jueves, 17 de julio de 2014

Mi propio homenaje a Michel Foucault

Jesús María Dapena Botero (Desde Vilagarcía de Arousa, Galicia, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Querido ex-alumno:

El día que me enteré que justamente en este año, se cumple el treintaitresavo aniversario de la muerte de Michel Foucault, me dio por revisar vieja correspondencia y encontré un comentario, que me hacías de la lectura, que habías hecho, acerca del capítulo sobre el Damiens, de Vigilar y castigar, tema que posiblemente habíamos comentado en el tren, de regreso a casa, después de nuestro seminario de Psicoanálisis con Niños.

Ahí te sorprendías del desencadenamiento de tanto sadismo y perversión por un crimen de lesa majestad, tan sólo a treinta y dos años, de que rodara por el suelo, la cabeza del Gordo Capeto, cuando tu Francia victoriosa, se rebelara y declarara que de acuerdo con los Derechos del Hombre, el Rey ya no sería más el soberano, lo que tendría un eco enorme en mi América Natal, donde se darían hacia 1810, los gritos de independencia, que en Suramérica hispana liderarían Simón Bolívar, José de San Martín, José Artigas y Bernardo O’Higgins.



Yo pienso que para darle una mirada psicoanalítica al destrozo del cuerpo de Damiens, el regicida, tendríamos que remitirnos al llamado Freud sociológico de Tótem y tabú, de Análisis del yo y la psicología de las masas y al del Malestar en la Cultura.

El regicidio, como magnicidio, sería equivalente al parricidio, al asesinato del Padre de la Horda primitiva; pero para que el conjunto social no se saliera de madre, había que recurrir a un castigo ejemplar, para que a ningún testigo le diera por hacer lo mismo y lo transmitiera de generación en generación, pena que se aplicaría con todo el sadismo, de parte de los gobernantes, en un tiempo en que el Rey, era el soberano hobbesiano de El Leviatán, de quien decía el paciente Job: Nadie hay tan osado que lo despierte... De su grandeza tienen temor los fuertes... No hay sobre la Tierra quien se le parezca, animal hecho exento de temor. Menosprecia toda cosa alta; es rey sobre todos los soberbios.



El propósito de Hobbes era hacer una declaración de principios del Estado Absoluto, gobernado por un Rey.

Pero todavía ni el pueblo francés ni las naciones iberoamericanas habían declarado el gran principio de que el Rey no es soberano, ni cambiado el contrato social hobbesiano, destinado a aplacar al horroroso hombre, que para sí mismo, es lobo, por el de un Jean-Jacques Rousseau, más basado en el amor y la solidaridad, en la ayuda mutua ante las necesidades que impone la vida, de tal modo que imperaba Tánatos sobre Eros.

La concepción de Hobbes pareciera estar más signada aún por el impacto de la pulsión de muerte en el imaginario social y pondría a los sujetos de un estado de cultura, en una posición esquizoparanoide, para utilizar una expresión kleiniana, en oposición con un persecutorio mundo externo, en el que el infierno es el otro, como tan genialmente lo describiera uno de los personajes de Jean-Paul Sartre en A puerta cerrada, como se supondría que sería el ser humano en estado de naturaleza, con las pulsiones ad libitum, de ahí que a ese licántropo, a ese otro infernal, había que ponerlo a raya con un superyó tan sádico, como el más arcaico, que tenemos los seres humanos en nuestros espacios más primitivos, así en los tiempos de Demians se anduviera bajo el influjo próvido de una Ilustración, que no llegaba a los Reyes, salvo quizás al español Carlos III, de ahí que los regicidas, rebeldes contra el sistema monárquico, que apareciesen sueltos, en arrogantes acciones individuales, deberían ser eliminados con el más cruel de los escarnios, para que nadie desase, - ¡jamás! – tener una osadía semejante.

Máxime si se olían, de alguna manera, que se estaba ad portas de esa epopeya que sería la Revolución Francesa, en la que las distintas facciones sediciosas, se darían tan duro unas a otras, como expresión de su verdadera condición humana, tejida de pulsiones tanáticas y eróticas, dada una condición que jamás llega a ser ni lo suficientemente razonable, ni lo suficiente civilizada, por más que la Diosa sea la Razón; pues, la presencia siempre ominosa de Tánatos impone su compás a la cultura, a la que llena de malestar, no es casual que la traducción inglesa de la obra de Freud, donde el padre del psicoanálisis expone todas estas tesis, sea Civilization and Its Discontents.
Pues esta pacífica dama de la ilustración…



Bajo los sones de La Marsellesa, se volvía tan fiera como los enfants de la Patrie, bajo los ideales de la Libertad, que se sobreimponían.



