miércoles, 23 de julio de 2014

Un mundo más sobrio

Daniel Lara (Desde Costa Rica. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Para las fiestas de fin de año mi abuela materna preparaba siempre algo especial. Recuerdo una vez, siendo muy niño, alistar una gallina enorme, negra, de un cuello largo como el de las bailarinas rusas, pero ya viejas, tenía unas patas grandes y feas, hacía un ruido, un gorgoreo extraño, como el que hacen las personas a las puertas de morir luego de una larga enfermedad. Tiempo después me enteré que el animal se llamaba o le decían chompipe (otros pueblos lo nombran guajolote, pavo, etc). El enorme, raro y nervioso plumífero estuvo en nuestro patio desde unos meses antes que mi abuela le jalara el pescuezo; creció mucho, mucho y gracias a una sobrealimentación interesada y perversa. Cada vez que podía corría para verlo; me gustaba jugar con él y perseguirlo entre matas y arbustos, nunca imagine el fin que le esperaba. Llegado el día y unas horas antes del sacrificio, a la fuerza, se le emborrachó con ron y yo reía de verlo dar tumbos y proferir peores graznidos. Su embriaguez fue la antesala de su final, al morir ebrio se esperaba que su carne quedara suave y gustosa sin experimentar derrame previo de adrenalina. Confieso que lo comí con gusto en Navidad y mi pesar ante su terrible muerte fue obnubilado por la prédica de un familiar que en medio banquete se atrevió a decir: Dios lo ha provisto para nosotros al igual que el resto de la naturaleza para nuestra satisfacción y goce. ¡Comé hijito, que está bien rico, Feliz Navidad!

Cuento esto bajo mi propia y ocurrente relación de hechos, porque hoy ha caído el telón de la FIFA y en la embriaguez colectiva pocos han reparado sobre la sangre derramada, y no me refiero a los mordiscos de Suárez, ni a la vértebra rota del jugador brasileño o al pómulo abierto del alemán en los últimos minutos del cierre mundialista universalmente difundido. En el nuevo circo romano, satelital y televisado, no corre tanta sangre – al menos cristiana y occidental- lo que corre es mucho dinero y el espectáculo sirve de paso para que millones de personas miren hacia otro lado y no reparen en el sacrificio atroz de sus congéneres. El malestar que reportan las llamadas redes sociales pareciera estar centrado en las injusticias de premiación de la FIFA, en los arbitrajes amañados y, tal vez un poco, en no ver ganar a las Selecciones de su preferencia.

Hace tan solo un mes, el 12 de junio, el mismo que iniciara el Mundial en Brasil, se daba a conocer el resultado de una investigación de la Universidad de Oxford: 10,000 suicidios atribuibles, sin reparo, a la crisis económica que sacude a Europa y, tan solo, entre el 2008 y el 2010. El paro, la pérdida irreparable de viviendas, ahorros, beneficios sociales y otros derechos, la falta de perspectiva de salida ha llevado a este sacrificio humano, especie de genocidio económico. La carne la aportan unos y la disfrutan otros. Los números de humanos sacrificados por la guillotina del capital crece conforme pasa el tiempo del 2010 a la fecha. En estas cuatro semanas nadie reparó sobre el asunto, no ha habido tiempo ni interés, la atención se fijó en otros datos estadísticos, “scores”, octavos, cuartos y finales.

La sangre derramada en medio de la borrachera balompédica toca también el sacrificio - el genocidio – del pueblo palestino, en su país convertido en “ghetto”, en cárcel a cielo abierto, en oprobio y vergüenza para los que todavía experimentan rubor y pena ajena. Los palestinos, los originarios semitas, los herederos legítimos del mismo judaísmo, los parientes más cercanos y nunca antes exiliados pero ahora en diáspora, destrozados, convertidos en carne quemada por el fósforo blanco, por los drones, los aviones y toda la parafernalia bélica de última tecnología a manos de hordas sionistas que emulan la “Shoa” que cometiera el nazismo alemán. Los sacrificados de ayer no comprenderían que en su nombre y bajo su justificación se cometan las mismas carnicerías. Distintos uniformes militares pero los mismos métodos. La misma lógica de pueblo escogido, superior y con patente para llevar al sacrificio a los no puros, a los no escogidos de Dios. Afinidades electivas las llamaba Goethe. La cruz gamada y la estrella de David, los hornos de ayer y el estrangulamiento planificado de hoy, el mismo cinismo brutal y asesino. Las mismas justificaciones de ayer: guerra preventiva, defensa legítima ante el terrorismo del más débil. Sabra y Chatila cual Noches de cristales rotos y cuchillos largos. El Reichstag quemado por mísiles caseros de poca efectividad pero de acertada justificación. Un terrorismo motivado en el acorralamiento y la desesperación. Un nazi por cien judíos, tres jóvenes israelíes (en extrañas y dudosas circunstancias) por miles de muertos en una semana. La indiferencia - por no decir complicidad – de anglosajones y la OTAN sacrifican el cordero palestino.

