martes, 19 de agosto de 2014

Anotando a Cortázar

Pedro Crenes Castro



Anoto en mis libros. Son como los amantes, a los que hay que manosear y marcar, y anotar de amor, a pie de sombra o a ras de alma: los amantes han de ser marcados. Como los libros, como sus autores ¿sino qué sentido tiene esta relación que sostenemos con ellos a la que llamamos literatura?

Llevo persiguiendo a Cortázar varios años con la idea de convertirlo en personaje, a él que tantos creó y que tanto jugó con ellos. En esa persecución, de la que les aseguro que uno no sale ileso, me han quedado notas al pie en muchos de sus libros, pistas que me he ido dejando para que el lector que fui le diga al lector que pretendo ser que por allí ya pasé yo con otra mirada, con la mirada quizá del sueño o de cierta paranoia lectora.

Mi buen amigo, el escritor panameño Carlos Wynter, consciente por vía de confesión de que andaba persiguiendo a Julio, me mandó un excelente libro sobre Cortázar que se titula “En torno a Julio Cortázar”. Y aquí comienzan las anotaciones: la autora se llama Paciencia Ontañón de Lope. “Paciencia, lo que me falta”, me decía, recién inaugurada la persecución. Un excelente libro de 1995 publicado por la UNAM. Paciencia se arranca diciéndome que Julio “vuelve a vivir su pasado, su infancia, feliz o dolorosa, el sujeto que hubiera querido ser, el sujeto que le duele haber sido, y juega con los recuerdos, con sus sentimientos más profundos…”. Primera herida: un espejo. En mí, Cortázar se transforma en espejo y deja de ser juego, lo cual ya es en sí un juego. La parajoda kafkiana del perseguidor.

Un espejo que encontré en “Los Reyes”. Borges pone el laberinto, Julio me invita a él y me asalta con un espejo en la persecución del Minotauro: “Hay alguien detrás. Como en todo espejo, alguien que sabe y espera”. ¿No son espejos los libros? Santiago dice en su carta en el Nuevo Testamento que muchos se asoman al espejo del texto y luego van y olvidan como eran. “Tenemos miedo de lo que vemos”, anoto, pensando en el Minotauro, en “Los Reyes”, en Cortázar.

Mirarse al espejo es un modo de persecución. Anoto. Teseo no se encuentra en el laberinto con el Minotauro, va en su búsqueda, lo persigue. Los héroes y sus “vainas raras”, que diríamos en mi barrio. Minos, dice en “Los Reyes” (anotado a doble tinta porque he tropezado dos veces con la misma cita en el mismo libro): “Es extraño. Cada uno se construye su sendero. ¿Por qué, entonces, los obstáculos? ¿Llevamos el Minotauro en el corazón, en el recinto negro de la voluntad?” ¡Maldito Julio! No es la primera vez que le insulto. Más preguntas, anoto, y junto a un asterisco rojo escribo “el laberinto de la vida”. Faltan instrucciones.

Me encuentro otro libro sobre Julio. A estas alturas ya notan que tenemos confianza, él y yo. Cortázar para ustedes, Julio para mí. El libro, una biografía de Miguel Herráez, dice en la portada gris, simplemente (léase con ironía), Julio Cortázar. Debajo, una foto de él sosteniéndose la cabeza con las dos manos, las gafas puestas y en la mano izquierda un reloj con la esfera para abajo. Lo dejé tiempo rodando por mi biblioteca sin atenderlo.

Cuando lo leí, resulta que el libro tiene un subtítulo: “El otro lado de las cosas”. Pensé en el espejo, pensé en “Rayuela” y el lado de allá y el lado de acá, siempre pensando en otros lados. Octaedro es un poliedro y un libro de cuentos. Anoto: miles de lados para ser y para ver. La literatura es eso, un voyerismo poliédrico en el que los escritores podemos ser y ver. Y ser vistos. ¿Vuelta al juego? Parece que sí ¡y yo que prefería más espejo y menos juego! (léase con hastío).

Faltan instrucciones, dije, anoté. Julio me dice como dar cuerda a un reloj, me aterroriza con lo de ser “el regalado”, “piensa en esto”, dice, y yo pienso y sí, puede ser, pero la tecnología ha relegado a los que dan cuerda al reloj a piezas de museo. Ahora tienen pilas, ahora laten con uno, y solo se detienen si uno lo hace. Anoto. Y anoto que no me dejó instrucciones para mirarme en el espejo.

Un tal Lucas llama a la puerta. Dice traer instrucciones y abro. Persigues a Julio, pregunta sin signos de interrogación, como afirmando al preguntar y le digo que sí, qué hace aquí, pienso, y le digo que estoy durmiendo, que así no se entra en las pesadillas de uno, que es lo último que le puedo permitir a Julio y le digo esto que pensé y el ya lo sabe. ¿Estás despierto? dice el tal Lucas con la voz de mi mujer. Despierto. Sí, creo, contesto. Mi mujer está encantada con la noticia.

Pedro Crenes Castro es escritor panameño.

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