miércoles, 9 de julio de 2014

María Eva Duarte

Norma Segades-Manías (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Mientras la mayoría del pueblo la llora con desconsuelo, en algunas paredes de los barrios aristocráticos alguien escribe: “Viva el cáncer”. Tenía 33 años. Buenos Aires/Argentina (1952)

Encarcelada adentro de mis pieles,
el alma se debate entre las llagas
que saquearon su cuerpo,
a pura furia,
en estas coordenadas del silencio
donde sucede el tiempo en espirales
y la agonía duele todavía
aunque el fétido aliento de la muerte
ya no rompa,
con uñas amarillas,
los baluartes del útero infecundo
donde engendrara el cáncer su paisaje.
Soy
apenas
la máscara de la hembra
que odiaron los señores biencomidos
desde lo más profundo de sus vísceras.
Soy Evita,
la intrusa resentida,
la virtuosa,
la puta,
la arrogante;
la que mantuvo un odio apasionado por los olvidos,
por las injusticias,
y alzó una represalia en torbellino
que consumió sus días
y sus noches
y el desleal desenfreno de su sangre
desterrándola al hondo cautiverio
de una perpetuidad inconmovible
donde habrán de golpearla,
mutilarla,
temerle hasta el espanto y la locura,
condenarla a un atroz peregrinaje
al que será entregada por bastarda,
por hija de la chusma,
por fanática,
por conducir legiones desdentadas
hacia la dignidad que les adeuda
la rapiña legal de los farsantes.
Soy Evita,
la madre irrespetuosa,
la que no consintió con su destino
de sirvienta,
operaria,
costurera,
discreto pasatiempo de señores
en alguna evasión de mediatarde
y se jugó la vida
a todo o nada
porque tuvo el coraje,
la fiereza,
la razón, el arrojo, los ovarios
para parar el juego y dar de nuevo
a pesar del agravio interminable.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.