lunes, 11 de agosto de 2014

Benkos, el hijo Changó y Oggún

Antonio Prada Fortoul (Desde Cartagenas de Indias, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Benkos Biohó fue un príncipe Bissago traído como esclavizado a la antigua Provincia de Cartagena de Indias en 1596. Se fugó varias veces de su sitio de confinación laboral forzada hasta que formó un ejército compuesto por guerreros de diferentes oriundeces africanas, que derrotó reiteradamente al ejército colonial, forzando al gobernador a firmar un Tratado de paz el 18 de Julio de 1605.

Cierto día explorando las cercanías de la aldea con nueve destacados guerreros del palenque, fueron sorprendidos por una avanzada española compuesta por veinte y cinco mercenarios ibéricos quienes blandiendo sus gruesas cimitarras arremetieron decididamente contra los cimarrones aprovechando la sorpresa.

El encontronazo fue violento, los africanos con sus machetes y adargas ceñidas, detuvieron el ataque y simultáneamente respondieron la agresión con precisos lances que dejaban tendidos a los españoles en el verde pasto. Benkos el rey cimarrón, blandía su invicto machete abatiendo a los mercenarios coloniales que caían para siempre bajo la sombra de los matarratones y las susurrantes palmeras emisoras de un canto póstumo a los caídos que gemían sobre la hierba cuyo verdor se teñía de sangre ibérica.

Tres guerreros del palenque yacían con sus cuerpos ensangrentados en el mullido tálamo vegetal, sus ojos abiertos aún, reflejaban alegría porque habían abatido muchos enemigos y su esencia volvería a su origen, a la tierra de sus ancestros, lucharon como guerreros vendiendo cara su vida. Los africanos arremetían una y otra vez contra los peninsulares que trataban de replegarse pero el furor y enjundia de los cimarrones, los abatían de manera inexorable. El grito de guerra de los combatientes, el choque de los aceros y los ayes de dolor de los españoles, acallaban el arrullo de los palmares y el trinar armonioso de las aves canoras que desde la frondosidad de la espesura observaban la matazón que se desarrollaba en ese hermoso paraje.

El rey Benkos con varias heridas en su cuerpo, luchaba como un león, lo rodeaban tres peninsulares con torvas intenciones, eludía con destreza los lances asesinos de los agresores y devolvía justicieros machetazos que abatían a cada español que lo rodeaba. Parecía una divinidad el rey cimarrón, ni Zeus, Ares, Odín, o Tor podían comparársele, su cuerpo sudoroso cubierto de sangre enemiga y propia reflejaba la valentía y enjundia de una etnia que se negaba a ser esclavizados por los españoles que tantas muertes habían ocasionado a los africanos en sus sitios de trabajo forzado, (Plantaciones, minas etc.).

Quedaron de pié siete guerreros y un español que ante la imposibilidad de escapar, se lanzó decidido a dar muerte al inmenso líder cimarrón que parecía la reencarnación de los inmensos Orishas guerreros Oggún o Changó, a pesar de las aparatosas heridas que tenía en su cuerpo, estaba erguido y sin mostrar dolor.

El ibérico arremetió decidido a matar al rey Benkos que esperó el ataque y eludió magistralmente el asesino lance del mercenario. Este, estaba desconcertado porque no concebía que un africano esclavizado tuviera tanta destreza y solvencia en el manejo de esas armas, se lanzó a fondo y su ataque fue detenido en un elegante esquince que al retornar de la elusiva torsión, asestó un violento machetazo en el costado del español que se retorció y cayó cuan largo era el mullido pasto.

Los compañeros del rey cimarrón admiraban la pericia y valentía de su líder.

Los triunfantes guerreros escucharon sonido de cascos de cabalgaduras y el rey Benkos sin pensar en lo delicado de sus sangrantes heridas, se subió a un gran Iroko (ceiba), para mirar desde que sitio venía el sonido. Se alarmó cuando vio el grueso de la soldadesca ibérica, eran mas de cien soldados bien apertrechados.

No tenían ninguna posibilidad de salir victoriosos.

