miércoles, 23 de julio de 2014

Y para terminar, un relato escabroso… Una apuesta

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Compartían varias cosas: eran todos de la misma generación -rondaban los cincuenta-, habían sobrevivido la revolución del 43, el terremoto del 51, a todos les gustaba el buen vino. Tenía ya un valor ritual: dos veces por semana se encontraban a cenar en el Club Social.

El grupo era de lo más diverso; si bien tenían esos puntos en común -había otros además- las diferencias no eran pocas. Había algunos profesionales, otros eran comerciantes, un ex diputado, un chef de alta cocina. Sólo Ramón era un intelectual -engendro raro del que él mismo se reía, mezcla de bohemio con contestatario irredento. Tenían posiciones políticas de lo más disímiles, desde profundos conservadores, pasando por absolutos desinformados, hasta un irreverente marxista, como Ramón. Los había católicos, agnósticos, algún protestante. Casi todos eran amantes del fútbol, pero no faltaba también quien lo despreciaba. El placer por una copa de tinto los unía, pero en preferencias gastronómicas había grandes distancias. La condición básica que mantenía al grupo era que ninguno sabía mayor cosa de la vida personal del otro; buscaban, incluso, que el contacto fuera sólo el de las cenas en el club. Prácticamente nadie conocía nada de la vida privada de sus compañeros.

A veces jugaban naipes, otras veces billar; en ocasiones alguna partida de ajedrez. Lo común a todos era su pasión por la charla. Buenos conversadores, hablando les daba la medianoche, y sólo al cerrarse el bar del club emprendían la retirada.

No había solteros en el grupo. Había un par de viudos, y varios eran ya abuelos. Hablar de mujeres era algo bastante frecuente.

-Con nuestra edad, hombre, yo ya perdí las esperanzas. ¿Cuándo se va a fijar en nosotros una de veinte? ¡Olvidémoslo!-

-No estaría tan seguro. Hay parejas con grandes diferencias de edad, y funcionan. Creo que son las que mejor funcionan-.

-¡Eso no es posible, por Dios! ¿Qué va a encontrar una jovencita en un viejo? Dinero, sólo eso. ¿O acaso me podrías decir que no es así?-

Las conversaciones a veces se tornaban acaloradas, pero no por ello agresivas. Discutían con pasión, no más.

-¡Imposible, señores! Absolutamente imposible-, argumentaba Tomás, puño en alto y con alguna copa de tinto de más. Era él el más afortunado del grupo en términos económicos; gordo rechoncho, calvo, dueño del almacén de dulces más grande de la ciudad, distribuía su vida entre su negocio y su reducida familia. Había logrado amasar una considerable fortuna, pero en lo personal seguía manteniendo hábitos muy sencillos; estas cenas eran casi su única actividad de vida social. -Una jovencita se puede meter con un viejo sólo por dinero, no hay otra explicación-, sentenciaba con energía.

-¿Tan seguro estás?-

-Segurísimo-, agregó casi desafiante. -Hasta apostaría-.

Muchas veces, casi la mayoría, las veladas tenían esta arista confrontativa; confrontación que nunca llevaba, por lo demás, más allá del plano discursivo. Cualquiera podía ser el tema: fútbol, el aumento de los impuestos, la caída de un meteorito; todo quedaba en la charla que acompañaba la cena y la prolongada sobremesa, lo que ni siquiera daba lugar a conclusiones. Terminado el improvisado debate cada quien marchaba a su casa, y asunto cerrado.

Pero esta vez el tema no quedó ahí; fue un lunes cuando hablaron por primera vez de parejas desparejas; sin dudas la cuestión daba para más. El jueves siguiente, cuando volvieron a encontrarse -el grupo oscilaba entre ocho y doce miembros- se retomó la discusión. Algunos habían dedicado algún tiempo a reflexionar sobre el argumento; se veía, porque no faltó alguno que trajera urdido algún razonamiento con que abordar la materia.

-El amor no tiene barreras; es ciego, sordo, y no tiene sentido del olfato-, comentó Juan Carlos, el médico.

-Aunque no sea por dinero, una muchachita busca a un tipo maduro porque hay interés en juego; no económico quizá, pero interés al fin: busca un maestro, un padre, un guía. Nunca es amor desinteresado-, agregó alguien más.

-¿Y qué es amor desinteresado?-, preguntó Ramón.

La pregunta produjo un inmediato silencio en el ambiente. Tomás tomó la palabra; entre ellos dos se solían dar las discusiones más ásperas.

-Pues, amor puro… ¿qué más?-

A Ramón le gustaba jugar el papel de inquisidor, formular las preguntas molestas que sabía provocaban escozor. En general era Tomás quien más retomaba esos desafíos. El uno muy preparado académicamente -profesor de filosofía en la universidad-, el otro un talentoso autodidacta "ganador en la vida", como solía definirse, inteligente y perspicaz, eran ambos quienes le ponían mayor condimento a las veladas.

