lunes, 11 de agosto de 2014

Descubrimiento

Paula Duncan (Desde Buenos Aires, Argentina. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



Siempre tuvo fascinación por los espejos; y aparentemente esto era recíproco, ella no tenía más que fijar el lugar donde quería uno y ahí aparecía brillante y lustroso decidido a cumplir sus deseos más locos y luego desaparecer; buscaba mundos diferentes detrás o dentro de ellos y los encontraba, quería curvas atemporales uniendo planos diversos y paseando entre uno y otro las hallaba.

Ella habitaba en un universo tangencial, donde solo era posible vivir si se aceptaba un tanto la locura, la propia y la ajena; esto no siempre era posible, la mayoría de las personas le temía a la locura de ser diferente, ella se arreglaba bastante bien mostrando todo lo normal que le era posible ser, entre gente incoherentemente insana con ínfulas de normalidad.

Un día por salir rápido de uno de ellos tropezó y cayó en el pasillo de su casa, resultado: una lesión en su tobillo que la mantuvo varios días en cama, solo con la compañía del televisor y todos sabemos que en el mismo cuarto no pueden convivir un espejo mágico y algo con tan poca imaginación como una TV; resultado no pudo escaparse y por días estuvo encarcelada en su cuarto normal, con visitas normales hablando cotideanidades y muriendo de aburrimiento.

Un atardecer solitario, acostada al revés inspeccionó su cuarto desde una perspectiva diferente y ahí descubrió una puerta en la pared del fondo disimulada por estar pintada del mismo color y medio oculta por el cortinado que casi cubría la pared de la cabecera; _¿cómo no la vi antes? se asombró.

Como pudo llegó en un pie hasta ella y trató de abrirla, le fue imposible, se resistió a sus embates y agotada dejo la tarea para el día siguiente.

Tuvo una noche algo inquieta soñó muchísimo con sus espejos , puertas ocultas; con espejos en las puertas, con mundos encerrados en puertas disimuladas, y con mundos descubiertos a través de un espejo.

A la mañana siguiente, recibió una extraña visita, un caballero algo raro vestido de manera extravagante al cual había cruzado una o dos veces en el barrio y le pareció un tierno personaje; le ofreció té y mientras lo tomaban en pequeñas tazas doradas, él le pregunto si había descubierto la puerta; ella asintió asombrada, el saco de sus bolsillos una pequeña llave de plata con rubíes y se la dio, no sin antes hacerle prometer, que solo la usaría en caso de extrema necesidad, cuando el mundo real normalmente agobiante, la estuviera asfixiando, esa puerta en realidad era un espejo que el antiguo dueño cerró porque su hija no soporto la rigidez normal a la que quería que ella se sumara para tener una vida feliz, y ante tanta presión la niña un día encontró la llave y abriendo el camino se marchó hacia donde ella sabía estaba su verdadera felicidad y nunca más volvió.

Al marcharse el caballero le dijo, _ cuando decidas pasear por allá debes tener la firme convicción de volver, pues ante la menor duda los caminos se cruzaran y jamás encontrarás la salida; adiós dijo y se marchó dejando la pequeña llave en su mano.

Estuvo un largo rato meditando, hasta que llegó a la conclusión de guardar la llave en lugar seguro; a ella tan mal no le iba con el mundo real, su tobillo casi había sanado y ya podía pasear por cuanto espejo se le antojara; se sintió feliz en un estado de completitud, había más personajes como ella y eso hacía la vida más placentera; tenía una llave maestra escondida y al otro día por la mañana con ayuda o sin ella quitaría la TV de su cuarto.

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