miércoles, 23 de julio de 2014

La Israel profunda

Andrés Figueroa Cornejo (Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



Yo soy de esta lucha vieja como los relojes solares,
vidrio molido en el suelo de la pista de baile para rumbear sin zapatos,
juventud sin porvenir y porvenir sin juventud.

De esta antigua lucha, de los balbuceos originales de la humanidad
y más atrás,
cuando éramos apenas un manojo recién puestos de pie
en medio de África subsahariana, resistiendo en la noche los hielos
y los volcanes de espuma tiznada,
y a los lobos salvajes tras nosotros
disputando la carroña diente a diente,
cuando esos lobos todavía ni pensaban en convertirse en los perros de después,
ni en las peluquerías para perros, ni en la comida especial para perros,
ni en su compañía perversamente amaestrada.

No vengo a decir otra vez la palabra odio o compasión,
o piedad o acuerdo o solidaridad “en la medida de lo posible”,
como informan por cadena nacional
los gobiernos civiles de Chile por ejemplo
cuando se excusan de no ajusticiar a los fusileros de los populares desarmados.

No vengo a decir de la sangre de niñas y niños palestinos
lavando la ciudad desvanecida en el arrebato de los garrotes de última generación,
con miras y satélites capaces de escanear hasta mi primer amor inconfesable.

En cambio vengo a nombrar a la Israel que no desmemoria las alambradas
y su cuerpo celeste trozado en los laboratorios del tercer Reich,
codo con codo cadavérico con los comunistas y homosexuales
y gitanos y vagabundos.
Esa misma cámara de gas democráticamente compartida como la capilla fría
de cualquier escuela pública del planeta.

No vengo a rabiar por una ofensiva transmitida por CNN y TeleSur en línea,
ni por la boca llena de peces muertos de las madres de Palestina
ni por el éxodo al Líbano, que no es ninguna tierra prometida.

Vengo por ti Israel.
No por su Estado ni sus partidos políticos ni sus piedras computarizadas y exactas.
Por ti Israel.
La que tiene memoria y que no necesita de fotos para horrorizarse.
Vengo por Israel, la empobrecida, la amante inoxidable de la paz.
Vengo por el soldado de tropa, el muchachito que recrea el espanto de sus abuelos
pero hoy programando la mirilla contra sus abuelos
transfigurados en la Palestina en harapos.

Vengo por la Israel sencilla, religiosa o laica, humanista,
homosexual y vagabunda.

La Israel que no escasea de memoria.

Vengo encendido.
Yo que no soy palestino ni israelí ni chino ni ruso
ni alemán ni norteamericano.

Vengo por ti Israel, la profunda.
Vengo para que nos enseñes en la acción
que no tienen razón los terapeutas
ni los intérpretes psicoanalíticos de la historia.

Que es mentira que en cuanto se invierten las fuerzas,
la víctima se convierte en victimario.
Que el gobierno de turno del Estado de Israel es sólo un accidente
una anécdota
la peor pesadilla,
pero que no es Israel
sino sólo su mandarín provisorio.

Muchacho y muchacha,
soldado de tropa israelí,
apaga el visor robotizado de tu pantalla de guerra
porque otra vez estás desbrozando los costados luminosos de tus abuelos.

¿Que no escuchas su voz desdentada salida de una piel gaseada y rota
que te pide que no vengas por mí una vez más, mira que mis ojos son los tuyos,
los mismos ojos y la misma mano que habitaron el espanto
y que ahora hacen puntería sobre mi pecho tuyo?

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