miércoles, 30 de julio de 2014

Requiem por los pájaros

Norma Segades-Manías



Ella hacía las compras, jabonaba pañales, enjuagaba y tendía.

No había dinero para descartables.

Transcurrían los soles sobre sus necedades y sus manos exhaustas.

Fue el año del Mundial y aquella ceremonia de los niños risueños, vestiditos de blanco. Todo tan ensayado. Todo tan impecable. Los estadios enormes, los partidos de fútbol que miraban en familia desde el refugio tibio de la cama.

Era invierno. Hacía frío. Preparaba pasteles con dulce de membrillo mientras las calles eran un desierto que, de pronto, poblaban millones de gargantas trepándose a las cúpulas del triunfo.

Fue el año de la copa. El mundo en esos brazos, en ese anonimato que invadía balcones, envuelto en la bandera de la patria. Muchedumbres corriendo, dilapidando euforias sobre los bulevares.

Y ella invitando a su hombre a salir a la calle. Justamente a su hombre, inquilino de rabias e impotencias, gritándole que él no se prestaba... que todo era un engaño, una grandiosa farsa para esconder la mugre debajo de la alfombra...

Y el barrio en la vereda, esperando que alzara a la pequeña, que cantara canciones, que acompañara al hijo en su inocencia porque toda la tarde era festejo.

Y en los días siguientes continuar caminando su mundo de manteles, de risas controladas, de limpieza, de pulir las cerámicas, de regar los canteros, de comprar ornamentos para tantas repisas.

Disimulando siempre la pobreza con sus manos groseras, casi toscas, dos simples instrumentos de trabajo que anhelaban, a veces, las caricias.

Después, ese regreso al mundo en democracia. Acusaciones, juicios, testimonios. El corazón sin miedo denunciando. Treinta mil expedientes aguardando en despachos.Volúmenes enteros de nunca más indulto obediencia debida.

Mientras su culpa busca a los que faltan.

Mientras blancos pañuelos se disfrazan de jueves en la plaza reclamando un retazo de plegaria para aquellos que fueron otros hijos.

Mientras Scilingo entrega su cargo de conciencia porque voló la muerte con capucha cuando la noche era siniestra y lúgubre y el Río de la Plata un sepulcro sin nombre cargado de secretos.

Y ella culpable, loca, estupefacta, cómplice del silencio -incapaz de dudar, presentir, darse cuenta de la gran mascarada-, alcanzado certezas, comprendiendo que hay pájaros perdidos en la niebla y hay historias de aullidos y picanas.

Y algo peor todavía, ahora que condena su figura embriagada de cánticos, escuchando las voces de sus padres, sus sandeces rotundas, sus prejuicios, sus sentencias, su nomequedandudas, su algohabránhecho, enalgohabránandado. Su acostumbrado juego de mordazas.

Ahora que comprende que le vendieron un mundial de fútbol y ella compró su cuota de estandarte y la correspondiente oblea distintiva de derecha y humana.

Porque en este país, en este sitio, todo estaba ordenado, circunspecto, prolijo, bien lustrado y pintamos de blanco los parques y las plazas y permitimos que destrocen nidos porque ensuciaban mucho las aceras y adherimos a todos los decretos por que el hombre vistiera como hombre, llevara el pelo corto y no osara meterse donde no lo llamaban.

Tiempos en el que Dios fue indiferencia.

Tiempos en los que nadie tuvo en claro que hubieran terminado con los pájaros porque nunca encontraron los cadáveres.

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