Tras ellos, más como pasatiempo que tomando verdaderas posiciones ideológicas, solían alinearse los respectivos grupos de seguidores: los conservadores con el comerciante, los progresistas con el letrado. Las discusiones tenían algo de pintoresco, incluso de triviales, y no tanto de sesudos intercambios.

-Yo creo que no. Como dice Ramón: ¿qué es el amor puro? ¿Hay algún amor que no sea tal? Cuando se ama, se ama; y no importa lo demás. Recordemos los grandes amores de la historia -no quiero, ni puedo, dar muchos ejemplos-; qué se yo: Romeo y Julieta, Abelardo y Eloísa, Cortés y la Malinche, no sé… Ahí no hay condiciones-, razonaba Federico, el odontólogo que solía secundar a Ramón.

-Pero también hay amores enfermizos-, terció Pablo, el chef. -El de los curas, por ejemplo. Eso no es amor puro-.

-Lo que sucede es que esos son amores prohibidos, a escondidas-, respondió Guillermo, dueño de una casa de loterías. -Si no fuera por eso, no tendrían nada de malo. Cuando hay amor, no hay diferencia que valga, ni de condición social, ni de edad. Como alguien dijo en broma: ni de sexo siquiera-.

-¡Pamplinas, señores, puras pamplinas!-, espetó Tomás. Le gustaba jugar el papel de enérgico; en esos casos, la calva se le enrojecía, y transpiraba mucho. -Si alguien me demuestra que una jovencita puede enamorarse de un viejo no por interés, le regalo la mitad de mi capital, que, como saben, no es poco-, rugió con aire amenazante. Por lo poco que se sabía de la vida de cada participante en los coloquios, de él se decía que cobraba la renta de no menos de ocho apartamentos que estaban a su nombre, y su abultada cuenta bancaria era de seis cifras, aunque no cambiaba sus hábitos de trabajador de aspecto modesto. Seguía moviéndose en su camioncito destartalado, amarradas algunas partes con alambre. Nunca usaba traje, y su reloj era desechable, de plástico barato.

Ramón era viudo; cincuentón, tenía dos hijos, ambos casados. Los dos vivían fuera del país. Dada su soledad, desde hacía más de una década se dedicaba a "cultivar las sublimes artes de picaflor", tal como gustaba describirse. Nunca había pensado en volver a casarse; se permitía, sin ocultarlo mucho, esporádicas travesuras con sus alumnas. Ya no se había vuelto a enamorar.

-¿Y de verdad, Tomás, le darías la mitad de tu fortuna a alguien que te demostrara eso?-, preguntó no sin sorpresa Jacinto, vendedor de automóviles y siempre impecablemente vestido.

-¡Por supuesto! Yo no miento.-

Terminada la exposición -había hablado sobre la filosofía de Descartes- varios alumnos se acercaron al estrado. Eso le resultaba familiar, porque siempre sus clases magistrales tenían ese encanto; eran muchos los que querían seguir escuchando y fascinándose con el profesor. Ramón lo sabía, y estaba a la altura de las circunstancias. Por lo general esas consultas terminaban en un café con un grupo de ávidos estudiantes, y las conversaciones se prolongaban hasta la medianoche. Esta vez terminó en su casa, con una angelical estudiante de primer curso.

No fue necesario que Margarita lo dijera; Ramón ya se había dado cuenta. Con sollozos, pero igualmente contenta, reconoció que esa había sido su primera vez. No podía explicarse a sí misma cómo había sido todo tan rápido: verlo, escucharlo en la universidad, embobarse luego en el bar, prácticamente proponerlo ella…. Jamás hubiera pensado que podía atreverse a tanto.

Tenía diecinueve años. Estudiaba administración de empresas, y como curso complementario debía llevar filosofía; no le interesaba mucho la materia, habiendo llegado a la clase con desdén. Pero fue verlo y quedarse impactada.

Ramón sabía exprimir al máximo sus dotes expositivas, no sin cierta cuota de histrionismo. Lo mismo sucedía en el Club Social; nadie podía quedar impasible ante sus palabras. Con los estudiantes universitarios, todos mucho más jóvenes que él, el efecto se agigantaba. Con muchas muchachas el resultado era mayor aún, y no era la primera vez que alguna terminaba en su alcoba. De todos modos, Margarita tenía algo especial, distinto a otras.

Era algo ingenua, pero no tonta. Hija única de un hogar bien acomodado económicamente, había sido criada como princesita intocable. Con su corta edad había viajado bastante, y tenía una aguda percepción de las cosas. Quería entrañablemente a su padre, aunque al mismo tiempo sentía una cierta vergüenza por él: en lo único que pensaba era en hacer dinero, y jamás entendía "sobre las cosas humanas, las cosas del corazón". La vez que le dijo que quería seguir antropología él se rió, y prácticamente la obligó a estudiar "una cosa que sirviera para algo".