Entonces, el cuerpo de Damiens, el regicida, en los albores de nuevos tiempos, tendría que pasar a hacer parte del cuerpo de los condenados, sometido a horribles suplicios, entre adoloridos gritos, a pesar de los consuelos de un cura, frente a un hombre, que pedía piedad y perdón a Dios, en medio de un doloroso espectáculo, como si fuera la antesala del infierno medieval que le esperaba con toda su crueldad; como, tan bien, nos refleja el Bosco.



Tal vez pudiéramos contemplar las últimas escenas de Corazón Valiente, para comprender con terror y piedad, como en toda tragedia, los angustiosos momentos finales de Damiens, con un destino tan parecido al del sedicioso héroe escocés, William Wallace, magníficamente representado por Mel Gibson, ambos víctimas de un torturador Poder omnímodo.

http://www.youtube.com/watch?v=ss1-yF0pubo&feature=kp&hd=1

Pero, a diferencia de Wallace, antes de su muerte, nuestro Damiens, padecería el descuartizamiento, acto de una salvajada brutal, siempre con el fin de garantizar una muerte lenta, que entiendo que se repetiría en la primera mitad del siglo XX, bajo el régimen franquista en estas tierras gallegas, ahora tan pacíficas, aunque bien pudiera darse también del otro lado de la guerra; en Colombia, una vez que asistí a un seminario psicoanalítico, con una experta en violencia social y psicoanálisis, oí con horror y compasión, a una mujer, quien se dedicaba al desarrollo rural en mi región, contar con lágrimas de angustia, con la voz casi entrecortada, narrarnos como llegaban a las comunidades, las Autodefensas Unidas de Colombia, moto-sierra en mano, con una técnica mucho más sofisticada, cortar cabezas y obligar a la propia gente de la comunidad jugar al fútbol con las cabezas de sus vecinos y parientes, so pena de que si no lo hacían, la próxima sería la suya o un día se vieron bajar por las aguas del río Cauca, ensangrentadas, miles de brazos cercenados, para escarnio de la población. Son los desastres de la guerra, como bien lo diría don Francisco Goya y Lucientes. Imagínate un río como este con cientos de brazos flotando y teñido de rojo.



¡Cómo para que los niños se taparan así los ojos de dolor y espanto!



¡Pobrecito mi país!

Pero, parece que pasado un tiempo de la horripilante muerte de Damiens, ya empezando a avanzar el siglo XIX, en 1838, se haría una reforma en las prisiones, donde los canallas y los hombres infames debían ser vigilados y castigados, para ser sometidos, como los locos, a un tratamiento moral, que se basaba en estrictos horarios, intensas jornadas de trabajo y estudio, con lecturas religiosas o moralizantes, como para convertir en jóvenes de carácter a estos jóvenes delincuentes, quienes después de asistir a los talleres, debían aprestarse en lecto-escritura, dibujo lineal y cálculo, bajo el influjo de un espíritu reformista en Occidente, que traía consigo códigos a la altura de los tiempos modernos, más recientes y actuales, con un concepto de modernidad, que venía gestándose desde el Renacimiento, en los albores de una Edad Moderna, inaugurada con el descubrimiento de América, como si ahí empezara un nuevo mundo y una nueva era, con pretensiones más humanistas, que superaran el oscurantismo medieval.

Pero la historia no va con un desarrollo lineal, sino que se superponen mundos dispares mientras se va gestando una nueva mentalidad.

Y a la crueldad de la muerte de Damiens, se apareja todo el pacífico desarrollo de la Ilustración, que va a hacer entrar nuevas ideas a este pícaro mundo.

Entonces la pena de muerte se iría substituyendo por penas correctivas, sin los dolores ni lo asqueante de la tortura; sin embargo no exentas de dolores más sutiles y silenciosos, sin espectacularidad alguna.

Como puedes verlo en este documental con tres dramáticas historias:

http://www.youtube.com/watch?v=Qdq0DKmn5aE&hd=1#

La sombría fiesta punitiva de la ejecución pública, del sujeto puesto en la picota, en el lugar del escarnio, para aterrorizar y ejemplarizar, como acto de disuasión de la realización del mal, pasa a ser más una labor de la administración carcelaria en los presidios occidentales; incluso en los lugares donde aún existe la pena de muerte, como ceremonia íntima, como las que pudimos ver en Pena Muerte (Dead Man Walking) de Tim Robbins o en el excelente relato cinematográfico de la relación de Truman Capote con los asesinos de su novela A sangre fría, que lo obligaría a asistir a la ejecución, con esos seres, con quienes el escritor estadounidense había llegado a compenetrarse tanto, que no puedo evadirse de acompañarlos a la hora de dar su último suspiro, como parte de un ritual muy íntimo, que nada tiene que ver con la ejecución de Damiens.



Y con la Revolución de 1789, terminaría la picota en Francia, aunque en otros países de Europa se prolongara su desaparición a lo largo del siglo XIX.