De Palestina casi no queda nada, de los territorios ocupados desde 1948 a la fecha restan unos cuantos cientos de kilómetros cuadrados; el hacinamiento, el miedo, la escasez de recursos controlados y arrebatados, la falta de una perspectiva de salida, la huída masiva hacia otros países, conducen a la desesperación y desaparición definitiva de Palestina. Es triste, pero literalmente están condenados a desaparecer. Corren igual suerte que el pueblo armenio, hoy olvidado, de Kurdos y otros pueblos divididos e inventados como el de Irak, gracias a los desmanes de potencias imperiales y coloniales de factura europea. La Europa que hoy presume de derechos humanos recién bombardeó Yugoslavia, invadió Irak, destrozo Libia y arremete contra Siria. Tan triste como la impotencia que causa confrontar el espectáculo mediático con el genocidio de gentes humildes y pobres.

Paradójicamente y, en los mismos días, otros judíos son sacrificados bajo la metralla y los obuses del neofascismo ucraniano; sus casas, escuelas, hospitales y vidas destrozados por los émulos nazi-modernos de los legionarios sionista-israelíes. Slaviansk, Donetsk y otras ciudades barridas por la nueva Luftwaffe ucraniana, tierra arrasada, carne quemada, vidas segadas. Horror contra civiles indefensos y milicias pobremente armadas. Desesperación en medio de intolerancia por origen étnico, por idioma y costumbre. En Kiev desfilan sin tapujo nazis luciendo esvásticas y saludos fascistas, los visitan John Kerry y John McCain. Nada pasa, nadie se inmuta, todo es culpa de los rusos y del diablo Putin. El salvajismo del Rey del Chocolate ucraniano - un tal Poroshenko, un corrupto recién convertido en presidente gracias al apoyo yanki y a los esfuerzos de la diplomacia de Merkel y Hollande- cuenta con la ayuda de eso que dicen llamar Occidente, es decir, los intereses de anglosajones y los países cobijados por el anacronismo de la OTAN. Un Occidente que incluye Australia y Japón, a pesar de estar en el Océano Pacífico, pero excluye a Brasil y a Argentina por firmar acuerdos ayer con Putin aunque ambos países compartan meridianos con Nueva York (nuevas categorías geopolíticas que difunden los mismos medios que transmiten el Mundial de Brasil 2014). Estos otros judíos masacrados -los ucranianos- y en huída por miles hacia las fronteras de Rusia no cuentan con el apoyo y cobertura bélica, mediática ni diplomática de Israel; prístina hipocresía del país inventado de los Ben Gurion, Meir, Sharon, Netanyahu y demás criminales que siguen usufructuando el holocausto nazi en pos de un país inventado.

Y en Costa Rica, diminuta arcadia centroamericana, cuna del pueblo más feliz del mundo, con más maestros mal pagados que policías también mal pagados pero bien entrenados por gringos, colombianos e israelíes asesinos, en medio del recibimiento de nuestra Selección Nacional de Fútbol, el pueblo indígena de Salitre es mancillado por terratenientes y blancos puros coludidos con administraciones corruptas e hipócritas también. La ley indígena costarricense violada por los mismos partidos históricos del bipartidismo que niegan un minuto de silencio a favor del sufrimiento palestino. Todo esto en medio del mundial de los mordiscos y de las mordidas de árbitros tan corruptos como la propia FIFA.

Palestina, Ucrania y Salitre, lugares sembrados en el mismo mundo, poblados de humanos, de seres humanos indefensos y no por chompipes embriagados, corren suertes paralelas, al tiempo que Messi es erróneamente premiado. Nuestro portero nacional Navas, olvidado. Otros se llevan los laureles, otros siempre juegan a ganar, ya sea en la cancha, en la banca, o en batalla desigual. Sacrificios de corderos humanos por la gracia de Dios y para el goce de los mejores, de los escogidos y de los triunfadores. La embriaguez de la FIFA ha terminado, el telón ha bajado, la resaca nos acompañara un rato mientras se prepara otro banquete y nuevos destilados nos harán tragar otras bárbaras injusticias.

La banalidad del mal previamente advertida por Hanna Arendt no pierde vigencia, por el contrario, presagia pandemonium universal gracias a los nuevos instrumentos masivos de dolor y muerte. Ay de mis hijas y de los hijos de todos en el mundo. Hoy vienen por los palestinos y los indios de Salitre, mañana por nosotros. Que la sobriedad y el amor al otro diferente nos acompañe. Injusticias en el Maracaná, en el mundo entero y en el patio de mi abuela. Cada vez como menos carne, he envejecido y valoro cada vez más el amor en todas sus formas. Los invito a un banquete diferente.

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