente la imagen de un clase media porteño. Y Argentina es más que eso, por supuesto.

Bueno…, esto ya se sabe: no es nuevo. Pero creo que nunca está de más recordarlo. Vamos a repetir una vez más la trivial frase de “Argentina no termina en la General Paz”. Aunque repetido, no deja de ser cierto.

De todos modos, es sabido que el espíritu clasemediero, urbano y en muy buena medida porteño que define la argentinidad, es algo bastante difundido. Recuerdo que en el extranjero justamente (creo que fue en Colombia), alguien me dijo alguna vez, en plena era menemista cuando la debacle ya había comenzado (no con el Innombrable, claro: él fue el que puso la cara, porque el proceso es más complejo), alguien me dijo que era hora que los argentinos sufrieran un poco y dejaran de ver por arriba del hombro hacia Latinoamérica.

Ahora Argentina está golpeada. Si queremos creernos que con el matrimonio Kirchner las cosas mejoraron…, podemos creerlo. Pero no pasa de una pura cuestión de creencia: Argentina decayó en forma monumental en estos últimos años. Fue una caída brusca, monstruosa, sin anestesia. De haber sido productor del 50% del Producto Bruto total de Latinoamérica para la década de los 60 del siglo pasado, ahora retrocedió dramáticamente para ser la cuarta economía de la región. Eso, por supuesto, trajo consecuencias enormes. Consecuencias no sólo económicas, políticas y sociales. También culturales. Hondamente culturales, en el corazón más íntimo de la gente. Y hasta psicológicas.

Por varios años, según los indicadores de los organismos especializados de la Organización de Naciones Unidas, el país tuvo los índices de suicidio más altos del mundo, así como el nivel de disfunción sexual masculina más elevado. Evidentemente, cayó todo… ¡no sólo la economía!

Y cayó también la producción cultural.

De todos modos, varias décadas, casi un siglo de acumulación cultural no se borran de un plumazo. La cultura argentina (medio europea, che…, nos guste o no) sigue teniendo un cierto valor de baluarte en la región. Sin embargo, está en proceso de decadencia.

Y es sobre eso que me permito abrir esta breve y provocativa reflexión: pese a estar alicaídos, un poco muertos de hambre, sin perspectivas positivas para el mediano plazo, con una economía que quedó estancada en la producción sojera para el mercado mundial y un parque industrial totalmente empequeñecido en relación a lo que fuera años atrás, con retrocesos notables en los satisfactores sociales básicos (salud, educación, vivienda, seguridad social, acceso al empleo), teniendo -como se dijo sarcásticamente- Ezeiza como única salida, el “ser argentino” sigue siendo fanfarrón, altanero, soberbio. Dicho en buen argentino: un poco chantapufi (aunque golpeado, claro…)

Sentirse un verdadero argentino es ensalzar valores que, analizados objetivamente, podrían avergonzar. Es decir: se levantan y endiosan prácticas cuestionables. De algún modo, esos valores (corrupción, impunidad, racismo, altanería -¿por qué decimos tan frescos “la negrada”?-) están presentes en el imaginario que nos construye como argentinos. Dicho de otro modo: hay una cultura tramposa en juego.

¿Cómo entender, si no, los símbolos nacionales? Y no nos referimos a esas boludeces que nos enseñan en la escuela, que por supuesto nadie se cree (¿cuál es la flor nacional? ¿Y el árbol nacional?). El principal ícono de la música popular, representación casi por antonomasia de la argentinidad, es el Zorzal criollo, el Morocho del Abasto: un verdadero “macho” que “la bate de querusa”, pero que en realidad era un homosexual de origen francés; o en todo caso, uruguayo. Ni machito, ni argentino… ¡Por dios!

¿Cómo es posible que otro ícono que nos representa sea un gol hecho “con la mano de dios”? ¿Cómo puede llegarse a entronizar la trampa, asumida como tal, de un muchacho tóxico-dependiente? Si nuestros quasi símbolos patrios son una flagrante mentira (un macho homosexual, un gol ilegal) ¿qué nos dice eso? ¿Semo uno mentirosos terrible semo?

La cultura argentina dio cosas fabulosas, que marcaron época. No voy a enumerar aquí la larguísima producción. Pero junto a eso también tenemos una Mirtha Legrand, una Susana Giménez o un Tinelli. O un Mundial comprado. Y lo peor: un Menem (¿un Facundo Quiroga trucho?..., bueno, por las patillas podría ser) que prometió, pidiendo que lo siguiéramos porque no nos iba a defraudar (¿?), que ya entrábamos en el Primer Mundo. Pero mucho peor aún, infinitamente peor que eso: la fantasía de mucha gente que se lo creyó. ¿Es como un gol hecho con la mano? Papeles truchos, taxis truchos, títulos truchos… ¡Todo es trucho! ¿Eso somos?

Viajando siempre, también en Colombia -y en Venezuela, y en Cuba, y en un largo etcétera- pude constatar que ven al matrimonio Kirchner como los revolucionarios, y a la vieja que se hace la joven, estiramientos mediante (¿también hay algo de trucho en eso?, ¿aparentar lo que no se es?), la consideran como la compañera “montonera” que está luchando contra el Fondo Monetario Internacional.

Tal vez lo que me decía ese colombiano vez pasada llevaba razón: quizá el cachetazo que se está viviendo desde hace algunos años nos sirve para despertar. ¿O seguiremos siendo truchos per secula seculorum?

Sentirse dios, mirar por arriba del hombro, es una absoluta mierda. Eso -imprescindible es decirlo- no es sólo de argentinos. ¿Lo estarán haciendo ya los brasileños ahora que son potencia regional? Todo aquel que está un escaloncito por arriba del otro mira para abajo y desprecia al supuestamente “inferior” (¿ley del gallinero?). ¿Qué hacen los franceses con nosotros sino eso? ¿Y qué hacen los yanquis con los europeos sino eso? ¿Harán eso también los alienígenas que conquisten a los terrícolas? Lo importante a rescatar es que nadie, en nombre de nada, puede (¡¡¡debe!!!) mirar por arriba del hombro a nadie. Y si por años eso hemos hecho los argentinos, ahora que estamos en la peor mishiadura de la historia, más cerca de un banana country que del Primer Mundo (pobreza, corrupción, violencia, villas miserias, huida en masa del país, nuevamente analfabetismo, nuevamente enfermedades ayer eliminadas, ética del naufragio: “sálvese quien pueda”), es oportuno plantearse todo esto.

¿Semo piola porque lo cagamo a todo haciendo gole con la mano?

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