lunes, 25 de agosto de 2014

Acerca de agonías

Norma Segades-Manías (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Apareció la sombra.
Era toda de ortigas, de vinagre. Caminaba descalza.
Había en el insomnio ese estupor salvaje que precede a los días de la furia.
No parecía el tiempo destinado para que detonaran las anteras en una llamarada tan intensa.
Sin embargo los vientos dejaron al desnudo la agonía, aristas de serbales, llagas como amapolas o ramos de campánulas bermejas, pústulas de begonias
y las huellas secretas de tánganos y trasgos huyendo hacia la hondura del sigilo.
Y aunque fuera bastante conocido que en la naturaleza de estos duendes los dioses cometieron el pecado de la inmortalidad y la perfidia
nadie estaba seguro de que salieran a inmolar los sueños o a mutilar el vuelo de algunas mariposas mientras el huerto estaba entregado al olvido.
De entre el silencio huyó como en enjambre la loca algarabía del azogue.
Volaban por el aire de diciembre reflejando la piel de los retratos, los espantados flancos del abismo, los ojos de un agobio donde convalecían las tristezas.
Huía desde el silencio mientras argumentaba con el cielo por las causales de los abandonos.
No parecía el tiempo destinado a refundar la savia,
a reconstruir la paz que reclamaban las dalias de los pétalos oscuros, los ásperos gladiolos.
Antes de que la fiebre lo advirtiera. Antes de que la niebla lo advirtiera. Antes de que la muerte lo advirtiera.
Aún no habían nacido las magnolias.
A través de la noche una luna caníbal, sofocante. Un resplandor ajeno colgando en el perfil de la ventana. Grávida de vergüenza.
Envuelta en el sayal de sus complicidades. Lejana como nunca. Más allá de la pena.
La guardiana del huerto yacía en el despojo con las alas quebradas para siempre, aguardando lloviera la ternura con su voz de amaranto.
Aguardando lloviera la ternura.
No parecía el tiempo destinado a aventurarse entre los vidrios rotos, entre los muros rotos, entre los huesos rotos, a apenas dos sollozos del vino y la alegría.
Había en el insomnio ese estupor salvaje que precede a los días de la furia cuando cruzó la sombra entre las nomeolvides.
Era toda de ortigas, de vinagre.
Caminaba descalza.

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