Se apeó del árbol y dijo a sus guerreros que prefería morir a huir de estos desalmados asesinos. Decidieron luchar hasta el final.

Cuando se ubicaban en el sitio donde iban a enfrentar los españoles, un profundo siseo se escuchó detrás del palmar. De inmediato, una boa gigantesca abría sus fauces y estos en una lenta procesión, en un estado de seráfico éxtasis, entraron por la boca del ofidio el cual lentamente cerró sus fauces.

Reptando velozmente, se dirigió al palenque y exhalando un vaho adormecedor, se tragó la aldea con sus habitantes. Todos parecían dormir en el interior del reptil, el rey Cimarrón y unos pocos guerreros permanecían lúcidos, se percató el rey cimarrón que quienes tenían esa lucidez eran los iniciados en las aldeas y poblados africanos de su oriundez. Congos, yoruba, arará, mandé y bambara que ejercían su sacerdocio en el palenque, buscaban respuestas. Las heridas del rey Benkos se cerraron y desapareció el dolor que lo aquejaba. Recordó que durante su formación en los Misterios Mayores le hablaron de un hebreo llamado Jonás que recibió una iniciación en el interior de un leviatán en las profundidades marinas, él había recibido el conocimiento básico de las escuelas ofidiáticas, conocía lo primordial del culto a Vendomme pero desconocía las palabras de pase porque en su etapa de formación fue raptado por los asesinos peninsulares.

Observó a sus compañeros sentados alrededor de unos ancianos que impartían conocimiento, un venerable lo condujo a una cueva en cuyo centro estaba un lítico ataúd, lo acostaron en él, cubrieron su cuerpo con un lienzo color rojo y blanco en un extremo, (Los colores de Changó) y verde con negro en el otro,(los colores de Oggún otro Orisha guerrero).

Perdió la noción del tiempo y del espacio, supo que fueron muchos días porque el caudal de conocimiento recibido era inmenso.

Cuando la enorme boa abrió sus fauces, las viviendas retomaron su sitio, las gallináceas y perros volvieron a los patios infinitos, los cerdos a sus corrales y los cocos a sus trocos largos apuntando al infinito. Todo parecía normal, solo quienes fueron sometidos a esa avanzada iniciación tuvieron conciencia de lo sucedido.

La percusión de los tambores, anunciaba la presencia mercenaria española y los guerreros se alistaron para el combate. Llenaron de provisiones sus alforjas y de saetas sus aljabas, asieron con fuerza sus lanzas y en perfecto orden salieron a enfrentar al enemigo español.

Los esperaron en los farallones del desfiladero y después de un cruento y terrible combate, derrotaron a los ibéricos ocasionándoles una inmensa mortandad. Murieron ciento cuarenta españoles y tomaron catorce prisioneros.

Después de esa contundente victoria, las autoridades de la provincia de Cartagena de indias, abdicaron ante el poderío del rey de los cimarrones que hizo arrodillar al gobernador y al resto de autoridades coloniales.

Se fortalecieron los palenques y la aldea y los otros palenques fundados por el rey Benkos Biohó, fueron un remanso de paz hasta el día infausto en que los españoles faltando a su palabra de honor, traicionaron al rey cimarrón, lo descuartizaron dividiendo su cuerpo en doce partes.

El día de su asesinato, cuando su cuerpo era destazado, no pronunció una queja, ni un gemido de dolor salió de sus labios, cuando el hachazo asesino del español verdugo desprendió la cabeza del rey de su cuerpo, cayeron rayos en inmensas cantidades enviados por Changó y centellas flameantes desprendidas de las manos de Oyá que destruían los empedrados adoquines de las callejuelas del puerto negrero escenario de la más rutilante victoria de los africanos esclavizados en territorio americano liderados por un inmenso rey cimarrón que aun hace presencia en las callosas manos de los tamboreros de San Basilio de Palenque, en el bullerengue cadencioso de ese poblado y en el funebrio Lumbalú que guía el alma de los palenqueros al Oriente Eterno.

Benkos Biohó…que Ibaé Iban Tonú

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