De todo esto, a borbotones, sonriendo y también con ojos humedecidos, habló sin parar con Ramón. La primera vez, con la preocupación de regresar temprano a su casa, se explayó poco; en los encuentros sucesivos, muchísimo.

Ambos empezaron a sentirse muy bien al estar juntos; se esperaban, ansiaban volver a verse. En principio se encontraron tímidamente, dejando la cama como una eventual posibilidad. Paulatinamente el sexo pasó a ser el centro de su relación. Se pusieron sobrenombres: Piojita y Popeye. Los intercambios de regalos se hicieron frecuentes. Margarita comenzó a urdir historias para pasar los fines de semana con su enamorado: viajes con amigas, trabajos para la universidad. Alguna vez mencionó un retiro espiritual con la juventud de la iglesia. Le provocaba mucha gracia todo eso; tanto, como placer le daba estar con Ramón.

Para el barbado profesor todo eso fue una inyección revitalizadora; volvió, luego de años de no hacerlo, a atender su aspecto físico, a preocuparse por cómo lo veían: compró ropa nueva, empezó a usar colonias. También luego de años de no hacerlo, volvió a escribir poesía. Margarita era su destinataria.

Aunque eran muy precavidos, no supieron cómo fue el error; lo cierto es que ella quedó embarazada.

-Señores, tengo que contarles una cosa: me parece que Tomás va a tener que darme la mitad de su fortuna. ¿Cuántos apartamentos tienes, Tomás? Sé sincero. Porque además necesito bastante dinero: voy a ser papá de nuevo-, comenzó diciendo Ramón.

-Epa, epa. ¿Y de qué se trata, viejito?-, respondieron al unísono varios de los presentes.

-Lo que están pensando-, sonrió Ramón.

-¿Y qué estaremos pensando, hombre? ¿Cómo puedes saberlo?-

-Apostaría a que no me equivoco: todos ya se han dado cuenta de lo que estoy hablando, incluso tú, Tomás. ¿Y cómo vas a hacer para pagarme?-. El académico, inusualmente vestido con ropa sport -siempre estaba con sombrío traje oscuro-, sonreía provocadoramente.

-¿Necesitas dinero?-, repuso con aire arrogante el aludido.

-Por suerte no, pero las apuestas hay que cumplirlas, por lo que empecemos a hacer números-.

-Bueno, Ramón: cuéntanos cómo es la cosa-, sentenció con gravedad el dentista, tratando de clarificar la situación y haciendo un llamado al orden.

Cuando recibieron la noticia, una semana atrás, tanto Ramón como Margarita no lo podían terminar de creer. Insistían en que debía haber un error, que habían equivocado el nombre de la interesada en el laboratorio. Lloraron juntos.

La primera reacción de él fue pensar en el aborto. Ella, por el contrario, formada en una férrea tradición católica, lo desestimó de inmediato. Luego de hablarlo interminablemente, de varias noches de desvelo y profusas lágrimas, decidieron que lo tendrían. También decidieron vivir juntos, sabiendo Margarita que eso la ponía en una incomodísima situación ante su familia.

En realidad la misma estaba constituida sólo por su padre; viudo desde muy joven, ella había quedado como hija única, criada con todo el empeño de alguien que, habiendo amasado algún dinero en su vida, quería olvidar de raíz su origen humilde -había sido ayudante en una carbonería a los trece años-, por lo que Margarita siempre ocupó el lugar de "una princesita adorada" y se acostumbró a una relativa opulencia. La fina educación que su padre no podía transmitirle estuvo reemplazada por una abundancia de bienes materiales. Si bien se sintió siempre idolatrada, también sentía la falta de sensibilidad de parte de un "autodidacta triunfador" que veía todo sólo con ojos comerciales. Descubrir a Ramón le había cambiado la vida.

Lo mismo se podía decir para Ramón.

Jamás había pensado en volver a formar una pareja; menos aún en tener otro hijo. Ahora se encontraba ante ambas circunstancias. Y por cierto, no les rehuía; al contrario: se sentía muy a gusto.

-¿Y va en serio?-, le preguntaron, curiosos, en el círculo del Club Social.

-¡Por supuesto! Igual que Tomás, yo no miento. A propósito, mi querido Tomasito: ¿cómo hacemos con la deuda?-

El aludido quedó notoriamente sorprendido; no se esperaba algo así, y era evidente que no sabía qué decir.

-¿Y… de verdad que se enamoró de ti esta jovencita?-

-Por supuesto. ¿Lo dudas?-

-No lo sé, no los he visto. Tengo que confiar en tu palabra. ¿Cuántos años tiene?-

-Diecinueve-.