El castigo iría poco abandonando su teatralidad, para que los poderosos, los jueces, carceleros, verdugos y, aún el mismo Estado no fuesen tachados, con razón de ser igualmente crueles y asesinos, cosa que no dejaría de denunciar Albert Camus en sus Reflexiones sobre la Guillotina, cuando declaraba, tal vez influido por Beccaria, que la pena capital es el más premeditado de los crímenes, ejecutado con la mayor frialdad y sin remordimiento alguno; en la medida que la ejecución pública reactiva la violencia, se repensaría el asunto para efectuar un cambio en la mecánica del castigo, para no exhibir la violencia legalizada del sanguinario verdugo, como si la ejecución misma se convirtiera en un acto teñido de vergüenza, por lo que habría que llevarlo a cabo en espacios más íntimos, como una suerte de ritual secreto, que poca gloria daba ya al ejecutante, en un intento de aplacar a una nueva conciencia moral de quienes empezaban a encontrar deshonroso el condenar, aunque, sin embargo, lo hicieran con riguroso celo.

Si la guillotina persistía, el espectáculo era tan breve como el destello de un relámpago, mientras la cuchilla se descorre y da un golpe certero en el cuello, ya fuera en la nuca del Gordo Capeto o de su mujer, María Antonieta, aunque también derramaría la sangre jacobina, en aquellos días siniestros del régimen del terror, que substituirían a los previos de una monarquía decadente.

Así las cosas, el espectáculo no debía continuar; había que lavar las huellas de la barbarie de los tiempos antiguos, no se debía mortificar el cuerpo más allá del encierro, la reclusión o el trabajo forzado; bastaba que el sujeto, en cuerpo y alma, se viese privado de su libertad, con los derechos suspendidos.

Ahora más que el cuerpo será el alma la que pague su falta, tanto por sus pensamientos, sentimientos, obras, acciones cargadas de mala intencionalidad, pero sin caer en las torturas destinadas a brujas, hechiceras y herejes.

El demente y el loco se declararían impunes por el trastorno que le aquejaba, porque nadie podrá ser a su vez, orate y culpable, de ahí el papel de los alienistas, de la psiquiatría y la psicología forenses, uno de cuyos casos primeros fuera Pierre Rivière, un muchacho sobre el que el propio Foucault escribiría el patético relato histórico que titularía: Yo, Pierre Rivière; habiendo degollado a mi madre, a mi hermana y a mi hermano.

La conducta del joven matricida y fratricida dejaba en el jurado dudas, con respecto a su cordura, al no ser claro su estado mental, a pesar de la magnitud del crimen cometido; pero, lo que le esperaría sería la pena de muerte, por lo que se consultaría sobre su estado psíquico al eminente psiquiatra Jean-Étienne Esquirol y otros colegas suyos, quienes dan el veredicto de que Pierre manifiesta signos de alienación mental desde la infancia, por lo que se le conmuta la pena capital por la cadena perpetua, al ser diagnosticado como un caso de una monomanía homicida, con lo cual la psiquiatría entraría a estar dentro de las estructura de Poder, como actividad de peritaje, que tratará de diagnosticar y cuantificar la locura, con los distintos grados de libertad que pueda tener el loco, para poder condenarlo o no, y medir el grado de su peligrosidad.

A partir de entonces, no será el juez el único que juzga, pues en la fase de instrucción, el juez ha de tener un importante diálogo con otras disciplinas, con los expertos de las ciencias Ψ, con otros magistrados, con educadores, reeducadores y/o funcionarios carcelarios, toda una pléyade de personajes extrajurídicos, en tanto y en cuanto el Derecho debe abrirse a otros saberes que le son ajenos, para enfrentarse con todo un complejo científico-judicial, aplicable de un modo singular al caso por caso, lo que llegaría a considerarse todo un progreso, como un triunfo del humanismo y las ciencias humanas.
Entonces el castigo pasa de ser puramente opresivo en sus sanciones a tener una función social más compleja, como una suerte de táctica política, para ejercer sobre el cuerpo y el alma del delincuente, un poder más benigno, como el superyó ulterior al del ocaso del complejo de Edipo.

Y si aún se aplica la pena de muerte, en países, supuestamente tan civilizados como los Estados Unidos de América, hay que tramitarla de una forma más suave, casi sin que apenas el sujeto se dé cuenta, con sueros letales, que incluyan la anestesia; de tal modo que la pena capital afecte más a la vida que al cuerpo mismo, sin someterlo a los castigos de un casi olvidado infierno medieval, como para los inquisidores del Malleum Malleficorum.

El asunto puede ser discutible o no, pero nos demuestra que el Poder está en condiciones de generar saber y viceversa, máxime según lo planteaba Gregorio Baremblitt es meritorio que saber lo que se puede hacer porque se lo desea intensamente.

Bueno, hombre y con esto me despido, después de compartir contigo mi homenaje a Foucault, un autor, siempre enigmático, al que tendremos que acercarnos cada vez más si queremos saber algo de la condición humana.

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