miércoles, 9 de julio de 2014

Momentos

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Hay momentos, comentarios, situaciones que resumen vidas. O etapas que después serán recordadas.

Como aquella vez en que la tía y la abuela de Arturo le dijeron llorando desconsoladas: -“No hay más abuelito…!!!”

Se levantó, fue al baño, volvió a la cama y dejó de respirar.

“- ¡Murió como un pajarito…!!!” decían en aquel momento.

Cuando los padres de Arturo se separaron, su hermano viajó a Europa con su madre y él quedó por un tiempo viviendo solo.

En su casa, poco a poco, todo empezó a quedar desordenado y por el suelo. No arreglaba nada. No limpiaba nada. No guardaba nada. Todo sucio y desordenado.

Y así, viviendo solo, una vez se sintió mal. Tuvo fiebre y llamó por teléfono a un amigo para preguntarle si conocía un médico. El médico llegó y al ver todo se desorden y suciedad dijo: “Cómo se ve que hace falta una mujer en esta casa….”

Momento que a Arturo le hizo reconocer, darse cuenta que todo ese desorden y suciedad era una forma de llamar, esperar una mujer que lo cuide.

O cuando Luis, amigo de Arturo, una vez le afirmaba místicamente convencido, que habrá un foco que se extenderá por toda América Latina. Lo que era para Luis una fe religiosa.

Aquel Luis era miembro de un grupo armado. Lo encontró caminando por la calle. –¿Me puedo esconder en tu casa?, le preguntó con cara de miedo. Y estuvo quince días en la casa de Arturo. Cuando se fue, hubo un momento en que Arturo le dijo: ¿No te cuenta que la van a perder? ¿Que la gran masa del pueblo está en otra? ¿Que todos quieren la vuelta de Perón y nada más? ¿No te das cuenta que le van a hacer el juego, van a provocar una dictadura jodida?

-¿¡Pero que van a decir los compañeros!?, respondió Luis.

-¡Pero qué compañeros…!!??. Pensá en tus hijos. Ellos quieren un padre vivo, no un padre muerto. Y Luis se fue. Callado y con cara de bronca. Después, denunciado por su suegro que era un político de derecha, fue preso, torturado y muerto. Un desaparecido más.

Otros momentos, son embargo, le despertaban emociones distintas. Como cuando desde su ventana del décimo piso del departamento donde vivía, de noche veía las filas de autos que iban y venían. Los que venían, con luces blancas. Los que iban con luces rojas. Momento en que imaginaba que estarían pensando los que los dirigían. Cuáles serían sus angustias, sus tristezas, sus dolores, sus alegrías, sus esperanzas.

Era el momento en que veía filas que parecían de gusanos de colores, luminosos, fosforescentes, que se arrastraban por las calles y avenidas.

Hasta que se dio cuenta de lo obvio. Que siempre hay un instante del tiempo en que algo empieza o algo termina. Momentos de despedidas o de encuentros. Y también siempre últimos momentos.

Entonces se empezó a preguntar: “¿Qué quiero ahora que empiece?”

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