-¿Y qué te quiere sacar?-

-¡Pero Tomás! ¿Tú piensas siempre que, por fuerza, toda la vida es una transacción comercial? ¿No crees que pueda haber amor "puro", como decíamos el otro día? ¿No crees que un hombre y una mujer, sin importar la edad, puedan enamorarse simplemente porque se gustan?-

-Quizá-, contestó lacónico Tomás, queriendo dar por concluida la conversación. -No lo puedo terminar de creer-.

-¿Y tú nunca te enamoraste, viejo?-, preguntó irreverente Pablo, el cocinero.

La incomodidad del obeso comerciante fue ahora más evidente; de haber podido, se hubiera marchado inmediatamente. Sudaba profusamente.

-Bueno, Ramón: yo sé perder. Si me ganaste una apuesta, te pago. Pero primero quiero comprobarlo con mis propios ojos-.

A todos les parecía un poco espantoso, pero no encontraron otra manera de resolverlo. Tomás y otros dos miembros de la "cofradía" del Club Social -como gustaban decirse a veces- esperarían en una mesa del bar Santa Ana, charlando despreocupadamente, mientras Ramón entraba con ella para sentarse cerca del grupo. Debían, en la medida de lo posible, comportarse como pareja -acariciarse, besarse- a fin de dejar claro fehacientemente que estaban noviando. La inspección ocular de los testigos, junto al interesado en la apuesta, daría fe de la situación y serviría para certificar la verdad de lo acontecido. Para que el hecho tuviera toda la solemnidad que merecía, quienes acompañaban a Tomás eran los dos abogados y notarios del grupo: Gastón de la Madrid y Aníbal Zibecchi.

Mientras esperaban fue Aníbal -uno de los juristas más reputados de la ciudad y ex parlamentario- quien retomó lo hablado el día anterior en el club.

-De verdad, Tomás: ¿tú no crees que dos personas puedan enamorarse porque sí, simplemente? En todos tus años de viudez, ¿nunca te has vuelto a enamorar?- La pregunta era clara; hecha con mucha cortesía, con la diplomacia que puede caracterizar a un avezado en las lides del engaño como es un abogado y político, no dejaba mucho lugar a las evasivas:

-Está bien, está bien. Les voy a contar algo de lo que nunca hablo. Se los voy a contar porque además necesito consejo profesional, como abogados que son ustedes, muchachos. Yo no puedo creer en eso que llaman amor eterno, amor incondicional. Desde que enviudé, a la única persona que quise fue a mi hijita; ella es todo para mí. Tuve mis cositas por ahí, pero nunca nada serio. Y ahora, hasta hace muy poco, estuve saliendo con una muchacha. Jovencita, de diecinueve años, igual que mi hija. Me gustaba mucho, era muy bonita, muy caliente en la cama. Pero, como todas, me vio como un viejo al que podía sacarle algo. Y la muy perra me terminó enredando de tal modo que le tuve que poner seis apartamentos a su nombre, y ahora me está chantajeando para sacarme más dinero. Por eso les digo que no puede haber nada de verdad entre una niña y un viejo-.

Los dos amigos que lo acompañaban no terminaban de reponerse del impacto de lo escuchado, cuando entraba Ramón abrazando a una mujer joven, muy bien vestida, de una belleza notoria. Tomás cayó desmayado.

Todos estaban impactados, pero quizá quien más resultó impresionada fue Margarita, no tanto al ver a su padre desmayado en una mesa vecina, sino al saber de la apuesta que estaba en juego.

Buscando negociar lo más salomónicamente entre todas las partes para alcanzar el menor daño recíproco posible -fue el licenciado Aníbal Zibecchi el encargado de los oficios legales- decidieron que los dos apartamentos que aún estaban a nombre de Tomás, así como la tienda y el viejo camioncito, más unos terrenos que tenía fuera de la ciudad, quedarían a nombre de Ramón, aunque el usufructo de las propiedades y las ganancias del negocio irían para Margarita, y se abriría una cuenta a nombre del futuro nieto donde se depositaría mensualmente un diez por ciento de las utilidades netas. Ramón también fue flexible en las negociaciones: aceptó casarse por iglesia, para no contrariar a su novia.

Tomás, desde su silla de ruedas, sólo sonreía, mientras se le escapaba alguna lágrima; desde el día del encuentro en el bar Santa Ana había perdido el habla, y no pudo caminar más. Como no podía escribir con su mano derecha, producto del accidente cerebrovascular, y en general no era muy comunicativo, nunca se supo si estaba triste o realmente alegre. Sólo sonreía.

El nieto también se llama Tomás.

Tomado de su libro “Nosotros, los mediocres”, Guatemala, 2005, Editorial Cultura.

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